Baja California enfrenta una temporada de calor que ya rebasó, antes de concluir el periodo de vigilancia epidemiológica, el saldo mortal de todo 2025. Hasta la semana epidemiológica 30, la entidad acumuló 21 defunciones asociadas con temperaturas extremas: 18 por golpe de calor y tres por deshidratación. El dato representa 28% de las 75 muertes registradas en México y coloca al estado como el territorio con mayor mortalidad relacionada con el calor en el país.
La comparación anual permite dimensionar la gravedad del episodio. Durante toda la temporada de calor de 2025, Baja California reportó 10 fallecimientos; ahora suma 11 más, aunque todavía faltan semanas de vigilancia y persisten los pronósticos de temperaturas superiores a 45 grados Celsius en el noreste estatal. El incremento no es únicamente una variación estadística: evidencia que la exposición térmica está generando una presión creciente sobre la salud pública, especialmente en las zonas donde las temperaturas extremas coinciden con jornadas laborales prolongadas, viviendas poco adaptadas y acceso desigual al agua y a la atención médica.
El desierto urbano como escenario de riesgo
Mexicali concentra 20 de las 21 defunciones estatales; la restante ocurrió en Ensenada. Los otros cinco municipios de Baja California no registran muertes vinculadas con las altas temperaturas. Esta distribución señala que el riesgo no se reparte de manera uniforme y que las condiciones locales resultan determinantes: Mexicali combina su ubicación desértica, una intensa urbanización y episodios de calor que han alcanzado hasta 50 grados Celsius en los registros del Servicio Meteorológico Nacional.
En una ciudad con esas condiciones, la temperatura exterior no describe por sí sola el peligro. El pavimento, las edificaciones y la escasez de vegetación pueden retener calor y elevar las temperaturas durante la noche, reduciendo el tiempo de recuperación fisiológica. Cuando una vivienda carece de aislamiento, ventilación adecuada o un equipo de refrigeración funcional, el organismo permanece expuesto durante horas, incluso después de que disminuye la radiación solar. Para personas mayores, pacientes con enfermedades crónicas, niñas y niños pequeños, esa acumulación térmica puede convertir una molestia en una emergencia médica.
El informe federal contabiliza 135 afectaciones a la salud en Baja California: 73 casos de deshidratación, 61 golpes de calor y una quemadura. Aunque las defunciones son el indicador más visible, los casos no mortales también revelan una carga relevante para los servicios sanitarios. Cada episodio grave puede requerir atención de urgencias, hidratación intravenosa, vigilancia de la función renal y tratamiento de alteraciones neurológicas. En una temporada prolongada, la suma de estas atenciones puede desplazar recursos destinados a otros padecimientos y tensionar hospitales que ya operan con capacidades limitadas.

Más que un fenómeno meteorológico
El calor extremo suele presentarse como un evento natural inevitable, pero sus consecuencias dependen de decisiones sociales y económicas. Una persona que trabaja al aire libre no enfrenta el mismo riesgo que alguien que permanece en una oficina climatizada. Quienes laboran en construcción, agricultura, mantenimiento urbano, transporte o reparto pueden estar expuestos durante las horas de mayor radiación y, además, tener incentivos para continuar trabajando pese a los primeros síntomas.
La cadena de riesgo es conocida: el esfuerzo físico aumenta la producción interna de calor; la sudoración provoca pérdida de agua y sales; la humedad o la falta de pausas impide que el cuerpo se enfríe; finalmente aparecen confusión, desmayo, fiebre elevada o pérdida del conocimiento. El golpe de calor puede avanzar con rapidez y dejar daños neurológicos, renales o cardiovasculares. Por eso, la recomendación de “hidratarse” resulta insuficiente si no se acompaña de descansos programados, sombra, vigilancia entre compañeros y protocolos claros para suspender actividades.
También existe un componente de vulnerabilidad doméstica. El costo de la electricidad, las fallas en los aparatos de aire acondicionado y la imposibilidad de mantener una habitación fresca pueden obligar a muchas familias a elegir entre refrigeración, alimentos y otros gastos básicos. El problema se agudiza para quienes viven solos, tienen movilidad limitada o padecen enfermedades que alteran la percepción de la sed. En esos casos, la prevención depende tanto de la conducta individual como de redes comunitarias capaces de identificar rápidamente a quienes necesitan ayuda.
La señal que envían las cifras de Mexicali
El salto de 10 a 21 muertes entre una temporada y otra debe interpretarse con cautela, porque las cifras epidemiológicas pueden verse influidas por cambios en la notificación, la clasificación médica o la duración y severidad de las olas de calor. Sin embargo, aun considerando esas variables, el aumento merece una respuesta institucional reforzada. El hecho de que 20 fallecimientos se concentren en Mexicali permite dirigir acciones específicas, en lugar de distribuirlas de forma homogénea en todo el estado.
La vigilancia epidemiológica puede cumplir una función más ambiciosa que registrar defunciones después de ocurridas. Si se articula con pronósticos meteorológicos, registros de urgencias, reportes de cortes eléctricos y mapas de población vulnerable, puede activar alertas anticipadas por colonia o sector laboral. Una alerta útil no debería limitarse a informar que habrá temperaturas extremas; tendría que indicar dónde habilitar refugios climáticos, qué centros de salud ampliarán horarios y qué actividades al aire libre deberán modificarse.
La experiencia de otras ciudades expuestas a olas de calor muestra que las medidas más efectivas suelen ser sencillas cuando se aplican con anticipación: apertura de espacios con aire acondicionado, distribución de agua y sueros, llamadas a personas mayores, transporte hacia centros de resguardo y comunicación en varios formatos. El reto es que estas acciones no dependan exclusivamente de campañas ocasionales. Si el calor intenso se vuelve recurrente, deben formar parte de la operación ordinaria de los municipios y de los servicios de protección civil.
El costo invisible para la economía y los servicios
Las altas temperaturas también alteran la productividad y la seguridad laboral. El calor reduce la concentración, incrementa la fatiga y eleva la probabilidad de accidentes en tareas que requieren maquinaria, conducción o esfuerzo físico. Si una empresa no adapta los horarios, ofrece agua y pausas, o capacita a sus trabajadores para reconocer síntomas, una emergencia sanitaria puede transformarse en incapacidad, pérdida de ingresos y conflictos de responsabilidad.
En el sector salud, el impacto se extiende más allá de los 135 casos reportados. La deshidratación puede agravar enfermedades renales y cardiovasculares, mientras que el golpe de calor exige intervenciones rápidas y personal preparado. Los servicios de emergencia necesitan contar con suministros, sistemas de enfriamiento, personal suficiente y rutas de referencia para evitar que la atención se retrase. En comunidades alejadas, la distancia hasta un hospital puede ser tan decisiva como la temperatura misma.
La infraestructura eléctrica constituye otro punto crítico. En Mexicali, la demanda de aire acondicionado aumenta precisamente durante los periodos en que el calor es más peligroso. Un corte de energía en esas horas no solo causa incomodidad: puede interrumpir tratamientos, deteriorar medicamentos que requieren refrigeración y dejar sin protección a personas dependientes de equipos médicos. La prevención, por tanto, debe incluir mantenimiento de redes, respaldo energético en centros esenciales y mecanismos para priorizar la atención de usuarios vulnerables.
Adaptación urbana frente a temporadas más largas
La respuesta de emergencia no sustituye las políticas de adaptación. La protección de árboles, la ampliación de áreas verdes, el uso de materiales que reduzcan la absorción térmica y el diseño de corredores con sombra pueden disminuir la temperatura superficial y mejorar la habitabilidad. Estas medidas requieren planificación porque no todas las colonias tienen la misma cobertura vegetal ni la misma calidad constructiva. Invertir primero en los sectores con mayor exposición y menor capacidad económica tendría un efecto sanitario más equitativo.
La vivienda debe ocupar un lugar central. Techos reflectantes, aislamiento térmico, ventilación cruzada y equipos eficientes pueden reducir la temperatura interior y el consumo eléctrico. Para hogares de bajos ingresos, tales mejoras difícilmente pueden financiarse de manera individual; necesitan subsidios, programas de rehabilitación y criterios de eficiencia en la construcción. Cada peso invertido en reducir el calor dentro de una vivienda puede evitar gastos posteriores en urgencias, medicamentos y pérdida de jornadas laborales.
El dato de Baja California también plantea una cuestión nacional. Si un solo estado concentra más de una cuarta parte de las muertes registradas, los protocolos federales deben considerar las diferencias climáticas, urbanas y sociales entre las entidades. Una campaña uniforme puede ser insuficiente para una ciudad desértica como Mexicali, una zona costera como Ensenada o regiones con humedad elevada donde el cuerpo pierde capacidad para enfriarse mediante la transpiración.
La temporada aún no termina y el pronóstico mantiene condiciones de calor muy intenso en el noreste de Baja California. La prioridad inmediata es evitar nuevas muertes mediante alertas oportunas, vigilancia de personas vulnerables, protección laboral y atención médica rápida ante mareos, confusión, fiebre alta o pérdida del conocimiento. Pero el saldo de 21 defunciones ya obliga a mirar más allá de la emergencia: la adaptación urbana, la seguridad energética y la reducción de desigualdades serán determinantes para que el próximo verano no vuelva a convertir el clima extremo en una crisis sanitaria anunciada.
