La ausencia de respuesta a la solicitud de información sobre el viaducto Sube-T Otay-Nodo Morelos ha abierto un espacio para examinar las consecuencias que este proyecto podría generar en la dinámica urbana de Tijuana. La regidora Gina Arana ha señalado que desde mayo de 2026 no se ha obtenido claridad sobre el diseño, los permisos ni las posibles tarifas de uso. Esta situación permite identificar tanto oportunidades de mejora en la movilidad como riesgos asociados a la falta de diálogo institucional.
Mejoras esperadas en la conectividad regional
La construcción del viaducto podría reducir tiempos de traslado entre Otay y el Nodo Morelos, beneficiando a transportistas y trabajadores que cruzan diariamente hacia zonas industriales. Un flujo vehicular más eficiente tendería a disminuir congestiones en arterias secundarias y a facilitar el acceso a puntos de cruce fronterizo. En términos económicos, una vialidad mejorada podría atraer inversiones en logística y comercio, siempre que los costos operativos se mantengan accesibles para los usuarios habituales.
Además, la obra forma parte de un esquema más amplio de modernización que busca integrar el aeropuerto con otras áreas de la ciudad. Si se ejecuta con estándares adecuados, podría contribuir a una redistribución del tráfico que alivie presión sobre vialidades existentes y permita un crecimiento ordenado de colonias aledañas.
Riesgos derivados de la opacidad informativa
La falta de respuesta a los requerimientos de información introduce incertidumbre sobre el modelo de financiamiento y mantenimiento. Sin datos claros sobre posibles cobros, los residentes no pueden anticipar el impacto en su presupuesto familiar ni evaluar si el beneficio en tiempo compensará un eventual peaje. Esta opacidad debilita la confianza institucional y puede generar resistencia comunitaria que retrase etapas posteriores del proyecto.
La experiencia en otras ciudades mexicanas muestra que proyectos viales sin consulta previa suelen enfrentar demandas judiciales o manifestaciones que elevan costos y generan retrasos. En Tijuana, donde ya existen inconformidades por tala de árboles y modificación de banquetas, la ausencia de explicaciones técnicas podría amplificar conflictos y erosionar el respaldo social necesario para obras de esta magnitud.

Afectaciones ambientales y al espacio público
La remoción de vegetación y la alteración de banquetas representan cambios permanentes en el paisaje urbano. Los árboles cumplen funciones de regulación térmica y absorción de contaminantes; su eliminación sin un plan de reposición equivalente podría incrementar la sensación de calor en zonas residenciales y reducir la calidad del aire local. Los vecinos han expresado que no han recibido detalles sobre medidas de mitigación, lo que dificulta valorar si el diseño contempla áreas verdes compensatorias o simplemente prioriza el ancho de la calzada.
En el caso de las banquetas, su apertura o reducción afecta la movilidad peatonal, especialmente de personas con discapacidad o adultos mayores. Una vialidad que privilegia el automóvil sin integrar infraestructura para ciclistas y caminantes puede perpetuar patrones de desplazamiento excluyentes y aumentar la dependencia del transporte motorizado.
Repercusiones en colonias cercanas y equidad territorial
Los residentes de Otay y áreas adyacentes temen que el viaducto funcione como barrera física que divida comunidades. Cuando las obras viales elevadas no incluyen pasos peatonales adecuados ni integración con el tejido urbano existente, suelen generar zonas residuales con menor valor inmobiliario y mayor percepción de inseguridad. La solicitud de muros de contención en la colonia Libertad Parte Alta ilustra cómo los impactos se extienden más allá del trazado principal y requieren respuestas específicas que hasta ahora parecen limitadas a intervenciones puntuales.
Por otro lado, una ejecución responsable podría mejorar el acceso a servicios para sectores históricamente marginados si se acompaña de inversiones complementarias en alumbrado, drenaje y espacios públicos. La clave radica en que los beneficios no se concentren únicamente en usuarios de vehículos particulares, sino que se distribuyan de manera más equitativa entre distintos grupos socioeconómicos.
Escenarios de incertidumbre a mediano plazo
La indefinición sobre el régimen de uso del viaducto plantea varios escenarios posibles. Si se implementa un cobro, podría desviar tráfico hacia vialidades secundarias ya saturadas, generando externalidades negativas en colonias que no recibieron obras de mitigación. Si permanece gratuito, el mantenimiento dependerá de recursos públicos que compiten con otras prioridades como educación o salud, lo que podría derivar en deterioro acelerado de la infraestructura.
Además, la ausencia de estudios públicos sobre capacidad de carga y proyecciones de demanda deja abierta la posibilidad de que la obra resulte insuficiente o sobredimensionada. Ambas situaciones generan costos fiscales o de oportunidad que terminan siendo absorbidos por la ciudadanía sin que exista un mecanismo claro de rendición de cuentas.
Elementos para una gestión más equilibrada
La experiencia internacional sugiere que proyectos de esta naturaleza logran mayor aceptación cuando incorporan mesas de diálogo permanentes con vecinos y organizaciones civiles. La entrega de oficios por parte de residentes de Otay representa un canal que podría ampliarse mediante audiencias públicas donde se presenten planos, presupuestos y estudios de impacto. La Secretaría de Infraestructura podría aprovechar este momento para publicar la información pendiente y establecer plazos verificables de respuesta.
Asimismo, la inclusión de criterios ambientales obligatorios, como reposición de árboles en proporción superior a los removidos y diseño de pasos peatonales elevados o subterráneos, contribuiría a reducir tensiones. Estas medidas no eliminan todos los riesgos, pero permiten construir un marco de previsibilidad que facilita la adaptación de la comunidad a los cambios que la obra introducirá en su entorno cotidiano.
