Donald Trump afirmó que renovar el T-MEC “no le importa” y que México y Canadá necesitan más a Estados Unidos que al revés. Esta postura contrasta con su defensa anterior del tratado como herramienta para sustituir al TLCAN y reforzar la competitividad regional. El cambio de tono genera dudas sobre la estabilidad del acuerdo comercial que regula el intercambio de bienes entre los tres países.

La interdependencia económica real desmiente la idea de prescindir de los socios. Las cadenas de suministro automotriz y agrícola cruzan fronteras diariamente, y cualquier ruptura unilateral elevaría costos para las empresas estadounidenses. Gobiernos e inversionistas interpretan estas declaraciones como señales de volatilidad que complican la planeación a mediano plazo.
La vecindad exige consistencia en el discurso para mantener la confianza mutua. Cuando las afirmaciones varían según el cálculo político, el diálogo comercial se vuelve más frágil y las decisiones de inversión se postergan. La realidad de los flujos comerciales sigue demostrando que la cercanía geográfica impone obligaciones prácticas que ninguna retórica puede borrar.
