Bancos aprueban evaluación, pero tres quedan rezagados

La Secretaría de Hacienda y Crédito Público divulgó que 46 de 49 instituciones de banca múltiple obtuvieron calificación satisfactoria en la Evaluación de Desempeño de la Banca correspondiente a 2025. El resultado, a primera vista tranquilizador, esconde tensiones estructurales que van más allá del porcentaje de aprobación. La evaluación no mide solvencia ni liquidez; mide, en teoría, la contribución de cada banco al desarrollo de las fuerzas productivas y a la expansión económica con apego a prácticas sanas. Esa distinción es el punto de partida para entender por qué un sistema que “aprueba” puede seguir fallando en inclusión regional, competencia real y canalización productiva del ahorro.

Tres bancos —Bancrea, Credit Suisse y Banco Shinhan— recibieron calificación no satisfactoria. Otros cuatro —Banca Afirme, Banco de Inversión Afirme, BNP Paribas y Bineo— pasaron con observaciones. Los ocho grandes del sistema (BBVA, Banorte, Santander, Banamex, HSBC, Scotiabank, Inbursa y Citi) salieron limpios. La pregunta que importa no es cuántos aprobaron, sino qué tipo de banca está premiando la metodología y qué señales envía a los que operan en los márgenes del mercado.

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El Índice de Evaluación de Bancos y el Cuestionario Estratégico, notificados cada octubre, se convierten en la brújula oficial. Valoran intermediación crediticia y captación, infraestructura y calidad de servicio, manejo de divisas e inversión, además de finanzas sostenibles e igualdad de género. Las instituciones con menos de cinco años de operación —como Bineo y, en su momento, otros neobancos— solo reciben una lectura indicativa. Esa frontera temporal crea un doble estándar: los recién llegados pueden fallar sin el mismo costo reputacional que un banco consolidado, mientras los grandes acumulan puntos por escala y cobertura histórica, no necesariamente por innovación o profundidad crediticia en segmentos productivos.

La aprobación masiva no equivale a inclusión real

El primer argumento original que se desprende de estos números es que la calificación satisfactoria funciona, en la práctica, como un sello de legitimidad regulatoria más que como un termómetro de desarrollo económico. Un banco puede captar depósitos en zonas urbanas densas, colocar crédito al consumo y cumplir checklists de género y sostenibilidad sin mover la aguja del financiamiento a pymes manufactureras en estados del sur-sureste. La metodología premia la existencia de productos y la declaración de políticas; no siempre mide el volumen efectivo de crédito productivo ni la reducción de brechas territoriales. Si 46 de 49 instituciones “contribuyen” y, al mismo tiempo, la bancarización profunda y el crédito a la inversión fija siguen concentrados, entonces el instrumento está calibrando cumplimiento formal, no impacto transformador.

Esa distorsión tiene consecuencias concretas. Las instituciones medianas y pequeñas, al ver que el costo de una calificación no satisfactoria es reputacional y, potencialmente, de acceso a ciertas contrapartes, reorientan recursos hacia métricas visibles: más cajeros en corredores ya bancarizados, campañas de igualdad de género con alto contenido mediático, reportes de finanzas sostenibles. El crédito a proyectos de largo plazo en regiones con menor densidad de sucursales queda en segundo plano porque rinde menos puntos por unidad de esfuerzo. La evaluación, diseñada para fomentar el ahorro y su canalización descentralizada, termina reforzando el sesgo urbano y de corto plazo que ya caracteriza al sistema.

Quién gana y quién queda expuesto con este veredicto

Desde la perspectiva de la SHCP, el resultado sirve para demostrar que el marco de supervisión “blanda” funciona y que la mayoría del sistema opera alineada con objetivos de política pública. Es un mensaje útil frente a inversionistas internacionales y organismos multilaterales: México tiene una banca múltiple mayoritariamente “satisfactoria”. Para los ocho grandes, la calificación limpia consolida su posición de interlocutores preferentes con el gobierno y reduce el riesgo de presión regulatoria adicional. Su tamaño les permite absorber los costos de cumplimiento de ESG y género sin alterar la rentabilidad del core business.

Los bancos con observaciones viven otra realidad. Afirme, en sus dos vertientes, y BNP Paribas enfrentan la necesidad de corregir hallazgos sin el colchón de una franquicia masiva. Bineo, al estar en la categoría de menos de cinco años, puede presentar las observaciones como parte del aprendizaje; aun así, el mercado interpreta cualquier observación como señal de fricción operativa o de gobierno corporativo. Para Bancrea, Credit Suisse y Banco Shinhan, la no satisfactoria es un estigma que complica captación de clientes corporativos sofisticados, acceso a líneas de fondeo y, en el caso de filiales extranjeras, la narrativa que la matriz presenta a sus propios supervisores.

Los usuarios y las empresas no bancarizadas o subatendidas quedan fuera del círculo virtuoso que la evaluación pretende crear. Si el instrumento no castiga de forma contundente la ausencia de cobertura en municipios con baja penetración, ni premia de manera diferenciada el crédito a sectores productivos de alto arrastre, el incentivo para llegar a esos segmentos sigue siendo débil. Las fintechs y los participantes del sistema de pagos observan con atención: una banca tradicional que aprueba sin transformarse deja espacio para modelos alternativos, pero también eleva el listón regulatorio que tarde o temprano se les aplicará a ellos.

Tres fisuras que la metodología aún no cierra

Un segundo punto de análisis es la asimetría entre bancos de origen extranjero en retirada o reestructuración y la banca local. Credit Suisse aparece entre los no satisfactorios en un contexto global de absorción por UBS y de redefinición de su presencia en mercados emergentes. Su calificación deficiente en México puede leerse como síntoma de un proceso de desinversión o de desatención operativa, no solo como un fallo puntual de prácticas. Banco Shinhan, por su parte, representa el intento de banca asiática de ganar terreno en un mercado dominado por franquicias europeas y norteamericanas; una no satisfactoria frena ese avance y refuerza la percepción de que el costo de entrada y de permanencia es alto si no se alcanza masa crítica rápido.

La tercera fisura es metodológica. La SHCP insiste en que los resultados no deben interpretarse como juicio sobre solidez financiera. Sin embargo, en la práctica mediática y de mercado, una calificación no satisfactoria se traduce en riesgo percibido. Esa confusión no es inocua: puede elevar el costo de fondeo de los reprobados o generar retiros preventivos de clientes institucionales, aunque su capital y liquidez sean sólidos. Al mismo tiempo, la opacidad relativa de las ponderaciones exactas del Índice y del Cuestionario abre la puerta a que los bancos optimicen para la prueba en lugar de para el objetivo de política. Cuando un indicador se vuelve meta, deja de ser buen indicador; el riesgo de “teaching to the test” es real.

Casos comparables en la región muestran patrones similares. En economías donde el supervisor publica rankings de “contribución al desarrollo”, los bancos grandes tienden a mantener calificaciones altas por inercia de escala, mientras los medianos oscilan según el ciclo de inversión en infraestructura y reportes. México no es excepción. La diferencia es que aquí el sistema ya es altamente concentrado: los ocho grandes dominan la mayor parte de la captación y la cartera. Una evaluación que los absuelve de manera uniforme legitima esa concentración bajo el manto del “desempeño satisfactorio colectivo”.

Lo que viene: presión selectiva y riesgo de cumplimiento cosmético

Hacia adelante, es razonable esperar tres movimientos. Primero, un endurecimiento gradual de los criterios de finanzas sostenibles e igualdad de género, porque son las dimensiones más fáciles de comunicar políticamente y las que mejor se alinean con agendas internacionales. Los bancos que hoy aprueban con holgura empezarán a invertir más en taxonomías climáticas y en métricas de brecha salarial, no necesariamente porque cambien su apetito de riesgo crediticio, sino porque el costo de no hacerlo subirá. Segundo, los bancos con observaciones y los no satisfactorios buscarán remedios rápidos: alianzas con fintechs para mostrar “innovación”, apertura simbólica de puntos de atención en plazas medianas y refuerzo de equipos de compliance. Tercero, la SHCP podría enfrentar presión para transparentar más las ponderaciones y para diferenciar con mayor nitidez entre contribución real al crédito productivo y cumplimiento documental.

Los riesgos asociados no son menores. Si la evaluación se percibe como un ejercicio de checklist, pierde fuerza disuasoria y se convierte en trámite anual. Si, por el contrario, se usa de forma punitiva sin claridad metodológica, puede desalentar la entrada de nuevos jugadores o acelerar la salida de filiales extranjeras que ya operan con márgenes estrechos. Existe también el riesgo de que la atención mediática se centre en los tres reprobados y se ignore el problema de fondo: un sistema que aprueba masivamente sin haber resuelto la baja profundidad del crédito a la inversión ni la desigualdad territorial de la infraestructura bancaria.

Otro riesgo silencioso es el de la procilicidad reputacional. En un entorno de desaceleración económica, los bancos tienden a restringir crédito de mayor riesgo. Si al mismo tiempo deben mostrar “contribución al desarrollo” para mantener la calificación, pueden optar por colocar crédito de bajo riesgo en segmentos ya atendidos y maquillar el resto con productos de inclusión de bajo ticket. El resultado neto es estancamiento de la intermediación productiva con apariencia de cumplimiento. La metodología, al no anclarse de forma estricta a variables de stock y flujo de crédito por sector y por región, deja espacio para esa maniobra.

La experiencia de 2025 deja una lección clara para supervisores y para el mercado. Un 94 por ciento de aprobación es compatible con un sistema que sigue siendo dual: sofisticado y competitivo en el segmento corporativo y de alto valor, incompleto y caro en el segmento de pymes y hogares de ingresos medios-bajos fuera de las grandes metrópolis. Mientras la evaluación no incorpore de manera más agresiva indicadores de alcance efectivo y de calidad de la intermediación —no solo de existencia de productos—, seguirá produciendo titulares de “mayoría satisfactoria” sin alterar las inercias que limitan el rol de la banca en el crecimiento equitativo. Los tres bancos que reprobados son la excepción visible; el verdadero desafío está en lo que la mayoría aprobada todavía no está obligada a demostrar.

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