China, México y el TMEC: datos contra la narrativa de triangulación

Desde el inicio de la guerra comercial entre Estados Unidos y China en 2018, la hipótesis de que Pekín utiliza a México como plataforma de reexportación hacia el mercado norteamericano ha circulado con insistencia en Washington. Sin embargo, estudios recientes del Banco de la Reserva Federal y del Fondo Monetario Internacional desmienten que esta práctica represente un fenómeno significativo. El reporte de Banorte refuerza esta conclusión al señalar que el volumen de mercancías chinas que transitan por México hacia Estados Unidos equivale apenas al 1 % de las exportaciones mexicanas totales al país vecino.

La preocupación no es nueva. Durante la administración de Donald Trump, funcionarios estadounidenses argumentaron que el déficit comercial con China se desplazaba hacia México tras la imposición de aranceles. Esta narrativa cobró fuerza nuevamente en vísperas de la revisión del TMEC programada para 2026. No obstante, los datos de participación de mercado muestran un patrón más complejo: mientras China redujo su cuota de importaciones estadounidenses del 20 % al 7,9 % entre 2018 y 2026, México elevó la suya del 11 % al 16,6 %. Esta evolución responde principalmente a la relocalización de cadenas de suministro y al nearshoring, no a un simple desvío de contenedores chinos.

Orígenes de la sospecha y contexto del TMEC

La guerra comercial iniciada en 2018 alteró radicalmente los flujos globales. Las tarifas del 25 % sobre productos chinos impulsaron a algunas empresas a buscar rutas alternativas, pero los análisis del FMI revelan que la mayor parte de las importaciones chinas que llegan a México se destinan al consumo interno o a la producción de bienes finales vendidos dentro del propio mercado mexicano. En el sector automotriz, por ejemplo, el aumento de componentes chinos se ha concentrado en el consumo intermedio local, sin generar un salto proporcional en las exportaciones de vehículos terminados hacia Estados Unidos que pueda atribuirse a triangulación masiva.

El TMEC, vigente desde julio de 2020, introdujo reglas de origen más estrictas en sectores estratégicos como el automotriz. Estas disposiciones exigen porcentajes mínimos de contenido regional y salarial, lo que dificulta cualquier intento de usar México como simple puente comercial. Las empresas que operan bajo el tratado deben demostrar trazabilidad de insumos, un requisito que reduce los márgenes para prácticas de reexportación encubierta.

Impactos en las cadenas de suministro norteamericanas

El desmentido de la triangulación masiva tiene consecuencias directas para la renegociación del TMEC. Si Estados Unidos insiste en endurecer controles basados en una premisa poco fundamentada, podría generar fricciones innecesarias con México y Canadá. Un escenario probable es que las conversaciones se centren en mecanismos de verificación más rigurosos para productos sensibles, especialmente en semiconductores, baterías y vehículos eléctricos. Esto afectaría tanto a proveedores chinos como a las plantas mexicanas que ya integran componentes asiáticos en sus procesos.

En términos logísticos, el nearshoring real que se observa en el norte de México responde a decisiones de diversificación de riesgo por parte de corporativos estadounidenses y europeos. Empresas como Tesla o BMW han incrementado su presencia productiva en el país no para evadir aranceles chinos, sino para acortar tiempos de entrega y reducir vulnerabilidades expuestas durante la pandemia. Forzar una narrativa de triangulación podría desincentivar estas inversiones al crear incertidumbre regulatoria.

Consecuencias geopolíticas y para el futuro del tratado

A nivel regional, el hallazgo de Banorte y el análisis del Fondo Monetario Internacional fortalecen la posición negociadora de México. Al demostrar que el crecimiento de exportaciones mexicanas obedece principalmente a factores estructurales y no a desvíos chinos, el gobierno mexicano puede argumentar a favor de mantener condiciones arancelarias preferenciales frente a otros socios comerciales. Esto resulta especialmente relevante en un contexto donde la tensión entre Washington y Pekín continúa escalando en sectores estratégicos como tecnología avanzada y minerales críticos.

A largo plazo, la consolidación de México como primer socio comercial de Estados Unidos podría acelerar la formación de bloques productivos más integrados en América del Norte. Sin embargo, persiste el riesgo de que medidas proteccionistas excesivas fragmenten las cadenas de valor existentes. Si las reglas de origen se endurecen más allá de lo razonable, algunas plantas podrían perder competitividad frente a proveedores asiáticos que operan fuera del TMEC, afectando empleos en estados manufactureros mexicanos como Nuevo León, Chihuahua y Coahuila.

El análisis también invita a reflexionar sobre la evolución del propio modelo de globalización. La idea de que México actúa como “puente” subestima la creciente sofisticación de la manufactura mexicana y su capacidad de absorber tecnología y capital. En lugar de ver el incremento de importaciones chinas como una amenaza, las autoridades mexicanas podrían enfocarse en políticas que eleven el valor agregado local, integrando mejor esos insumos en cadenas productivas nacionales. De esta manera, el TMEC dejaría de ser percibido como un escudo contra China y se convertiría en una plataforma para construir ventajas competitivas sostenibles en la economía del siglo XXI.

Las conversaciones trilaterales de 2026 ofrecerán una oportunidad para actualizar el tratado con cláusulas que reconozcan estas realidades. Enfocarse en datos concretos en lugar de percepciones políticas permitirá diseñar un marco que proteja los intereses de los tres países sin sacrificar la eficiencia de las cadenas de suministro que hoy sostienen millones de empleos en la región.

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