Brasil gana terreno en México

La reconfiguración del mercado mexicano de carne de pollo refleja algo más profundo que un simple ajuste comercial: muestra cómo una medida temporal de alivio inflacionario puede alterar, con rapidez, la estructura de abastecimiento de un país. Que Estados Unidos haya pasado de concentrar 86.6% de las importaciones mexicanas en 2022 a 72.7% en 2025, mientras Brasil avanzó de 10.8% a 25.4%, sugiere que la competencia dejó de ser marginal y se volvió estructural. Para México, esto abre una ventana de mayor diversificación; para los exportadores, redefine incentivos, inversiones y rutas logísticas.

El primer efecto visible es el de precios y disponibilidad. La entrada de producto brasileño en condiciones arancelarias favorables permitió a los importadores mexicanos negociar con más de un proveedor relevante, lo que suele presionar a la baja los costos de compra y reduce la dependencia de un solo origen. En un mercado donde el consumo crece más rápido que la producción interna, esa presión competitiva puede ayudar a cubrir faltantes sin disparar precios al consumidor. También ofrece a empacadoras, distribuidores y cadenas de autoservicio mayor margen para administrar inventarios en un contexto de demanda sostenida.

Pero la ganancia de eficiencia en importaciones tiene un costo potencial para la cadena productiva local. La Unión Nacional de Avicultores advierte que el incremento de compras a Brasil ha frenado la creación de más de 40 mil empleos en la industria nacional. Esa advertencia no debe leerse solo como una defensa gremial: si el producto importado entra con ventajas de precio persistentes, los productores mexicanos enfrentan menor espacio para trasladar costos, invertir en capacidad o sostener márgenes. En ese escenario, la presión puede concentrarse sobre pequeños y medianos avicultores, más expuestos a ciclos de precios y a los costos sanitarios y energéticos.

La expansión brasileña también cambia el equilibrio geopolítico del abasto. Estados Unidos conserva ventajas logísticas naturales por cercanía, infraestructura y el marco del T-MEC, pero Brasil demostró que puede ganar espacio cuando las reglas se relajan. Eso tiene dos lecturas. La positiva es que México reduce su vulnerabilidad frente a un solo socio; la negativa es que incorpora una nueva dependencia, ahora vinculada a la continuidad de una política arancelaria excepcional. Si el Pacic concluye en diciembre de 2026 y no se renueva, el mercado podría corregirse con rapidez, generando ajustes bruscos en precios, contratos y volúmenes ya reacomodados.

El dato más delicado es que la nueva participación de Brasil podría no desaparecer del todo aunque cambien las reglas. El USDA advierte que los canales comerciales y las relaciones construidas en estos años pueden dejar una presencia más duradera. Eso implica que, incluso si Estados Unidos recupera parte del terreno, el mercado mexicano ya no volvería intacto a la estructura anterior. Para los importadores, la competencia entre dos grandes orígenes puede seguir siendo útil; para los productores de ambos lados, el desafío será sostener rentabilidad en un mercado más fragmentado y sensible a cambios regulatorios.

Existe además un riesgo sanitario y operativo que suele quedar al margen del debate comercial. Cuando aumentan los flujos de importación desde múltiples orígenes, la autoridad debe reforzar trazabilidad, inspección y cumplimiento de estándares. México necesitará capacidad suficiente para vigilar calidad, condiciones de transporte y riesgos de interrupción logística, sobre todo si el crecimiento de las importaciones supera el ritmo de expansión de su propia industria. El beneficio de contar con más oferta solo se sostiene si la supervisión evita fallas que puedan terminar encareciendo el sistema o afectando la confianza del consumidor.

El panorama hacia 2026 y 2027 apunta a un mercado más tensionado por el crecimiento de la demanda. Si la producción nacional sube 2.6% y 2.5% en esos años, pero el consumo avanza 2.7% anual y las importaciones siguen creciendo, la dependencia externa no disminuirá de manera relevante. Eso obliga a pensar en una estrategia dual: usar la importación como amortiguador de corto plazo, mientras se eleva productividad interna para que la competencia no se traduzca en desindustrialización. La decisión sobre el Pacic será un test de fondo sobre qué pesa más en la política pública mexicana: la contención de precios inmediatos o la protección de capacidad productiva y empleo.

El nuevo mapa del pollo en México no anuncia un reemplazo total de Estados Unidos por Brasil, sino una competencia más ajustada, con beneficios concretos para el abasto pero con costos posibles sobre empleo, inversión y estabilidad sectorial. La pregunta de fondo ya no es quién vende más hoy, sino qué tipo de mercado quiere construir México cuando termine la excepción arancelaria y el equilibrio vuelva a medirse sin apoyos temporales.

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