La política económica argentina enfrenta una tensión decisiva: reducir encajes y tasas para reactivar el crédito puede acelerar el consumo y la inversión, pero también aumentar la demanda de dólares y reavivar la inflación. Mantener una postura monetaria restrictiva protege la estabilidad nominal, aunque prolonga la debilidad del crédito, los problemas de mora y la falta de dinamismo en la economía doméstica.
Estabilidad con costos reales
El dilema aparece en un contexto de desinflación gradual. Durante el segundo trimestre de 2026, la inflación mensual promedió 2,2% y las expectativas del mercado apuntan a una variación cercana al 30% interanual para diciembre. Al mismo tiempo, el Banco Central acumuló compras superiores a USD 13.600 millones, mientras el dólar se mantiene dentro de un esquema de bandas cambiarias. Estos datos fortalecen el ancla nominal, pero todavía no se traducen en una recuperación sólida del salario real ni en un abaratamiento suficiente del financiamiento.

En una economía bimonetaria, la liquidez liberada no necesariamente permanece en pesos. Si crecen las expectativas de depreciación o pierde atractivo el carry trade, parte de esos fondos puede dirigirse al dólar y trasladarse luego a los precios. Por eso, una baja brusca de encajes podría generar una mejora inicial del crédito, pero al costo de comprometer la estabilidad que permitió reducir la inflación.
El margen político se estrecha
La experiencia analizada por economistas como Robert Mundell, Olivier Blanchard, Paul Krugman y Joseph Stiglitz muestra que no es posible sostener simultáneamente un tipo de cambio estable, plena movilidad de capitales y autonomía monetaria. La Argentina debe elegir prioridades y administrar sus costos. Relajar demasiado pronto puede reabrir la crisis cambiaria; mantener el endurecimiento por demasiado tiempo puede dañar la inversión, el empleo y la demanda interna.
El Gobierno ha privilegiado hasta ahora la consolidación del ancla nominal como condición previa para la recuperación. La estrategia ofrece resultados medibles en inflación y reservas, pero enfrenta un límite social: la estabilidad pierde respaldo cuando no mejora el acceso al crédito ni el poder adquisitivo. El próximo ajuste de tasas y encajes será, por tanto, una decisión económica y también una prueba de credibilidad política.
