Macabro apuesta por lo imperfecto frente a la IA

A un cuarto de siglo de su nacimiento, el Festival Internacional de Cine de Horror Macabro ya no se define solo por las películas que proyecta. La edición XXV, que se celebrará del 12 al 23 de agosto en más de una veintena de sedes de la Ciudad de México, llega con 137 títulos —53 largometrajes y más de 60 cortometrajes—, 24 estrenos mexicanos y una tesis cultural que suena casi contracorriente: la creatividad humana, con sus fallas y su materialidad, sigue siendo el centro del género, incluso cuando la inteligencia artificial se cuela en las conversaciones de la industria.

La directora del festival, Edna Campos, lo formuló sin rodeos: las nuevas generaciones están rechazando las creaciones hechas con IA y quieren “lo tangible, lo real, lo imperfecto y, sobre todo, lo creativo”. La frase no es un eslogan de marketing. Es el diagnóstico de un festival que ha visto cómo el horror mexicano e iberoamericano se transforma, y que ahora se ve obligado a decidir qué lugar ocupa la tecnología dentro de una tradición construida sobre el oficio manual, el cuerpo y el miedo compartido en sala.

Esa tensión entre herramienta y sustituto atraviesa la programación de este año. Macabro no renuncia a hablar de inteligencia artificial —habrá una clase magistral impartida por José Texeira en el Centro de Cultura Digital—, pero la ubica deliberadamente al margen de la creación principal. El mensaje institucional es claro: la IA llegó para quedarse, pero como instrumento, no como autor. En un momento en que festivales internacionales experimentan con guiones generados o efectos sintetizados, la postura de Macabro funciona como un ancla identitaria y, al mismo tiempo, como una apuesta de mercado hacia públicos que buscan autenticidad.

Cuando el festival deja de ser solo pantalla

Jorge David Martínez Micher, subdirector de Difusión de la Filmoteca de la UNAM, resume la evolución del certamen en una idea operativa: Macabro ofrece “toda una experiencia”, no únicamente una función. La curaduría de sedes —del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris al Museo Panteón de San Fernando, pasando por la Biblioteca Vasconcelos, el Circo Volador o el FARO de Oriente— convierte cada proyección en un contexto distinto. Ver horror en un panteón histórico no es lo mismo que verlo en una sala convencional; el espacio se vuelve parte del relato y refuerza el vínculo entre cine y ciudad.

Esa lógica de 360 grados se completa con exposiciones de cartel y memorabilia por los 25 años en el MUMEDI, la presentación de un libro conmemorativo, experiencias de videojuegos de horror en el Centro de Cultura Digital y actividades formativas. El modelo tiene un efecto medible sobre el público: permite atraer a espectadores que no se consideran fans del género y, a la vez, retiene a la comunidad hardcore con una oferta que mezcla independientes y títulos de mayor reconocimiento, como la inauguración con Gaua de Paul Urkijo Alijo o la presencia de El Heladero de Eli Roth y The Demonatrix de Aurelio Voltaire.

Para la Filmoteca de la UNAM, el valor estratégico del festival no se agota en la taquilla simbólica. El espacio dedicado al cortometraje —con decenas de obras nacionales e internacionales— opera como plataforma para realizadores que difícilmente entran en circuitos comerciales. Nombres como Dan Abramovici (Heirlooms), Gera Costas (Cosa Mala), Igor Vasco o los hermanos Bernal Asensio circulan aquí no como rarezas, sino como parte de una tradición que Macabro ha cultivado desde sus primeras ediciones: el corto como laboratorio y como puerta de entrada al fantástico.

La imperfección como ventaja competitiva

El rechazo generacional a lo generado por máquinas, tal como lo describe Campos, no es un capricho nostálgico. En el horror, la textura imperfecta —el maquillaje que se nota, el set que respira, el error de continuidad que humaniza— forma parte del pacto emocional con el espectador. Cuando todo se vuelve demasiado limpio o predecible, el miedo se diluye. Por eso la defensa de lo tangible puede leerse como una estrategia de diferenciación frente a un mercado saturado de contenido homogéneo producido a escala.

Un segundo argumento, menos evidente pero igual de relevante, es el papel del festival como infraestructura cultural barata y densa. Con sedes repartidas de oriente a poniente, incluyendo FAROs y espacios comunitarios, Macabro descentraliza el acceso al cine de género y reduce la dependencia de un único circuito de exhibición. Esa red física es difícil de replicar con plataformas o con experiencias puramente digitales, y explica por qué el certamen ha logrado ampliar audiencia sin renunciar a su identidad underground.

Hay, además, una lectura industrial: al privilegiar estrenos mexicanos —Zona Cero, Casa 12, Amor de Madre, Buffet Libre— y secuelas de culto como African Kung Fu Nazis II, el festival sostiene una cadena de valor local que va del cortometraje al largo, del autor emergente al título de atracción. En un país donde el fantástico sigue siendo marginal en la taquilla comercial, esa cadena es casi la única vía de profesionalización sostenida para muchos creadores.

Quién gana y quién tensiona el modelo

Desde la perspectiva de los nuevos realizadores, Macabro funciona como validación y vitrina. Un corto seleccionado aquí puede abrir puertas en Fantasia, Screamfest u otros certámenes del circuito de género, como ya ocurre con perfiles de trayectoria contrastada dentro de la propia selección. Para la Filmoteca y las instituciones anfitrionas, el festival aporta público joven, legitimidad cultural y un relato de innovación que no pasa necesariamente por lo tecnológico, sino por lo experiencial.

Los exhibidores y gestores de sedes no patrimoniales, en cambio, enfrentan un cálculo distinto: el horror atrae, pero exige condiciones de sala, horarios nocturnos y una comunicación que no siempre encaja con la programación regular. La multiplicación de sedes diluye el riesgo operativo, pero también complica la coherencia de la experiencia. No todos los espacios pueden ofrecer el mismo “contexto distinto” que celebra Martínez Micher; algunos terminan siendo meros puntos de proyección.

La industria tecnológica y los defensores de la IA aplicada al cine observan el fenómeno con escepticismo. Ubicar a la inteligencia artificial “en el lugar de herramienta” suena razonable, pero deja abiertas preguntas prácticas: ¿se aceptarán efectos asistidos por IA si el guion y la dirección son humanos? ¿Dónde se traza la línea entre asistencia y autoría? La clase magistral de Texeira será, previsiblemente, un termómetro de hasta dónde está dispuesta a llegar la comunidad de Macabro sin traicionar su discurso.

Existe también una tensión generacional interna. No todos los jóvenes rechazan la IA; una parte la usa para previsualizar, componer o abaratar postproducción. El riesgo de sobreinterpretar el rechazo es convertir una preferencia estética en dogma, y cerrar la puerta a experimentaciones híbridas que podrían renovar el género desde adentro. El festival camina sobre esa línea: celebra lo imperfecto, pero no puede aislarse del entorno productivo real de sus propios cineastas.

Lo que puede romperse si la fórmula se estira demasiado

El modelo de experiencia total tiene un techo. Cuantas más capas se añaden —videojuegos, IA, exposiciones, libros, clases magistrales—, mayor es la presión sobre la curaduría y sobre la identidad de marca. Si el núcleo cinematográfico se diluye en una feria de atractivos paralelos, Macabro podría perder la especificidad que lo distinguió durante 25 años. La historia de otros festivales de nicho muestra que la expansión sin criterios claros suele terminar en programaciones infladas y públicos confusos.

Otro riesgo es la dependencia de la narrativa anti-IA como eje comunicacional. Hoy funciona porque choca con el discurso dominante de la industria. Mañana, cuando la generación de imágenes y sonidos se normalice en flujos de trabajo cotidianos, esa bandera puede envejecer rápido. La sostenibilidad del festival no debería apoyarse en oponerse a una tecnología, sino en seguir descubriendo miradas y sosteniendo la red de sedes y formadores que ya construyó.

En el horizonte inmediato, la edición XXV servirá para medir tres variables: si el discurso de lo imperfecto se traduce en asistencia y conversación pública; si los 24 estrenos mexicanos encuentran continuidad más allá de agosto; y si la integración de videojuegos e IA como “diálogo” y no como reemplazo convence a una audiencia que, según el propio festival, está cansada de lo sintético. Macabro no necesita ganar la guerra contra la inteligencia artificial. Necesita demostrar que el horror, cuando se arriesga en lo humano y en lo situado, sigue siendo un espacio de descubrimiento y no solo de nostalgia.

La apuesta de fondo es cultural y política en el sentido amplio del término: decidir qué tipo de miedo queremos producir y consumir en común. Si el festival logra que esa pregunta se discuta en salas, panteones y centros culturales durante once días, habrá cumplido algo más ambicioso que reunir 137 películas. Habrá recordado que el género más corporal del cine todavía puede pensarse con las manos, no solo con algoritmos.

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