El fenómeno de El Niño, caracterizado por el calentamiento de las aguas del Pacífico ecuatorial, ha marcado históricamente periodos de alteraciones climáticas severas que influyen en la producción agrícola y los precios globales. Desde el evento de 1997-1998, que provocó sequías extremas en Indonesia y Australia mientras generaba inundaciones en Perú y Ecuador, los patrones se repiten con intervalos irregulares de dos a siete años. Estos ciclos han demostrado una capacidad consistente para elevar los costos de alimentos básicos como el arroz, el maíz y el café, afectando de manera desproporcionada a economías donde estos productos representan una porción significativa del índice de precios al consumidor.
En el contexto actual, el informe de JPMorgan publicado el 24 de julio de 2026 proyecta que la combinación de El Niño con el alza en los precios energéticos podría sumar 0,3 puntos porcentuales a la inflación mundial durante 2027. Los economistas del banco destacan que los mercados emergentes de Asia y América Latina enfrentarán el mayor impacto debido a que los alimentos constituyen hasta el 40 por ciento de la canasta básica en países como Indonesia, Filipinas, México y Colombia, frente a porcentajes inferiores al 15 por ciento en economías avanzadas.

Patrones históricos y lecciones de eventos previos
El episodio de 2015-2016 ilustra con claridad la cadena de efectos. En Brasil, la sequía redujo la cosecha de soja en un 8 por ciento, elevando los precios internacionales del grano y encareciendo la alimentación animal en Europa y Asia. Al mismo tiempo, las inundaciones en el norte de Perú destruyeron cultivos de arroz y caña de azúcar, obligando al gobierno peruano a importar volúmenes adicionales que presionaron la balanza comercial. Estos datos muestran cómo un solo fenómeno meteorológico puede generar escasez simultánea en regiones productoras distantes, amplificando la volatilidad de los mercados de futuros.
La experiencia de 1982-1983, uno de los eventos más intensos registrados, provocó pérdidas agrícolas valoradas en miles de millones de dólares en Australia y redujo drásticamente la producción pesquera en el Pacífico sur. Las economías dependientes de exportaciones primarias sufrieron caídas en sus ingresos fiscales, lo que limitó la capacidad de los gobiernos para subsidiar alimentos básicos. Esta dinámica histórica revela que los efectos no se limitan al corto plazo, sino que pueden alterar trayectorias de desarrollo durante varios años.
Transmisión hacia la inflación y sectores vulnerables
El mecanismo de transmisión comienza con la reducción de rendimientos agrícolas en zonas tropicales. Cuando las temperaturas del mar aumentan, se altera el régimen de lluvias en el cinturón ecuatorial, afectando plantaciones de palma aceitera en Malasia e Indonesia y cultivos de maíz en México y Centroamérica. El encarecimiento de estos productos básicos se traslada rápidamente a los índices de precios locales porque los consumidores de menores ingresos destinan una mayor proporción de su gasto a la alimentación. En paralelo, el incremento de los precios del petróleo y el gas natural, impulsado por interrupciones logísticas en rutas marítimas afectadas por tormentas, añade presión sobre los costos de transporte y fertilizantes.
En Filipinas, por ejemplo, un repunte de El Niño en 2023 ya elevó el precio del arroz en un 20 por ciento en los mercados locales, obligando al gobierno a imponer controles temporales de exportación. Situaciones similares en Vietnam y Tailandia podrían repetirse en 2027, generando un efecto dominó sobre los importadores netos de Asia. En América Latina, la combinación de menor producción de café en Colombia y sequías en el noreste de Brasil amenaza con elevar los costos de la canasta básica en naciones como Honduras y El Salvador, donde la pobreza rural supera el 50 por ciento.
Repercusiones sociales y respuestas de política
El aumento sostenido de los precios de los alimentos tiende a exacerbar la desigualdad. Los hogares de menores ingresos enfrentan una erosión más rápida de su poder adquisitivo, lo que puede traducirse en mayor inseguridad alimentaria y tensiones sociales. En contextos como el de México, donde los programas de transferencias condicionadas ya absorben recursos fiscales significativos, un choque adicional podría requerir ajustes presupuestarios que desplacen inversiones en infraestructura o educación.
Los bancos centrales de mercados emergentes se verán presionados a mantener tasas de interés más elevadas durante periodos prolongados para anclar las expectativas inflacionarias. Esta postura restrictiva encarece el crédito para pequeñas y medianas empresas agrícolas, reduciendo la capacidad de adaptación mediante sistemas de riego o variedades resistentes a la sequía. Al mismo tiempo, los organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional podrían enfrentar solicitudes de financiamiento de emergencia por parte de países cuya balanza de pagos se deteriore por el mayor costo de las importaciones energéticas y alimentarias.
Tendencias de largo plazo y necesidades de adaptación
La interacción entre El Niño y el cambio climático introduce una capa adicional de incertidumbre. Modelos recientes sugieren que los eventos extremos podrían volverse más frecuentes e intensos, acortando los periodos de recuperación entre un episodio y otro. Esta tendencia obliga a los países productores a repensar sus estrategias de diversificación de cultivos y a invertir en tecnologías de pronóstico meteorológico de alta resolución.
La experiencia de Chile, que tras el evento de 2015-2016 amplió sus reservas estratégicas de granos y estableció seguros paramétricos para agricultores, ofrece un ejemplo de respuesta proactiva. Sin embargo, la replicación de estas medidas en economías de menor tamaño fiscal enfrenta limitaciones presupuestarias y de capacidad institucional. La cooperación regional en materia de almacenamiento compartido y mecanismos de intercambio de información climática podría mitigar parte del impacto, aunque su implementación requiere coordinación política sostenida.
El análisis del informe de JPMorgan subraya que los efectos inflacionarios no son meramente transitorios. Cuando los precios de los alimentos permanecen elevados durante varios trimestres, las expectativas de inflación se anclan en niveles superiores, complicando el regreso a metas de estabilidad de precios. Esta dinámica exige que los formuladores de política consideren simultáneamente medidas de oferta, como incentivos a la producción local de alimentos, junto con herramientas monetarias convencionales.
