Los datos de la ENIGH 2024 ponen de relieve cómo el ingreso promedio trimestral en México alcanza su máximo entre los 40 y 49 años, con 38 454 pesos, mientras que los grupos más jóvenes y los mayores de 60 años registran cifras considerablemente inferiores. Esta distribución por edades sugiere que las empresas y el sector público podrían orientar programas de capacitación y retención hacia el segmento de mayor productividad, lo que a su vez podría elevar la competitividad general de la economía en el mediano plazo.
Al mismo tiempo, el hallazgo de que el nivel de posgrado sigue siendo el que genera el ingreso más alto, aunque con una tendencia a la baja desde 2016, indica que la inversión en educación superior continúa siendo un motor de movilidad económica. Sin embargo, la reducción progresiva de esos montos plantea interrogantes sobre la saturación de ciertos mercados laborales especializados y la necesidad de diversificar las trayectorias formativas hacia áreas con mayor demanda futura.
Consecuencias en la planeación de carrera y el mercado laboral
La concentración del ingreso más elevado en la franja de 40 a 49 años puede incentivar a los trabajadores a acumular experiencia y especialización durante las primeras dos décadas de vida laboral, favoreciendo trayectorias más estables y una mayor productividad agregada. Las organizaciones que reconozcan este patrón podrían diseñar esquemas de mentoría y ascenso acelerado que maximicen el rendimiento de este grupo, generando un efecto multiplicador en la innovación y la eficiencia operativa.
No obstante, la misma dinámica introduce riesgos para los jóvenes que ingresan al mercado entre los 20 y 29 años, cuyo ingreso promedio trimestral se sitúa en 20 426 pesos. Si las empresas priorizan exclusivamente la experiencia acumulada, podría formarse un cuello de botella que limite la renovación generacional y aumente la rotación de talento joven hacia el exterior o hacia la informalidad, reduciendo el potencial de crecimiento a largo plazo.

Desigualdad de género y sus efectos estructurales
La brecha salarial observada en todos los grupos de edad, especialmente marcada en el segmento de 40 a 49 años donde los hombres perciben 47 872 pesos frente a 29 205 de las mujeres, representa un obstáculo persistente para la equidad. Desde una perspectiva positiva, visibilizar estos datos puede impulsar políticas de transparencia salarial y auditorías de equidad que, en el mediano plazo, eleven la participación femenina en puestos de alta responsabilidad y contribuyan a un mayor producto interno bruto.
Por otro lado, la continuidad de esta disparidad desde edades tempranas genera riesgos de desincentivo para las nuevas generaciones de mujeres, quienes podrían optar por sectores o modalidades laborales con menor exigencia horaria pero también menor remuneración. Esta decisión individual, si se generaliza, podría profundizar la segregación ocupacional y reducir la diversidad de talento disponible para industrias que requieren perfiles técnicos o directivos.
Retos demográficos y sostenibilidad del sistema de pensiones
El descenso del ingreso a partir de los 60 años, que alcanza apenas 15 063 pesos trimestrales, subraya la importancia de fomentar el ahorro y la planeación financiera durante las etapas de mayor productividad. Las instituciones financieras y el gobierno podrían desarrollar productos de inversión adaptados a trabajadores de mediana edad, aprovechando el pico de ingresos para construir colchones que mitiguen la vulnerabilidad en la vejez.
Sin embargo, la combinación de una población que envejece y un mercado laboral que premia principalmente la experiencia intermedia plantea desafíos para la sostenibilidad de los sistemas de pensiones contributivos. Si los trabajadores de menor escolaridad, cuyo ingreso promedio es el más bajo, no logran acumular suficientes cotizaciones, el gasto público en asistencia social podría incrementarse, ejerciendo presión sobre las finanzas públicas y limitando recursos para otras áreas prioritarias como infraestructura o salud.
Incertidumbres en el retorno de la educación superior
El hecho de que el posgrado siga siendo el nivel con mayor ingreso, aunque haya perdido terreno respecto a 2016, abre la puerta a una reevaluación de la oferta educativa. Universidades y centros de formación podrían ajustar sus programas hacia competencias transversales y habilidades digitales que mantengan su valor en un mercado cambiante, beneficiando tanto a egresados como a empleadores que buscan perfiles adaptables.
Al mismo tiempo, la reducción observada en los ingresos de este grupo introduce incertidumbre sobre la rentabilidad futura de estudios prolongados. Si la demanda de perfiles altamente especializados no crece al mismo ritmo que la oferta de posgraduados, podría producirse un desajuste que derive en subempleo o emigración de talento calificado, afectando la capacidad de innovación del país en sectores estratégicos.
Implicaciones para el diseño de políticas públicas
Los hallazgos de la ENIGH 2024 ofrecen una base objetiva para diseñar intervenciones focalizadas, como incentivos fiscales a empresas que reduzcan brechas de género o programas de reconversión laboral para trabajadores mayores de 50 años. Una aplicación efectiva de estos datos podría contribuir a una distribución más equilibrada del ingreso y a un crecimiento económico más inclusivo.
Al mismo tiempo, existe el riesgo de que las políticas basadas exclusivamente en promedios por edad o escolaridad pasen por alto la heterogeneidad regional y sectorial. Si las medidas no consideran las particularidades de industrias como la agricultura o el comercio informal, donde predominan ingresos bajos independientemente del nivel educativo, podrían generar efectos contraproducentes y profundizar desigualdades territoriales ya existentes.
