Aire acondicionado y ahorro en verano

La ola de calor que atraviesa España y buena parte de Europa ha reactivado una preocupación doméstica muy concreta: cómo usar el aire acondicionado sin disparar la factura eléctrica. En un contexto de temperaturas elevadas y consumo intensivo, la cuestión ya no pasa solo por refrescar la vivienda, sino por hacerlo con criterios de eficiencia. Especialistas del sector y el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) coinciden en que la diferencia entre un uso razonable y uno costoso depende tanto del tipo de equipo como de su ubicación y de la forma en que se programa.

La base de la recomendación está en la elección del sistema. Pedro Ruiz, del Departamento de Estudios y Legislación de AFEC en España, sostiene que la selección del aire acondicionado debe adaptarse a cada vivienda, atendiendo a factores como la orientación, el número de ocupantes y el nivel de aislamiento. El IDAE da preferencia a los sistemas partidos frente a los compactos por su mejor rendimiento, mientras que los equipos portátiles, aunque útiles en situaciones puntuales, resultan menos eficientes. También existen alternativas irreversibles y reversibles, además de sistemas evaporativos de bajo consumo, cuya conveniencia depende del clima, del uso previsto y de la calidad de la instalación.

Elegir un equipo con clasificación energética A puede traducirse en un ahorro de hasta el 50% en consumo, según las estimaciones difundidas por el sector. Ese diferencial compensa con el tiempo el mayor coste inicial de compra. La ubicación también pesa: evitar corrientes de aire y alejar el aparato de fuentes de calor mejora el comportamiento del sistema y reduce esfuerzos innecesarios. En la práctica, una instalación mal resuelta puede neutralizar parte de la eficiencia teórica del equipo, incluso si este pertenece a una gama alta.

Más allá del hardware, el uso cotidiano marca la diferencia. El modo Cool sigue siendo el más directo para enfriar una estancia con rapidez, pero también el que más energía demanda. Por eso los expertos recomiendan recurrir a temperaturas bajas, entre 17 y 18 grados, solo durante el tiempo estrictamente necesario para alcanzar el confort y después regresar a un rango de 23 o 24 grados. La lógica es simple: cuanto menor es la diferencia con el exterior, menor es el esfuerzo del compresor y más estable resulta el gasto.

Algunos equipos incorporan funciones como turbo, pensadas para trabajar al máximo rendimiento durante un periodo limitado. También influye la velocidad del ventilador: aumentarla distribuye mejor el aire frío y da una sensación más rápida de frescor, aunque no aumenta la capacidad real de enfriamiento. En cambio, el modo Eco está diseñado para prolongar el uso con una penalización menor en el recibo, con reducciones que pueden situarse entre el 20% y el 30%, si bien sacrifica parte de la potencia máxima. El modo Sleep suaviza la actividad nocturna y eleva la temperatura tras un primer tramo, lo que ayuda a contener el consumo, aunque puede resultar insuficiente si la habitación no se enfrió antes de dormir. El modo Auto, por su parte, deja la decisión al aparato, pero no siempre acierta con la opción más eficiente para cada caso.

La gestión diaria completa el cuadro de ahorro. Mantener puertas y ventanas cerradas mientras el equipo está encendido evita pérdidas de frío y reduce el derroche de energía, una medida especialmente relevante en países con tarifas eléctricas elevadas. También conviene dirigir el flujo de aire lejos de las personas para evitar molestias y posibles efectos sobre la salud. La temperatura recomendada por el IDAE para el verano se sitúa entre 24 y 26 grados, un margen que suele bastar para combatir el calor sin elevar en exceso el gasto. Como referencia práctica, fijar el termostato unos 5 grados por debajo de la temperatura exterior suele ser suficiente para percibir confort.

La programación es otro recurso con impacto real. Activar el aparato solo cuando hay personas en la estancia y ajustar horarios de inicio y apagado permite evitar consumos innecesarios. En ese terreno, el modo Eco vuelve a ser útil para usos prolongados, mientras que el modo Sleep puede cortar automáticamente el funcionamiento tras seis horas. La combinación de estas funciones con una instalación adecuada y un ajuste razonable de la temperatura explica por qué la eficiencia no depende de una sola decisión, sino de una cadena de pequeñas elecciones que, en conjunto, determinan cuánto cuesta pasar el verano en casa.

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