Argentina vuelve a mirar hacia el uranio después de casi treinta años sin extraerlo de manera comercial. El movimiento no responde únicamente a una oportunidad minera: se inscribe en una estrategia más amplia de seguridad energética, recuperación de capacidades industriales y reposicionamiento internacional en torno a los llamados minerales críticos. El Gobierno de Javier Milei incluyó el retorno de la producción de uranio entre los objetivos de su Plan Nuclear, presentado en junio, en un momento en que el precio del mineral recupera atractivo y varios países buscan reducir su dependencia de proveedores externos.
El país cuenta con tres centrales nucleares operativas, responsables de alrededor del 7 % de la generación eléctrica nacional, pero desde 1997 debe importar el uranio utilizado como combustible. La paradoja es relevante: Argentina posee recursos identificados que podrían cubrir durante décadas las necesidades de sus reactores, aunque carece de una producción minera sostenida y de una cadena plenamente integrada que conecte la exploración con el procesamiento y el abastecimiento nuclear.
De Huemul y Sierra Pintada al largo paréntesis
La minería de uranio argentina tiene una historia anterior al actual entusiasmo por los minerales críticos. La explotación comenzó en Mendoza, donde la mina Huemul produjo entre 1955 y 1975. Luego, Sierra Pintada mantuvo la actividad entre 1975 y 1997. Ese recorrido estuvo ligado al desarrollo de la energía nuclear argentina y a la construcción de capacidades científicas e industriales alrededor de la Comisión Nacional de Energía Atómica, una de las instituciones tecnológicas más relevantes del país.
El cierre de Sierra Pintada marcó un cambio profundo. Argentina pasó a depender de importaciones para alimentar sus centrales, mientras los proyectos mineros quedaron frenados por una combinación de factores: precios internacionales poco estimulantes, dificultades de financiamiento, oposición social, exigencias ambientales y decisiones políticas que no siempre mantuvieron una dirección estable. La interrupción no eliminó los recursos geológicos, pero sí debilitó la continuidad empresarial y técnica necesaria para transformarlos en producción.
La situación actual debe leerse, por tanto, como un intento de reconstrucción y no como el descubrimiento repentino de una nueva riqueza. El país dispone de experiencia nuclear, profesionales especializados y antecedentes de explotación, pero necesita recuperar proveedores, equipos, conocimiento operativo y mecanismos de control. En minería, la distancia entre tener un yacimiento identificado y operar una planta rentable puede extenderse durante años.

Un mapa de proyectos todavía en fase de promesa
Los datos oficiales registran 21 proyectos de uranio, de los cuales 14 están activos, distribuidos en Chubut, Mendoza, Neuquén, Río Negro, Salta y Santa Cruz. La mayor parte se encuentra vinculada a la Comisión Nacional de Energía Atómica, que pretende reactivar Sierra Pintada y avanzar en Cerro Solo, en Chubut. También participan la argentina Sophia Energy, la británica UrAmerica y Fomicruz, empresa estatal de Santa Cruz. En Río Negro, Integra Tierras Raras y la estatal provincial Edhipsa solicitaron recientemente permisos de exploración.
Sin embargo, el número de proyectos no equivale al número de minas que entrarán en funcionamiento. Los desarrollos más avanzados son Laguna Salada, en Chubut, de la canadiense Jaguar Uranium, e Ivana-Amarillo Grande, en Río Negro, impulsado por Blue Sky Uranium y Corporación América. Ambos cuentan con un estudio de evaluación económica preliminar, un paso importante, aunque todavía insuficiente para confirmar una decisión de construcción, asegurar financiamiento y obtener todas las autorizaciones ambientales y regulatorias.
La diferencia entre exploración y producción será especialmente importante para las expectativas públicas. Un proyecto puede tener recursos atractivos en el subsuelo y, aun así, enfrentar costos elevados de infraestructura, falta de agua, distancias extensas hasta los centros industriales o dificultades para procesar el mineral. La economía del uranio depende de la ley del yacimiento, del método de extracción, de los costos de recuperación y de la posibilidad de vender un producto que cumpla especificaciones nucleares estrictas.
La seguridad energética como nuevo argumento
El uranio tiene una particularidad estratégica frente a otros combustibles. Una central nuclear necesita volúmenes relativamente reducidos de combustible en comparación con una central térmica, pero exige previsibilidad, certificación y contratos de largo plazo. Contar con producción nacional no garantizaría por sí solo la independencia energética, porque el ciclo nuclear incluye conversión, enriquecimiento, fabricación de elementos combustibles y gestión de residuos. Aun así, reducir la exposición a interrupciones externas reforzaría la autonomía de la planificación eléctrica.
Mario Capello, ingeniero en Minas y exsubsecretario de Desarrollo Minero, estima que Argentina dispone de recursos razonablemente asegurados para cubrir la demanda interna durante 41 años. Si se suman los recursos inferidos, la cifra se aproxima a 35.000 toneladas, equivalentes, según su cálculo, a unos 140 años de consumo de los tres reactores actuales. Estas magnitudes muestran una base potencial considerable, pero no deben confundirse con reservas económicamente explotables. La conversión de recursos inferidos en reservas exige perforaciones, estudios metalúrgicos, evaluación ambiental y una estructura financiera viable.
La reactivación también coincide con un renovado interés mundial por la energía nuclear. La transición energética ha aumentado la demanda de electricidad firme y baja en emisiones, mientras la guerra y las tensiones comerciales han obligado a los gobiernos a revisar sus cadenas de suministro. El uranio, en ese contexto, dejó de ser un insumo estrictamente técnico para convertirse en un asunto relacionado con la seguridad nacional. La competencia por garantizar proveedores confiables puede abrir oportunidades para Argentina, pero también elevar la presión geopolítica sobre sus decisiones.
La oportunidad industrial más allá de la extracción
El debate argentino no se limita a vender mineral. Andrés Villarreal, especialista en minería, señaló la posibilidad de industrializar parcialmente el uranio antes de exportarlo. Esa perspectiva es relevante porque la exportación de concentrados deja una porción limitada del valor en el territorio, mientras las etapas de procesamiento, certificación y fabricación requieren capacidades tecnológicas, empleo calificado y controles más sofisticados.
El país ya posee una infraestructura nuclear que podría servir como plataforma para esa estrategia. La Comisión Nacional de Energía Atómica, las empresas vinculadas al sector y las instituciones científicas ofrecen una base que muchos países mineros no tienen. El desafío consiste en conectar esa capacidad con una política minera estable. Sin coordinación entre geólogos, ingenieros, reguladores, empresas y universidades, la producción podría quedar reducida a un negocio extractivo dependiente de capitales y tecnologías externas.
Una demanda adicional podría surgir del reactor modular anunciado en julio por Meitner Energy, una empresa de capital argentino y estadounidense, con una inversión proyectada de 1.200 millones de dólares. Los reactores modulares prometen menores escalas de construcción y aplicaciones para redes aisladas o industrias intensivas en energía, pero todavía afrontan desafíos tecnológicos, regulatorios y financieros en numerosos mercados. El proyecto argentino podría convertirse en un comprador interno y en un estímulo para la cadena local, aunque su impacto dependerá de que pase del anuncio a las etapas de ingeniería, licenciamiento y obra.
La disputa por el territorio y la licencia social
La recuperación de la minería de uranio enfrentará una prueba que no se resuelve con argumentos de soberanía energética: la confianza de las comunidades. Mendoza, Chubut y Río Negro tienen antecedentes de debate intenso sobre minería, uso del agua y protección ambiental. En el caso del uranio, la sensibilidad es mayor por la asociación pública con la radiactividad y los residuos, incluso cuando los proyectos se someten a normas específicas de seguridad.
La experiencia de Sierra Pintada ilustra el problema. Reactivar una operación histórica exige demostrar que los pasivos ambientales están identificados y controlados, que el manejo de residuos será transparente y que la fiscalización tendrá independencia suficiente. La comunicación institucional no puede limitarse a prometer empleo o inversiones. Las empresas y el Estado deberán publicar información comprensible sobre agua, transporte, monitoreo radiológico, planes de cierre y responsabilidades financieras posteriores a la explotación.
La oposición local no necesariamente refleja un rechazo abstracto a la energía nuclear. Con frecuencia expresa dudas sobre quién asumirá los costos si una compañía se retira, si cambian los precios internacionales o si una administración pública pierde capacidad de control. La licencia social será, en consecuencia, un activo productivo: sin ella, los permisos pueden demorarse, las inversiones encarecerse y los proyectos perder previsibilidad.
Capital extranjero y autonomía estratégica
La participación internacional aporta financiación, tecnología y acceso a mercados, pero también introduce una tensión. Jaguar Uranium contrató como asesor estratégico a Charles Flynn, general retirado del Ejército estadounidense, para promover el reconocimiento de sus proyectos en Argentina y Colombia como relevantes para las prioridades de Washington en minerales críticos y seguridad nacional. El episodio muestra que la minería de uranio se está integrando a una competencia global por suministros confiables.
Para Argentina, ese interés puede acelerar inversiones y facilitar acuerdos comerciales. También exige una política clara sobre propiedad, exportaciones y destino del material. El país debería evitar que la urgencia por captar capital reduzca su capacidad de decidir qué etapas de la cadena permanecen localmente, cómo se protegen los datos geológicos o qué beneficios reciben las provincias productoras. La condición de proveedor estratégico tendría valor solamente si se traduce en contratos previsibles, transferencia de conocimiento y desarrollo industrial.
El Gobierno enfrenta así un equilibrio complejo. Necesita atraer capital para una actividad costosa y de maduración prolongada, pero debe conservar estándares ambientales, fortalecer la autoridad regulatoria y sostener reglas que sobrevivan a los cambios de administración. El uranio no se comporta como un proyecto minero de ciclo corto: sus decisiones comprometen infraestructura, seguridad y política exterior durante décadas.
El verdadero examen empieza antes de la primera tonelada
El regreso a la producción podría reducir importaciones, mejorar la planificación de las centrales y ampliar el perfil tecnológico de la minería argentina. También podría crear empleos especializados en regiones alejadas de los grandes centros urbanos y consolidar una industria vinculada a la transición energética. Pero esos beneficios no son automáticos. Dependen de que los recursos calculados se conviertan en reservas, de que los proyectos obtengan permisos, de que exista financiamiento y de que la sociedad acepte los riesgos bajo reglas verificables.
La cuestión decisiva será la consistencia de la estrategia. Si el Plan Nuclear logra articular minería, investigación, regulación, generación eléctrica y formación profesional, Argentina podría dejar de importar una materia prima que tiene en su propio territorio y avanzar hacia una cadena de mayor valor. Si la política se reduce a anuncios, permisos aislados y expectativas sobre el precio internacional, el país corre el riesgo de repetir el ciclo de entusiasmo, demora y dependencia externa que siguió al cierre de Sierra Pintada.
Después de tres décadas, la producción de uranio vuelve a estar en la agenda. La medida de su éxito no será la cantidad de proyectos anunciados, sino la capacidad de convertir una ventaja geológica en seguridad energética, industria responsable y decisiones públicas sostenidas. El futuro nuclear argentino dependerá tanto de lo que haya bajo la tierra como de la confianza que el Estado consiga construir sobre ella.
