En el cierre del 23 de julio el dólar estadounidense se ubicó en 57,95 pesos dominicanos, una reducción del 0,09 por ciento respecto al cierre previo de 58 pesos. La divisa acumula una caída del 0,6 por ciento en la última semana y una variación interanual negativa del 6,78 por ciento. La volatilidad actual se sitúa en 11,3 por ciento, apenas por debajo del nivel de referencia de 11,4 por ciento, lo que refleja un mercado cambiario en fase de relativa calma.
El Banco Central de la República Dominicana y la Reserva Federal de Estados Unidos siguen siendo los dos actores con mayor capacidad para alterar esta trayectoria. Sus decisiones de política monetaria determinan el flujo de capitales y la demanda de dólares asociada a las importaciones. Al mismo tiempo, el comportamiento de las remesas y el turismo continúa compensando el déficit de la balanza comercial de bienes.
La depreciación controlada como estrategia de largo plazo
El Ministerio de Hacienda ha fijado un déficit fiscal global de 3,2 por ciento del PIB para 2026 y un superávit primario de 0,5 por ciento. Estas metas coinciden con la proyección del Banco Central de que el tipo de cambio alcanzará 66,35 pesos en septiembre de 2026 y 69,15 pesos un año después. La trayectoria implica una depreciación anual promedio cercana al 7 por ciento, ritmo que el propio informe de UBS considera compatible con la estabilidad macroeconómica.
Esta depreciación gradual libera demanda interna al reducir el costo relativo de los bienes no transables y estimula la inversión en sectores orientados a la exportación de servicios. Sin embargo, también encarece las importaciones de insumos intermedios, presión que recae principalmente sobre la industria manufacturera y el sector energético.

Exportadores de servicios frente a importadores de bienes
Los sectores vinculados al turismo y las remesas ven con buenos ojos una depreciación moderada porque mejora su competitividad en dólares. Los hoteles y operadores turísticos registran márgenes más amplios cuando el peso se debilita, mientras que las familias receptoras de remesas obtienen mayor poder adquisitivo en moneda local. En cambio, las empresas que dependen de materias primas importadas enfrentan costos crecientes que, de no ser trasladados a precios finales, erosionan sus utilidades.
El gobierno, por su parte, debe equilibrar el estímulo fiscal aprobado para 2025 con la necesidad de mantener la deuda pública bruta en torno al 58 por ciento del PIB. Un déficit mayor al proyectado podría generar presiones adicionales sobre el tipo de cambio si los inversionistas extranjeros demandan mayor rendimiento para mantener sus posiciones en pesos.
La IED como ancla de la cuenta corriente
La inversión extranjera directa neta estimada entre 3,5 y 4,0 por ciento del PIB resulta suficiente para financiar el déficit en cuenta corriente previsto entre 2 y 2,5 por ciento del PIB. Los flujos se concentran en turismo, comercio, industria, energía e inmobiliario. Esta composición reduce la vulnerabilidad externa, pero también concentra el riesgo en sectores sensibles a eventos climáticos adversos.
Si un huracán de gran magnitud afecta las zonas turísticas durante la temporada alta de 2026, la recuperación de la IED podría retrasarse y obligar al Banco Central a acelerar la depreciación para restaurar el equilibrio externo. El informe de UBS menciona este escenario como el principal riesgo de cola para las proyecciones actuales.
Perspectivas de tasas de interés y demanda interna
La reducción de tasas de interés prevista para 2026 liberará consumo e inversión, pero también podría aumentar la demanda de dólares para importaciones de bienes de capital. El Banco Central deberá calibrar con precisión el ritmo de depreciación para evitar que esta mayor demanda genere saltos abruptos en el tipo de cambio. Una depreciación demasiado rápida elevaría la inflación importada y complicaría el objetivo de convergencia hacia la meta de precios.
Por otro lado, un entorno internacional más estable, según UBS, favorece la llegada de turistas de largo radio y reduce la aversión al riesgo de los inversionistas institucionales. Esta combinación de factores internos y externos configura un escenario base de crecimiento del PIB real cercano al 4 por ciento para 2026.
Riesgos de gobernabilidad y clima
Los desafíos de gobernabilidad típicos de mercados emergentes siguen presentes. Cualquier retraso en la ejecución del presupuesto suplementario o en la implementación de reformas estructurales podría erosionar la confianza de los inversionistas. Al mismo tiempo, la exposición a eventos climáticos extremos representa un riesgo estructural que no puede mitigarse únicamente con política monetaria.
La deuda pública estable en 58 por ciento del PIB ofrece cierto margen de maniobra, pero ese colchón se reduce si el déficit fiscal supera las metas o si los ingresos tributarios caen por debajo de lo proyectado debido a una desaceleración del consumo interno.
En resumen, el cierre del dólar a 57,95 pesos confirma una tendencia de depreciación controlada que, hasta ahora, ha sido compatible con la estabilidad macroeconómica. Las proyecciones del Banco Central y el análisis de UBS coinciden en que esta trayectoria puede sostenerse durante 2026 siempre que no se materialicen choques externos de gran magnitud. Los exportadores de servicios y los receptores de remesas capturan beneficios inmediatos, mientras que los importadores y el gobierno deben gestionar con cuidado el impacto sobre costos y deuda. El equilibrio entre estos intereses definirá si la depreciación gradual se mantiene como herramienta de ajuste o se convierte en fuente de inestabilidad.
