El examen presencial de control que la Universidad Nacional Autónoma de México aplicó entre el 12 y el 19 de agosto para validar su admisión a licenciatura 2026 dejó una cifra que rebasa el problema operativo: cerca de 22 mil aspirantes no acudieron. De los 58 mil 400 jóvenes convocados tras alcanzar el puntaje requerido en la primera evaluación en línea, entre 36 mil y 37 mil se presentaron. El ausentismo, cercano a 37%, no es un margen menor ni una simple variación estadística: equivale a que más de uno de cada tres aspirantes llamados a ratificar su resultado abandonó, por decisión o imposibilidad, la última etapa del proceso.
La universidad atribuye el fenómeno principalmente a dos causas: la aceptación de estudiantes en otras instituciones y los costos de traslado hacia las cuatro sedes habilitadas, ubicadas en Ciudad de México, León, Oaxaca y Tijuana. Ambas explicaciones son plausibles, pero no bastan para entender el alcance del episodio. El examen de control fue convocado de manera extraordinaria después de que especialistas detectaran resultados atípicos e irregularidades en la prueba remota aplicada entre mayo y junio. Por ello, la inasistencia no puede leerse únicamente como desinterés de los jóvenes: también revela el costo que paga un sistema de admisión cuando la certidumbre tecnológica se rompe después de que los aspirantes ya invirtieron tiempo, dinero y expectativas.
Una cifra que cambia la lectura del proceso
La primera precisión necesaria es distinguir entre abandono del proceso y exclusión indirecta. Es probable que una parte relevante de los ausentes haya asegurado un lugar en otra universidad, pública o privada, y haya optado racionalmente por no duplicar un trámite. Sin embargo, esa decisión no ocurre en el vacío. Los calendarios de admisión de las instituciones mexicanas se superponen, y los aspirantes suelen registrarse en varias convocatorias porque la oferta pública de alta demanda no garantiza un lugar. Cuando la UNAM pidió repetir una prueba ya superada, introdujo una nueva condición en un momento en que muchos jóvenes ya habían tomado decisiones académicas, familiares y financieras.
La diferencia territorial refuerza esa lectura. En las sedes de Oaxaca y León, el ausentismo promedió 30% y llegó a 50% en algunos turnos. La dispersión no prueba por sí sola que la distancia haya sido la causa exclusiva, pero sí muestra que el costo de cumplir la validación no fue homogéneo. Para quien vive en la zona metropolitana, acudir al Palacio de los Deportes puede implicar transporte local y una jornada laboral o escolar perdida. Para familias de otras entidades, el mismo requisito puede traducirse en boletos interurbanos, alojamiento, alimentos, permisos de trabajo y, en casos extremos, el acompañamiento de un adulto. Una medida diseñada para elevar la seguridad del examen puede convertirse así en una barrera de acceso cuando sus costos se trasladan por completo al aspirante.

Hay además un dato institucional que vuelve más delicada la evaluación: el proceso de control no fue parte del diseño original conocido por los aspirantes. La prueba presencial de 120 reactivos, respondida en tabletas sin acceso a internet y bajo vigilancia directa, surgió como una corrección frente a anomalías de la etapa digital. La corrección es comprensible: una universidad tiene la obligación de proteger la igualdad entre quienes compiten por cupos escasos. Pero la equidad no se agota en impedir trampas. También exige que la solución aplicada para detectar irregularidades no castigue de manera desproporcionada a quienes no participaron en ellas.
La seguridad del examen tiene un costo distributivo
El primer aprendizaje de este episodio es que la integridad académica y la inclusión territorial no deben plantearse como objetivos opuestos. La UNAM enfrentó un dilema real. Ignorar patrones anómalos en un examen remoto habría puesto en duda la legitimidad de toda la generación admitida; validar presencialmente los resultados implicó imponer una carga adicional sobre decenas de miles de personas. El problema no está en haber tomado medidas de control, sino en que el esquema parece haber llegado cuando la logística de los hogares ya estaba cerrada y con una red de sedes limitada para un universo nacional.
La concentración de la demanda amplifica el problema. La UNAM no es una institución cualquiera dentro del sistema de educación superior: su prestigio, sus cuotas accesibles y su capacidad de investigación la convierten en una vía de movilidad social para jóvenes de todo el país. Por eso, incluso cuando existen sedes fuera de la capital, la distancia efectiva no se reduce solamente abriendo cuatro puntos de aplicación. La accesibilidad depende de rutas de transporte, conectividad, seguridad, disponibilidad de hospedaje y comunicación anticipada. Una sede en una ciudad no equivale automáticamente a una sede cercana para quienes viven en municipios periféricos, comunidades rurales o entidades colindantes.
El segundo aprendizaje es menos visible: el ausentismo puede alterar la composición social de quienes finalmente ingresen. Si los jóvenes con menos recursos tuvieron mayor dificultad para costear el examen de control, el proceso corre el riesgo de seleccionar no sólo por desempeño académico, sino también por capacidad de absorber una contingencia. Esa hipótesis debe probarse con datos, no con intuiciones. La UNAM tendría margen para publicar, de forma agregada y respetando la privacidad, la asistencia por entidad de residencia, tipo de bachillerato, condición socioeconómica aproximada y distancia a la sede asignada. Sin esa información, la explicación oficial de “aceptación en otras instituciones” puede ser cierta, pero incompleta.
La falla digital ya es parte de la evaluación
La controversia también debe examinarse desde el antecedente tecnológico. La primera prueba se realizó en línea y posteriormente fue cuestionada por resultados atípicos e irregularidades. En ese contexto, el examen de control tiene un propósito defensible: verificar que el desempeño inicial corresponda con el conocimiento del aspirante y contener posibles intentos de suplantación, apoyo externo o vulneración del sistema. Durante la aplicación presencial en Ciudad de México, además, se reportaron 22 intentos de trampa, un dato que confirma que la vigilancia no es un exceso simbólico. La presión competitiva incentiva conductas indebidas tanto en ambientes digitales como presenciales.
Pero la existencia de 22 intentos detectados no permite trasladar una sospecha generalizada a los 58 mil 400 convocados. Ese es el núcleo de la controversia. Los aspirantes que cumplieron las reglas pueden interpretar que pagaron por una falla ajena: primero enfrentaron una prueba en línea cuya confiabilidad quedó bajo revisión y después una evaluación adicional obligatoria para conservar su posibilidad de ingreso. La disculpa pública ofrecida por la universidad reconoce que ocurrió algo inesperado, pero la reparación institucional requiere algo más que una explicación. Requiere criterios transparentes sobre qué anomalías se detectaron, cómo se identificaron los grupos convocados, qué mecanismos de apelación existen y bajo qué reglas se resolverán los casos con examen cancelado o resultados impugnados.
El tercer aprendizaje es que la contratación y supervisión de plataformas de evaluación deben evaluarse como una política académica, no como una compra tecnológica aislada. Los reportes sobre pagos elevados por exámenes en línea y las irregularidades posteriores colocan bajo escrutinio la cadena completa: diseño de reactivos, autenticación de identidad, monitoreo, protección de datos, protocolos ante incidentes y responsabilidades del proveedor. Una plataforma puede funcionar técnicamente y aun así fracasar como instrumento de selección si no genera evidencia verificable de que el entorno de aplicación fue equitativo. En procesos donde decenas de miles de personas disputan espacios limitados, la trazabilidad vale tanto como la interfaz.
Los intereses en conflicto no son equivalentes
Para la UNAM, el objetivo inmediato es preservar la validez de los resultados definitivos, previstos para el último fin de semana de agosto. La institución necesita evitar que una admisión cuestionada derive en litigios, inconformidades masivas o pérdida de confianza. Para los estudiantes que asistieron, el interés es que el esfuerzo adicional sea reconocido y que quienes no acudieron no obtengan una ventaja posterior sin haber cumplido el requisito. Para los ausentes, en cambio, el problema puede ir desde una elección voluntaria por otra oferta educativa hasta una imposibilidad material de trasladarse. Tratar ambos casos como idénticos simplifica una realidad mucho más desigual.
Las familias ocupan una posición especialmente sensible. El costo de una contingencia académica no se distribuye sólo entre candidatos individuales. Muchas decisiones de traslado, hospedaje y acompañamiento recaen en hogares que pueden tener empleos informales, ingresos diarios o responsabilidades de cuidado. En ese sentido, el examen de control funcionó también como una prueba de resiliencia económica familiar. La universidad puede sostener, con razón, que no puede renunciar a verificar la autenticidad de la admisión; las familias pueden responder, también con razón, que la verificación no debería convertir una falla sistémica en un gasto privado obligatorio.
Las otras universidades forman parte del contexto, aunque no sean responsables de la situación. Su capacidad de admitir a estudiantes antes del examen de control explica una fracción del ausentismo y demuestra que la competencia por talento opera con calendarios distintos. Para instituciones privadas, los retrasos o dudas en procesos públicos pueden acelerar decisiones de inscripción y pago. Para universidades públicas estatales, el efecto puede ser una redistribución involuntaria de aspirantes hacia opciones locales. El riesgo es que la decisión final dependa menos de la preferencia académica del estudiante que de cuál institución ofreció antes una respuesta definitiva y logísticamente viable.
Qué debería cambiar antes de la próxima convocatoria
La salida más robusta no consiste en abandonar las evaluaciones remotas ni en regresar de manera automática a un único examen masivo presencial. Ambos modelos tienen costos. El presencial ofrece mayor control, pero exige infraestructura, movilización y capacidad de atención; el remoto amplía cobertura, pero requiere sistemas de autenticación y auditoría mucho más maduros. La tendencia razonable es hacia modelos híbridos, con evaluación digital diseñada desde el inicio para incorporar validaciones escalonadas y presenciales focalizadas cuando existan señales objetivas de riesgo, no como una repetición generalizada de último momento.
Para que ese modelo sea legítimo, la institución tendría que comunicar desde la convocatoria que ciertos resultados pueden requerir una verificación adicional, definir con anticipación las sedes y prever apoyos de movilidad para casos vulnerables. También debería establecer un umbral transparente para activar revisiones, sin revelar datos que faciliten el fraude. La transparencia no obliga a exhibir el sistema de seguridad; sí obliga a explicar las reglas que determinan las consecuencias para los aspirantes. En paralelo, una auditoría independiente sobre la plataforma, los incidentes y los protocolos de respuesta ayudaría a distinguir entre fallas de ejecución, problemas de diseño y conductas fraudulentas individuales.
El riesgo de no aprender de este proceso es doble. En el corto plazo, la publicación de resultados puede abrir disputas de quienes consideren que el nuevo examen fue una condición imprevisible o inaccesible. En el mediano plazo, cada incidente tecnológico puede erosionar la disposición de los aspirantes a confiar en procedimientos digitales, incluso cuando éstos podrían ampliar el acceso si se implementan bien. La cifra de 22 mil ausentes no debe verse como un dato administrativo que desaparece al cerrar la convocatoria. Es una señal de que la seguridad de la evaluación, la equidad territorial y la confianza pública ya forman parte del mismo problema. Resolverlo exigirá que la UNAM mida no sólo quién aprobó, sino quién quedó fuera de la posibilidad de demostrar que podía hacerlo.
