El proceso de revisión del T-MEC ha dejado de ser un ejercicio técnico sobre aranceles y reglas de origen para convertirse en el mecanismo mediante el cual Estados Unidos busca reordenar toda su relación con México. La declaración del representante comercial Jamieson Greer ante el Comité de Finanzas del Senado confirmó lo que ya se sospechaba: Washington está dispuesto a condicionar la continuidad del tratado a avances en materia de migración, seguridad fronteriza y cumplimiento del Tratado de Aguas de 1944. Esta postura transforma el acuerdo comercial en una plataforma de negociación permanente que abarca ámbitos que antes se resolvían por vías diplomáticas separadas.
La declaración que activó las alarmas
Cuando Greer respondió al senador John Cornyn que Donald Trump difícilmente aceptaría una renovación sin cooperación mexicana en todos los frentes, el mensaje fue inequívoco. Cornyn llevaba meses impulsando la inclusión del agua del Río Bravo dentro de la revisión comercial. La respuesta oficial validó esa estrategia y estableció un precedente: ningún asunto bilateral queda fuera de la mesa aunque no forme parte del texto original del T-MEC. Esta ampliación del alcance negociador altera las expectativas que México y Canadá mantenían de una extensión por dieciséis años.
La tercera ronda bilateral celebrada en la Ciudad de México abordó acero, aluminio, automóviles, seguridad económica, agricultura, trabajo y pagos electrónicos. Sin embargo, el ambiente quedó marcado por la negativa estadounidense del 1 de julio a conceder la extensión automática. A partir de ese momento quedaron activadas revisiones anuales hasta 2036, lo que genera un ciclo continuo de incertidumbre para las cadenas productivas que dependen del acceso preferencial al mercado norteamericano.

El déficit como instrumento político
El argumento central de la administración Trump sigue siendo el déficit comercial de bienes con México, cercano a 197 mil millones de dólares en 2025. Esta cifra se presenta como evidencia de que el tratado favorece a México en detrimento de los trabajadores estadounidenses. Aunque el razonamiento tiene fuerza política en distritos industriales afectados por cierres de plantas, su solidez económica es menor. Una parte importante de las importaciones mexicanas contiene componentes fabricados en Estados Unidos, y el desequilibrio agregado también refleja el hecho de que la economía estadounidense consume e invierte más de lo que ahorra.
Convertir el déficit en la principal palanca negociadora tiene consecuencias prácticas. Permite a Washington introducir demandas que van desde reglas de origen más estrictas hasta exigencias de contenido exclusivamente estadounidense, pasando por condiciones en materia de transbordo de productos chinos. México enfrenta la tarea de cerrar vacíos regulatorios sin aceptar condiciones que fragmenten las cadenas regionales ya integradas.
Perspectivas contrapuestas entre sectores productivos
Los fabricantes de autopartes mexicanos ven con preocupación cualquier endurecimiento de las reglas de origen automotrices, ya que su competitividad depende de la integración con proveedores estadounidenses y canadienses. El sector agroexportador, por su parte, teme que las presiones en materia de agua del Río Bravo terminen afectando cultivos de alto valor destinados al mercado estadounidense. En Estados Unidos, los productores de acero y aluminio presionan por cuotas adicionales, mientras que las empresas que dependen de insumos mexicanos advierten sobre aumentos de costos si se alteran las cadenas existentes.
Canadá observa el proceso con atención, consciente de que cualquier concesión mexicana en temas no comerciales podría servir de precedente para futuras exigencias canadienses. La reciente amenaza arancelaria contra ese país, a pesar de que el T-MEC sigue vigente, demuestra que ni siquiera una renovación formal elimina la posibilidad de medidas unilaterales justificadas bajo argumentos de seguridad nacional.
Riesgos de una negociación permanente
Greer anticipó que se podrían alcanzar arreglos provisionales antes de finalizar 2026, aunque los asuntos más complejos, como reglas de origen automotrices y compromisos laborales y ambientales, probablemente se extenderán hasta 2027. Esta prolongación mantiene abierta la puerta a nuevas amenazas arancelarias durante todo el periodo de revisiones anuales. La volatilidad política no desaparece con una eventual extensión del tratado, porque la administración Trump ha demostrado capacidad para modificar o suspender medidas ya acordadas mediante disposiciones de seguridad nacional.
Para México, el reto principal consiste en mantener una interlocución pragmática que evite la confrontación pública sin ceder terreno que debilite su posición negociadora futura. La imagen de certidumbre que requiere la inversión extranjera resulta difícil de proyectar cuando cada ronda de revisiones puede convertirse en un nuevo capítulo de presiones cruzadas. El verdadero costo no se mide solo en aranceles potenciales, sino en la erosión de la previsibilidad que las cadenas productivas norteamericanas necesitan para planificar a mediano y largo plazo.
Escenarios hacia 2036
Uno de los escenarios más probables es que el T-MEC se convierta en un marco de negociación continua donde cada revisión anual sirva para introducir ajustes parciales en distintos capítulos. Este modelo favorece a la parte que posee mayor capacidad de imponer costos unilaterales, es decir, Estados Unidos. México y Canadá podrían responder fortaleciendo mecanismos de coordinación conjunta y buscando aliados dentro del sector privado estadounidense que dependen de la integración regional.
Otro riesgo radica en que los problemas reales de contenido chino y trazabilidad terminen siendo utilizados como pretexto para exigir cambios estructurales que vayan más allá de lo necesario para cerrar vacíos regulatorios. Si México logra demostrar avances verificables en esas áreas sin aceptar condiciones que fragmenten las cadenas existentes, podría reducir el margen de maniobra de Washington. De lo contrario, la narrativa del déficit comercial seguirá dominando el debate y la posibilidad de una renovación estable se alejará hasta 2036 o más allá.
