Lamarque revive orígenes de Morena en Sonora

Hace dos décadas, cuando el proyecto que hoy gobierna México apenas era un esbozo de organización popular, Andrés Manuel López Obrador y un grupo reducido de aliados recorrieron calles de Sonora tocando puertas y reuniéndose en casas de familia. Uno de aquellos puntos de encuentro fue la vivienda de José, en la colonia Las Amapolas. El regreso de Javier Lamarque a ese mismo umbral no es un gesto nostálgico aislado: se inserta en una secuencia política más amplia, donde la memoria territorial se convierte en herramienta de legitimación interna y de proyección electoral de cara a la consolidación del llamado “segundo piso” de la Cuarta Transformación.

El episodio ocurre en un momento delicado para Morena en la entidad. La estructura de los Comités de Defensa de la Transformación, concebida como un mecanismo de vigilancia ciudadana y de articulación barrial, atraviesa un proceso de definición de coordinaciones estatales. Lamarque, aspirante a esa responsabilidad en Sonora, eligió deliberadamente el escenario donde el movimiento dio sus primeros pasos locales. Al hacerlo, activó un relato que conecta la precariedad organizativa de hace veinte años con la actual posición de poder federal y estatal, y que busca trasladar esa continuidad simbólica a la disputa interna por el control territorial del partido.

Para comprender el peso de este regreso hay que reconstruir el contexto en el que se gestó aquella visita original. A mediados de la primera década del siglo, el espacio de la izquierda mexicana se hallaba fragmentado tras la experiencia del PRD y ante el avance de un discurso que apostaba por la movilización directa más que por la intermediación partidista tradicional. López Obrador recorría el país para sembrar redes de apoyo que después nutrirían la fundación formal de Morena. En Sonora, estado históricamente dominado por élites priistas y por una cultura política de pactos empresariales, esa labor de base enfrentaba resistencias estructurales: clientelismos arraigados, medios locales hostiles y una ciudadanía desconfiada de proyectos provenientes del centro del país. Las asambleas en colonias como Las Amapolas funcionaban entonces como laboratorios de persuasión y de reclutamiento de cuadros que, con el tiempo, se convertirían en operadores territoriales.

El testimonio de José, recuperado en la asamblea reciente, opera como pieza de autenticación. No se trata solo de un recuerdo personal; es la materialización de una narrativa que Morena ha cultivado con insistencia: la del origen popular, la del diálogo de puerta en puerta y la de la lealtad de quienes acompañaron el proyecto cuando no ofrecía cargos ni presupuestos. Esa narrativa adquiere relevancia especial en un periodo en el que el partido enfrenta tensiones internas entre corrientes, disputas por candidaturas y la necesidad de demostrar que el poder no ha disuelto su vínculo con las bases. Al situar la asamblea informativa en la misma casa y ante el mismo anfitrión, Lamarque busca apropiarse de esa genealogía y presentarse como heredero legítimo de la etapa fundacional en Sonora.

De la red embrionaria al aparato de gobierno

La evolución de aquellas redes iniciales hasta convertirse en estructura de gobierno revela tanto logros como vulnerabilidades. En el plano federal, la Cuarta Transformación ha reordenado prioridades presupuestales, fortalecido programas de transferencias directas y desplazado a partidos que durante décadas monopolizaron la representación. En Sonora, la llegada de gobiernos afines ha permitido alinear políticas sociales con la línea nacional, pero también ha generado fricciones con sectores productivos, particularmente en minería, agroindustria y comercio fronterizo, que perciben la expansión del Estado como una amenaza a márgenes de autonomía negociada bajo administraciones previas.

Los Comités de Defensa de la Transformación representan un intento de institucionalizar la vigilancia ciudadana sin diluirla en la burocracia formal del partido. Su diseño recuerda, en parte, a las brigadas de difusión y a los comités de base que acompañaron las campañas presidenciales de 2018 y 2024. Sin embargo, al pasar de la movilización electoral a la coordinación permanente, estos comités enfrentan el riesgo de convertirse en espacios de disputa por recursos simbólicos y materiales. Quien lidere la coordinación estatal no solo organiza asambleas: intermedia entre el gobierno y las colonias, canaliza demandas y, en la práctica, influye en la percepción de eficacia del proyecto transformador. Por eso el recorrido de Lamarque no es un simple acto de campaña interna; es una demostración de capacidad de convocatoria y de dominio del relato histórico.

La elección de Las Amapolas como punto de partida del recorrido actual también dialoga con una geografía política específica. Las colonias populares del sur y periferia de las ciudades sonorenses han sido, en ciclos electorales recientes, reservorios de voto para Morena, pero su lealtad no es automática. La inflación en alimentos, la inseguridad en corredores urbanos y las demoras en obras de infraestructura generan desgaste. Un aspirante que se limita a discursos en salones cerrados pierde terreno frente a quien camina las calles y escucha quejas concretas. El método que Lamarque reivindica —tocar puertas, dialogar con familias, construir decisiones desde abajo— responde a esa necesidad de revalidación constante, aunque su eficacia dependerá de si las demandas recogidas encuentran eco en políticas públicas reales y no solo en actas de asamblea.

Repercusiones en la competencia interna y en la oposición

El impacto inmediato del gesto se observa en dos frentes. Hacia el interior de Morena, refuerza una línea que privilegia la antigüedad en la militancia y la cercanía con el núcleo fundador frente a perfiles llegados en la oleada de victorias electorales. Esa tensión entre “históricos” y “recién llegados” ha marcado ya procesos de selección de candidatos en otros estados, y Sonora no es la excepción. Un coordinador estatal con credenciales de acompañamiento temprano a López Obrador cuenta con un capital simbólico difícil de igualar por contendientes cuya trayectoria se inicia en la administración pública reciente. Al mismo tiempo, ese capital puede volverse carga si se interpreta como exclusión de cuadros jóvenes o de sectores que aportaron victorias locales sin haber participado en la etapa fundacional.

Hacia el exterior, la oposición —fragmentada entre residuales del PRI, el PAN y formaciones emergentes— observa con atención cómo Morena administra su memoria. Cada acto que refuerza la cohesión del partido en el poder reduce márgenes para una narrativa opositora centrada en la “traición a los orígenes” o en el distanciamiento de las bases. Sin embargo, también ofrece flancos: si el regreso a Las Amapolas se percibe como puesta en escena sin correlato en mejoras tangibles para la colonia, el simbolismo se agota. José y sus vecinos pueden valorar el reconocimiento histórico, pero evalúan el presente con criterios más prosaicos: alumbrado, seguridad, empleo y acceso a programas. La distancia entre el relato de la transformación y la experiencia cotidiana es el terreno donde la oposición aún puede plantar duda, aunque carezca de un proyecto alternativo consolidado.

Horizontes de mediano plazo para la transformación en la entidad

Más allá de la contienda por la coordinación estatal, el episodio anticipa dinámicas que marcarán el ciclo político sonorense en los próximos años. La consolidación del “segundo piso” de la Cuarta Transformación exige pasar de la redistribución de transferencias a la construcción de capacidades productivas locales, la formalización del empleo y la reducción de brechas regionales dentro del propio estado. Sonora concentra contrastes agudos entre zonas industriales y corredores agroexportadores, por un lado, y municipios con rezagos profundos en salud y educación, por el otro. Un aparato de comités territoriales bien articulado podría servir como sensor de esas desigualdades y como correa de transmisión de prioridades; mal gestionado, se convertiría en un filtro clientelar que reproduce privilegios de acceso a la información y a los beneficios.

Existe, además, una dimensión generacional poco discutida. Quienes hoy tienen entre veinte y treinta años no vivieron la etapa de las caminatas fundacionales. Para ellos, Morena es el partido en el poder, no el movimiento perseguido. La transmisión de la memoria de Las Amapolas y de casas como la de José funciona como pedagogía política dirigida a esa generación, pero solo si se acompaña de espacios reales de participación y no de mera escucha ritual. Si los comités se limitan a ratificar lineamientos descendentes, el capital simbólico del regreso se diluye. Si, en cambio, logran incorporar demandas juveniles —empleo digno, medio ambiente, movilidad— al diseño de políticas estatales, el vínculo entre origen y futuro se vuelve operativo.

La experiencia de otros estados ofrece lecciones comparables. En entidades donde la estructura territorial de Morena se profesionalizó sin perder contacto barrial, la reelección de gobiernos afines encontró menos resistencia. Donde el partido se encapsuló en élites administrativas, aparecieron fisuras aprovechadas por coaliciones opositoras o por disidencias internas. Sonora, con su frontera activa, su peso en la economía nacional y su tradición de autonomía relativa respecto al centro, constituye un caso de prueba especialmente sensible. El modo en que se resuelva la coordinación de los Comités de Defensa y el grado en que figuras como Lamarque traduzcan el relato histórico en resultados medibles influirá en la estabilidad del proyecto transformador en el noroeste del país.

El regreso a la casa de José cierra un círculo de veinte años y, al mismo tiempo, abre otro. La pregunta que deja planteada no es si Morena nació en el territorio —eso forma parte ya del canon oficial—, sino si ese origen sigue condicionando las prácticas de quienes hoy administran el poder. La respuesta se escribirá en las colonias, en la calidad de las asambleas y en la capacidad de convertir la escucha en decisión. Mientras tanto, el gesto de Lamarque queda registrado como un movimiento calculado en el tablero interno del partido y como un recordatorio de que, en la política mexicana contemporánea, la memoria de las calles sigue siendo un recurso de primer orden.

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