Gasoducto Transahariano: trayectorias históricas y consecuencias regionales

La reactivación del Gasoducto Transahariano en junio de 2026 marca un punto de inflexión en la configuración energética entre África y Europa. Argelia ha iniciado la construcción de un segmento de 1.210 kilómetros dentro de un trazado total que supera los 4.000 kilómetros y que pretende enlazar los yacimientos nigerianos con las terminales mediterráneas. Este desarrollo no surge de manera aislada, sino que responde a una cadena de decisiones políticas y económicas acumuladas durante más de cinco décadas.

Orígenes del trazado y primeras paralizaciones

El concepto de un corredor terrestre desde Nigeria hasta Argelia se formuló ya en los años setenta del siglo pasado. Las reservas de gas nigeriano, estimadas en seis billones de metros cúbicos, contrastaban con la falta de infraestructuras de exportación hacia mercados lejanos. En 2009, los gobiernos de Argelia, Níger y Nigeria firmaron un acuerdo intergubernamental que fijaba el inicio de operaciones para 2015. Sin embargo, la inestabilidad en el norte de Nigeria y los problemas de financiación en Níger detuvieron el avance. Los atentados de Boko Haram y los golpes de Estado sucesivos en la región del Sahel convirtieron cada tramo en un riesgo operativo difícil de asegurar para los inversores.

La crisis energética europea tras 2022 proporcionó el impulso necesario para retomar las conversaciones. El corte progresivo del suministro ruso obligó a Bruselas a buscar rutas alternativas que no dependieran exclusivamente del transporte marítimo de gas natural licuado. El Transahariano ofrecía la ventaja de utilizar gasoductos existentes en Argelia y evitar el estrecho de Ormuz, escenario de tensiones recurrentes entre Irán y sus vecinos.

Relaciones argelino-nigerinas y su efecto sobre el calendario

El golpe militar de julio de 2023 en Niamey complicó aún más el panorama. Argelia rechazó cualquier intervención militar externa y propuso su mediación, pero la junta nigerina la desestimó. La crisis migratoria de abril de 2024, con expulsiones masivas de subsaharianos hacia la frontera desértica, llevó a la retirada temporal de embajadores. En abril de 2025, el derribo de un dron maliense por fuerzas argelinas provocó la ruptura definitiva de relaciones con la Alianza de Estados del Sahel. Solo la intensificación de la diplomacia argelina a comienzos de 2026 permitió la restitución de embajadores y la firma de más de veinte acuerdos bilaterales en marzo de ese año. La visita del presidente Tchiani a Argel en febrero fue el paso decisivo que permitió reanudar las obras del tramo argelino en junio.

Gasoducto Transahariano: trayectorias históricas y consecuencias regionales

La experiencia del gasoducto Transmediterráneo, operativo desde los años ochenta pese a tensiones puntuales con Libia, demuestra que las infraestructuras terrestres pueden resistir crisis diplomáticas si existe un interés económico compartido. Argelia ha aprendido a separar los conflictos regionales de los contratos energéticos a largo plazo, una lección que ahora aplica al Transahariano.

Repercusiones en la seguridad energética europea

Para la Unión Europea, el proyecto representa una diversificación geográfica que reduce la dependencia de rutas marítimas vulnerables. Si se alcanza la capacidad prevista de 30.000 millones de metros cúbicos anuales, el gasoducto cubriría cerca del 10 por ciento de las importaciones actuales de gas del continente. Italia y España, ya conectadas mediante los gasoductos Transmed y Medgaz, se beneficiarían de un flujo adicional que no requiere licuefacción ni buques metaneros. Esta ventaja logística se traduce en menores costes de transporte y menor exposición a fluctuaciones de fletes internacionales.

Sin embargo, la estabilidad del suministro dependerá de la capacidad de Argelia para gestionar simultáneamente el aumento de su consumo interno, que superó los 53.000 millones de metros cúbicos en 2025, y las obligaciones de tránsito. Cualquier desajuste interno podría obligar a priorizar el mercado doméstico, como ocurrió en 2022 con reducciones temporales de exportaciones a España.

Competencia con el corredor atlántico marroquí

El proyecto Nigeria-Marruecos, valorado en 25.000 millones de dólares y con un trazado de 6.900 kilómetros a lo largo de la costa atlántica, avanza en paralelo. Marruecos ha completado los estudios de viabilidad y busca firmar el acuerdo intergubernamental antes de que termine 2026. Ambos corredores prometen volúmenes similares, pero ofrecen modelos distintos: uno consolida el papel de Argelia como centro de tránsito mediterráneo, mientras que el otro favorece la integración regional de trece países africanos con salida directa hacia Europa a través de Marruecos.

Esta rivalidad reproduce la fractura diplomática entre Argel y Rabat, cerrada desde 2021. La competencia por atraer capitales europeos y contratos de suministro a veinte años añade una dimensión económica al conflicto territorial del Sáhara Occidental. Los inversores evalúan ahora no solo la rentabilidad técnica, sino también la probabilidad de que uno de los dos proyectos se paralice por tensiones políticas entre los dos países del Magreb.

Riesgos de seguridad y desarrollo en el Sahel

El tramo nigerino y el tramo nigerino del gasoducto atraviesan zonas controladas por grupos armados. La experiencia de los oleoductos en el delta del Níger muestra que el sabotaje recurrente puede reducir la capacidad efectiva en más de un 30 por ciento. En Níger, la presencia de filiales de Al Qaeda y del Estado Islámico en el Sahel obliga a destinar recursos adicionales a la protección de la infraestructura. Estos costes elevan el presupuesto total y pueden retrasar la rentabilidad esperada para los países de tránsito.

Al mismo tiempo, los ingresos por peaje representan una oportunidad real para Níger, cuya economía depende en gran medida de la minería de uranio. Un flujo estable de gas podría financiar proyectos de electrificación rural y reducir la presión migratoria hacia Europa. Sin embargo, la distribución equitativa de esos ingresos entre las comunidades locales sigue siendo un desafío pendiente, como demuestran los conflictos en torno a las minas de Arlit.

Perspectivas a medio plazo

El Transahariano no resolverá por sí solo la ecuación energética europea, pero sí reconfigura las relaciones de poder dentro del continente africano. Argelia refuerza su posición como puente entre África occidental y el Mediterráneo, mientras Nigeria accede por primera vez a un mercado de exportación terrestre de gran escala. El éxito final dependerá de la capacidad de los tres países para mantener la coordinación técnica y política más allá de los cambios de gobierno. La historia de los grandes gasoductos africanos indica que los retrasos son la norma y que solo la presión sostenida de la demanda europea puede mantener el impulso necesario para completar obras que requieren al menos una década de construcción continua.

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