La IA ya elevó el piso de las empresas; el reto es quién elevará el techo

Casi siete de cada diez líderes empresariales reconocen una contradicción en sus organizaciones: invierten más que nunca en inteligencia artificial, pero ejecutar una estrategia coherente resulta más complejo que hace cinco años. El reporte “Transformación con IA y el Imperativo Humano”, elaborado por el FranklinCovey Institute con encuestas globales, entrevistas a directivos y paneles de liderazgo, publicado el 24 de julio de 2026, identifica que el problema no radica principalmente en la tecnología disponible, sino en la capacidad de las personas para alinearse en torno a objetivos comunes.

Las herramientas de IA permiten reducir tiempos de ejecución hasta en 75 por ciento y disminuir costos operativos entre 30 y 40 por ciento. Sin embargo, cuando múltiples empresas acceden a tecnologías similares, el uso de estas soluciones deja de constituir por sí mismo un factor diferenciador. El estudio plantea que la diferencia competitiva se traslada hacia la interpretación de información, la toma de decisiones y la ejecución colaborativa de los equipos humanos.

La tecnología acelera procesos y eleva el estándar mínimo

La adopción de inteligencia artificial modifica rápidamente las expectativas de productividad. El 74 por ciento de los empleados considera que esta tecnología mejora su desempeño diario, aunque esa ventaja puede resultar temporal. Cuando distintas compañías disponen de herramientas equivalentes, la velocidad generada por la IA se convierte en un requisito básico para competir y no en una garantía de resultados superiores. En áreas como marketing, publicidad y desarrollo de negocio, la generación de contenidos y el análisis de datos se aceleran, pero el reto consiste en decidir qué hacer con esa rapidez y cómo convertirla en crecimiento sostenible.

El reporte señala que la IA eleva el nivel mínimo de productividad, pero la capacidad de alcanzar resultados superiores depende del liderazgo, el criterio y la ejecución de los equipos. Esta dinámica obliga a las organizaciones a replantear cómo integran la tecnología en sus procesos cotidianos sin generar desconexión entre objetivos estratégicos y trabajo operativo.

La IA ya elevó el piso de las empresas; el reto es quién elevará el techo

La brecha de comunicación interna como principal cuello de botella

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio se refiere a la comunicación entre líderes y colaboradores. Solo el 9 por ciento de los empleados indica que su jefe explica con claridad de qué manera la inteligencia artificial contribuirá al crecimiento del negocio. Además, el 40 por ciento no tiene claro cómo impactará esta tecnología en su propio puesto. El 36 por ciento considera que los líderes no refuerzan suficientemente el uso de la IA en las actividades diarias, mientras que el 42 por ciento señala que las mejores prácticas no se comparten dentro de la organización.

Cuando una empresa no comunica el propósito de la IA ni cómo cambiarán los procesos, los colaboradores tienden a llenar esos vacíos de información con sus propias conclusiones. Este fenómeno no siempre se traduce en rechazo tecnológico, sino en falta de claridad que afecta el compromiso. Cerca de tres de cada diez empleados aseguran sentirse menos motivados que hace un año, y solo el 35 por ciento de quienes usan IA regularmente reinvierte el tiempo ahorrado en actividades de pensamiento estratégico o mayor interacción con clientes.

La confianza como ventaja operativa medible

FranklinCovey describe la “Zona de Salto” como el punto en que capacidades humanas como la confianza, el criterio y la colaboración dejan de verse como habilidades blandas y pasan a tener impacto directo en el desempeño del negocio. Las organizaciones que invierten de manera intencional en liderazgo centrado en las personas presentan casi tres veces más probabilidades de superar a sus competidores en resultados, velocidad de respuesta y capacidad de adaptación.

Los ambientes con altos niveles de confianza registran 260 por ciento más motivación, 41 por ciento menos ausentismo, 50 por ciento menos rotación, hasta 8.5 veces más ingresos por empleado y cinco veces mayor desempeño en valor de mercado. Estos indicadores muestran que la confianza puede funcionar como herramienta operativa cuando las personas comprenden las prioridades y cuentan con autonomía para decidir.

La percepción divergente entre líderes y equipos

El estudio también identifica una brecha significativa entre la percepción de los líderes sobre su propio desempeño y la evaluación que realizan sus equipos. Menos del 7 por ciento de los colaboradores describe el nivel de confianza dentro de su organización como “de clase mundial”. Cuando los empleados perciben poco margen para tomar decisiones, tienden a buscar aprobación constante, reducen su iniciativa y adoptan comportamientos que consideran más seguros.

En un contexto donde la IA permite analizar información y ejecutar tareas en segundos, estos procesos internos pueden convertirse en obstáculos para aprovechar la tecnología. El reporte indica que el 92 por ciento de los empleados dedica varias horas semanales a esperar claridad o resolver problemas derivados de la falta de alineación interna, y el 36 por ciento duda al tomar decisiones sin aprobación previa de su jefe.

Actividades que siguen dependiendo principalmente del factor humano

Cuando se consultó a los participantes sobre qué funciones dependen principalmente de las personas y no de la tecnología, los resultados fueron consistentes: movilizar a las personas (78 por ciento humano), retener talento clave (78 por ciento), hacer responsables a los equipos (76 por ciento), delegar responsabilidades (72 por ciento), generar impulso compartido (70 por ciento) y fortalecer el compromiso (65 por ciento). La IA puede apoyar estos procesos, pero difícilmente sustituye elementos como la confianza, la responsabilidad y la capacidad de movilizar a un equipo hacia objetivos comunes.

El estudio concluye que las organizaciones ya están tomando una decisión, aunque no siempre de manera consciente. Pueden construir estructuras humanas capaces de transformar la velocidad tecnológica en crecimiento e innovación, o permitir que esa misma velocidad amplifique problemas preexistentes como la falta de claridad y la desalineación interna. La inteligencia artificial está cambiando la forma de trabajar, pero mientras mayor sea la capacidad tecnológica de las empresas, más relevante resulta el papel de las personas que deciden cómo utilizarla.

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