La visita de Mariana Mazzucato a México en 2026 revive un debate antiguo sobre el rol del Estado como motor de innovación y crecimiento. Sus propuestas, centradas en misiones transversales, reparto de riesgos con el sector privado y priorización de la inversión pública, chocan con una realidad fiscal e institucional que lleva décadas de inercia. El contexto actual, dominado por Morena, ofrece alineación narrativa pero no garantiza las condiciones históricas necesarias para que esas ideas funcionen.
¿Por qué Brasil sirve de espejo pero no de modelo directo?
Brasil ha logrado mantener una recaudación tributaria superior en al menos diez puntos del PIB respecto a México durante más de medio siglo. Esa diferencia permite financiar alianzas duraderas con Europa para producir submarinos y aviones comerciales. México, en cambio, ha priorizado el ajuste a la baja del gasto y la contención de crisis recurrentes. Sin una base recaudatoria similar, las misiones propuestas por Mazzucato carecen del ancla financiera que las haga viables a escala nacional.
Las experiencias brasileñas demuestran que el Estado puede actuar como emprendedor cuando existe capacidad institucional para absorber riesgos y retener beneficios. En México, la desaparición de oficinas presidenciales y de Hacienda orientadas a la productividad y la innovación sugiere que las estructuras estatales siguen diseñadas para la contención, no para la generación de valor a largo plazo.
La tensión entre misiones ambiciosas y capacidades reales
Las ocho recomendaciones centrales de Mazzucato exigen un gobierno capaz de co-crear valor con el sector privado, mantener sistemas bancarios orientados al desarrollo y fomentar capacidades dinámicas. Sin embargo, las estructuras actuales mexicanas responden a lógicas de ahorro y ajuste fiscal que dificultan inversiones con rendimientos intergeneracionales. La pregunta no es si las misiones están bien fundamentadas, sino si existen las correas de transmisión institucionales para ejecutarlas.
Un primer riesgo surge cuando se intenta replicar el marco conceptual sin adaptar las condiciones de éxito. La destrucción creativa, tal como la describe Philippe Aghion, requiere mercados competitivos y un Estado que evite proteger monopolios. En México persisten sectores donde la inversión pública coexiste con barreras de entrada que limitan la competencia y la innovación.
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Perspectivas desde el sector privado y la academia crítica
Los críticos locales suelen etiquetar el enfoque de Mazzucato como estatista e ingenuo, recordando fracasos pasados donde el sector público intentó dirigir la innovación sin resultados tangibles. Desde esta óptica, el énfasis en misiones transversales podría derivar en burocracia adicional y captura de rentas si no se acompaña de mecanismos claros de rendición de cuentas.
Por otro lado, defensores dentro del gobierno ven en la agenda una oportunidad para recuperar la centralidad del sector público tras el colapso del modelo neoliberal. Esta posición coincide con la narrativa actual de Morena, pero enfrenta el desafío de traducir retórica en resultados medibles antes de que la ventana política se cierre.
Condiciones institucionales que determinan el éxito o el fracaso
Tres factores resultan determinantes. Primero, la capacidad de recaudar de forma sostenida y legítima. Segundo, la existencia de equipos técnicos estables que diseñen y evalúen inversiones públicas con criterios de rentabilidad social. Tercero, la disposición del sector privado a compartir riesgos sin esperar subsidios permanentes. Ninguno de estos factores está plenamente presente en México en 2026.
La experiencia de oficinas desaparecidas dedicadas a la productividad muestra que los intentos previos de institucionalizar el rol emprendedor del Estado fueron revertidos por inercias presupuestales y políticas de corto plazo. Replicar el modelo Mazzucato sin resolver estas discontinuidades aumenta el riesgo de que las misiones queden en documentos sin ejecución efectiva.
Riesgos de sobreestimar la alineación política
La llegada de Mazzucato coincide con un momento narrativo favorable, pero la inercia de décadas de baja recaudación y diseño institucional reactivo no desaparece por decreto. El verdadero límite no está en la calidad de las recomendaciones, sino en la ausencia de un pacto fiscal que permita financiar inversiones de alto rendimiento sin generar déficits insostenibles.
Si las misiones se implementan sin mecanismos que internalicen costos y midan beneficios tangibles, el resultado probable será un aumento del gasto sin multiplicadores claros. La agenda podría entonces convertirse en un ejercicio de repetición conceptual que ignora las condiciones específicas del país receptor.
Escenarios futuros plausibles
En un escenario optimista, el debate generado por la visita impulsa reformas graduales que eleven la recaudación y fortalezcan capacidades técnicas dentro del sector público. En un escenario intermedio, algunas misiones puntuales avanzan en sectores donde ya existe coordinación público-privada, pero sin escala nacional. En el peor escenario, la falta de recursos y continuidad institucional lleva a que las propuestas se diluyan en programas fragmentados sin impacto medible en productividad o innovación.
El desenlace dependerá menos de la coherencia teórica del marco de Mazzucato y más de la voluntad política de abordar las restricciones fiscales e institucionales que México ha acumulado durante décadas. Sin ese paso previo, el plan corre el riesgo de permanecer como una narrativa atractiva pero desconectada de la realidad operativa del Estado mexicano.
