Especialistas coinciden en que reducir la brecha salarial entre México y Estados Unidos es viable, aunque exige un horizonte de largo plazo centrado en productividad, educación técnica y democracia sindical. La diferencia actual alcanza entre ocho y diez veces en sectores vinculados al T-MEC, sin que el tratado por sí solo garantice convergencia en ingresos.
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La brecha responde principalmente a diferencias estructurales de productividad laboral, intensidad tecnológica y capital por trabajador, no solo a costo de vida o decisiones empresariales aisladas. En paralelo, la ausencia de negociación colectiva efectiva y la persistencia de sindicatos corporativos han mantenido salarios artificialmente bajos, erosionando el poder de los trabajadores para capturar mayor valor agregado.
Avanzar requiere inversión sostenida en industrias sofisticadas, formación continua y voluntad política que abandone la ventaja histórica del bajo costo laboral. Los avances recientes, como el aumento al salario mínimo y las reglas laborales del T-MEC, resultan insuficientes ante una brecha construida durante décadas. El objetivo realista no es igualar niveles de ingreso, sino acelerar la convergencia mediante mayor acumulación de capital y especialización industrial.
Un cierre gradual podría extenderse varias décadas, siempre que México impulse educación técnica orientada a sectores estratégicos y fortalezca la capacidad real de negociación sindical. Sin estos cambios estructurales, el T-MEC seguirá impulsando comercio e inversión sin traducirse en mejoras salariales proporcionales.
