El cierre del 17 de julio situó el dólar en 934,4 pesos chilenos, un avance del 1,02 por ciento respecto al día anterior. Esta cifra se inscribe en una tendencia semanal al alza del 1,03 por ciento, aunque el dato interanual muestra una contracción del 3,65 por ciento. La volatilidad actual del 9,76 por ciento, inferior al promedio histórico del 11,25 por ciento, indica que el mercado cambiario chileno atraviesa una fase de menor agitación, aun cuando el precio del cobre y las expectativas políticas siguen ejerciendo presión.

La banda proyectada para 2026 entre 820 y 880 pesos por dólar, recogida por Bloomberg, descansa en la hipótesis de que un giro político hacia la derecha reforzará la confianza empresarial. Sin embargo, esa lectura simplifica el peso real de las variables externas. El valor del cobre sigue siendo el ancla más sólida de la moneda local, mientras que los flujos de capital extranjero actúan como amplificadores de corto plazo.
El cobre como variable estructural
Históricamente, cada alza sostenida del precio del cobre por encima de 4 dólares la libra ha coincidido con periodos de apreciación del peso superiores al 8 por ciento anual. La actual recuperación de las cotizaciones internacionales del metal podría acelerar el movimiento hacia la zona de 840 pesos al cierre de 2026, siempre que no se produzca una interrupción abrupta en la demanda china. Los analistas que centran su atención exclusiva en el ciclo político subestiman este canal de transmisión y, por tanto, exageran el efecto de cualquier cambio de gobierno sobre el tipo de cambio.
Perspectivas de exportadores frente a importadores
Los sectores exportadores no mineros, como la fruta y el vino, ven con recelo una apreciación rápida del peso porque erosiona sus márgenes en dólares. En cambio, las empresas importadoras de maquinaria y tecnología celebran cualquier descenso sostenido del tipo de cambio, ya que reduce el costo de reposición de inventarios. Esta tensión se manifiesta en las distintas recomendaciones que las cámaras empresariales envían al Banco Central: mientras unas piden cautela en la intervención cambiaria, otras solicitan mayor flexibilidad para absorber shocks externos.
El escenario base de 840 pesos al final de 2026 asume estabilidad política y continuidad de las reformas fiscales. Si la entrada de capitales supera las proyecciones y el cobre se mantiene por encima de 4,2 dólares la libra, el rango podría estrecharse entre 820 y 850 pesos. No obstante, una caída brusca del metal rojo por debajo de 3,5 dólares abriría un riesgo alcista que llevaría la cotización nuevamente por encima de 900 pesos en cuestión de meses.
Volatilidad reducida y maduración del mercado
La menor volatilidad observada en las últimas semanas no es casual. Refleja la mayor profundidad del mercado de futuros del peso y la presencia más activa de fondos de pensiones locales que operan coberturas sistemáticas. Este cambio estructural reduce la probabilidad de saltos bruscos, pero también implica que cualquier movimiento fuera de la banda proyectada requerirá catalizadores de mayor magnitud, como una revisión a la baja de las estimaciones de crecimiento chino o un deterioro inesperado de las cuentas fiscales chilenas.
La deuda pública que alcanzó el 37 por ciento del PIB tras la pandemia sigue siendo un factor de vigilancia para las agencias calificadoras. Aunque el ratio sigue siendo manejable en comparación con otros países de la región, cualquier relajación fiscal que eleve el déficit estructural por encima del 3 por ciento del PIB podría revertir parte de la apreciación esperada del peso. Los inversores institucionales extranjeros ya incorporan este riesgo en sus modelos y exigen primas de riesgo más elevadas cuando perciben señales de desequilibrio presupuestario.
Riesgos externos y escenarios alternativos
Una desaceleración más profunda de la economía china o una escalada en las tensiones comerciales globales podría deprimir los precios del cobre y generar presiones depreciatorias sobre el peso. En ese caso, el Banco Central contaría con reservas suficientes para intervenir, pero la efectividad de esas intervenciones dependería de la credibilidad del compromiso de mantener la inflación dentro del rango meta. Los hogares chilenos con deudas en dólares enfrentarían cuotas más altas, mientras que los ahorradores en moneda local verían protegido su poder adquisitivo.
Por el contrario, si la recuperación del cobre se consolida y los flujos de inversión extranjera directa superan los 15 mil millones de dólares anuales, el tipo de cambio podría estabilizarse por debajo de 830 pesos durante periodos prolongados. Esta situación beneficiaría especialmente a las familias de ingresos medios que consumen bienes importados, pero complicaría la competitividad de las pymes orientadas al mercado interno que compiten con productos extranjeros.
El análisis de las proyecciones de consenso revela que la mayoría de los modelos subestiman la persistencia de los efectos del precio del cobre sobre el tipo de cambio de largo plazo. Cuando se incorpora esta variable con mayor peso, el rango más probable para fines de 2026 se desplaza ligeramente hacia abajo, situándose entre 825 y 865 pesos. Esta corrección sugiere que el mercado aún no ha internalizado plenamente la influencia estructural del metal rojo en la trayectoria del peso chileno.
