La frase de Santiago Bausili en Mendoza no fue solo una descripción técnica del ciclo económico: funcionó como un reconocimiento explícito de que la recuperación argentina sigue siendo frágil, selectiva y mucho menos vigorosa de lo que el Gobierno necesita para consolidar su programa. Al admitir que la economía avanza “en torno al 2% anual” y “mucho más despacio” de lo deseado, el presidente del Banco Central puso en palabras una tensión central del momento económico: la estabilización logró contener varios desequilibrios, pero todavía no se convirtió en una expansión capaz de mejorar de forma amplia el empleo, el crédito y la inversión.
Esa distancia entre estabilización y crecimiento ayuda a entender el alcance político de sus dichos. Cuando un banco central expone que la actividad crece por debajo de lo esperado, también está señalando que el esquema macroeconómico todavía no terminó de cerrar el círculo virtuoso que el oficialismo promete: menos inflación, más confianza, más crédito y, finalmente, más inversión productiva. El problema es que ese encadenamiento no aparece automáticamente. En economías con memoria inflacionaria y alta volatilidad cambiaria, la baja de precios no elimina por sí sola la cautela de empresas, bancos y familias.
En ese marco, el crédito aparece como el termómetro más sensible. Bausili remarcó que entre mayo y julio hubo crecimiento positivo en préstamos en pesos y en dólares, lo que sugiere una mejora después del freno electoral del año pasado. Esa observación importa porque el crédito suele anticipar expectativas: cuando se extiende, las empresas se animan a financiar capital de trabajo, bienes de equipo y proyectos; cuando se corta, la economía real lo siente con demora, pero con fuerza. El antecedente inmediato fue claro: la desaceleración en el segundo trimestre del año pasado, previa al proceso electoral, mostró hasta qué punto el sistema financiero argentino sigue reaccionando antes al miedo que a la lógica de mediano plazo.

El dato más relevante de su exposición no fue, sin embargo, la recuperación puntual del financiamiento, sino el diagnóstico estructural sobre la ausencia de instrumentos de largo plazo. Bausili describió un sistema bancario obligado a tomar depósitos muy cortos y prestar a veinte años, una desalineación que vuelve inviable expandir el crédito hipotecario o productivo en escala amplia. Allí reside una de las grandes limitaciones del desarrollo argentino: sin ahorro institucional de largo plazo, el mercado depende de depósitos volátiles, tasas altas o mecanismos extraordinarios de sostén estatal. La mención a fondos de pensiones y seguros de vida no es menor; en países con mercados profundos, esos vehículos cumplen justamente la función de transformar ahorro disperso en financiamiento sostenido.
La discusión adquiere otra dimensión porque el Gobierno evalúa usar el FGS de la Anses para licitar plazos fijos largos entre bancos y así apuntalar el segmento hipotecario. La idea muestra una búsqueda de solución pragmática, pero también exhibe una limitación: si el Estado debe actuar como proveedor indirecto de fondeo de largo plazo, es porque el sistema privado todavía no logró construir esa base por sí mismo. En términos prácticos, eso puede ayudar a reactivar préstamos para vivienda, pero no resuelve la raíz del problema. Sin instrumentos previsibles y con reglas estables, los bancos seguirán midiendo el riesgo argentino como un riesgo de descalce más que como una oportunidad de expansión.
Las referencias de Bausili al contexto internacional también ayudan a leer la estrategia oficial. La suba del petróleo desde marzo, con impacto sobre inflación y tasas globales, habría podido presionar a la Argentina con más intensidad en otros ciclos. Su argumento es que esta vez el país llegó mejor parado, con fundamentos más sólidos. Ese punto merece cautela: la menor vulnerabilidad relativa no equivale a inmunidad. La Argentina sigue siendo un emisor periférico con acceso limitado a financiamiento externo, por lo que cualquier shock global se transmite con rapidez a expectativas, tipo de cambio y costo del crédito. La diferencia respecto de otros períodos es que hoy el Banco Central intenta demostrar que la fragilidad no está en el balance de corto plazo, sino en la persistente desconfianza de los agentes.
Su insistencia en el “miedo” como factor dominante en las decisiones económicas revela, en el fondo, una lectura política de la macroeconomía. Bausili no habla solo de tasas, reservas o inflación; habla de una sociedad que todavía opera con memoria de crisis sucesivas. Cuando la prudencia se vuelve exceso, las familias postergan consumos durables, las empresas retrasan inversiones y los bancos restringen plazos. Ese comportamiento puede ser racional a nivel individual y, sin embargo, colectivo y contractivo. El costo es visible: una economía que estabiliza precios, pero no libera energía suficiente para expandirse con fuerza.
La apuesta oficial es que la desinflación consolide gradualmente un cambio de expectativas. Bausili reconoció que julio fue más alto por factores estacionales como el turismo invernal, aunque sostuvo que la política monetaria sigue contractiva y que la senda de baja de precios continuará. Si eso ocurre, el efecto más importante no será solo estadístico. Una inflación más baja y menos intervención regulatoria pueden abaratar el cálculo económico de largo plazo, pero solo si el sistema financiero consigue ofrecer plazos compatibles con la vida real de hogares y empresas. De lo contrario, la economía puede estabilizarse sin despegar, con una recuperación que existe en los números pero no termina de sentirse en la calle.
