Colombia crece por gasto público

La economía colombiana avanzó 3,5% interanual en el segundo trimestre y el dato, en apariencia, confirma una recuperación más sólida de lo que el consenso venía descontando. Pero el detalle importa más que el titular: el empuje principal no vino de una expansión homogénea del sector privado, sino del gasto del gobierno, de la administración pública, de la salud y la educación, junto con actividades artísticas, entretenimiento y algunos servicios intensivos en consumo. Es una señal de actividad, sí, pero también de composición frágil. Cuando el crecimiento se apoya en el gasto corriente y en ramas menos productivas, la economía puede lucir vigorosa mientras acumula tensiones debajo de la superficie.

La lectura trimestral refuerza esa idea. Frente al primer trimestre, el PIB creció 1,3%, y en el acumulado semestral la expansión fue de 2,9%. La cifra es mejor que la que muchos temían al cierre de 2025, pero todavía insuficiente para cerrar la brecha con el potencial de una economía que aspira a crecer por encima de 3% de forma sostenida. El contraste sectorial es revelador: administración pública, defensa, educación y salud subieron 10%; artes y entretenimiento, 9,52%; electricidad, gas y aire acondicionado, 4,8%; actividades financieras, 4,3%; minería, 4,2%. En cambio, agricultura cayó 2,1% y comunicaciones retrocedió 0,1%. La fotografía es clara: el rebote no está siendo liderado por un ciclo amplio de inversión privada ni por un repunte agrícola que arrastre empleo rural; está siendo sostenido por el Estado y por servicios urbanos.

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Ese patrón tiene consecuencias directas para varios grupos. Para el gobierno, el dato le ofrece margen político: permite defender que la economía no entró en una desaceleración severa y que el gasto público está amortiguando choques externos y debilidades internas. Para los hogares urbanos, especialmente los vinculados al empleo público, la salud, la educación o los servicios de consumo, el trimestre luce menos adverso y ayuda a sostener ingresos y demanda. Pero para el sector productivo de base, el mensaje es menos cómodo. La agricultura sigue debilitada, lo que golpea a pequeños productores y a cadenas de abastecimiento de alimentos; la comunicación estancada sugiere una modernización más lenta de la economía digital; y la industria manufacturera, aunque creció 2%, todavía no muestra el tipo de tracción que normalmente anticipa una recuperación más robusta del empleo formal.

Hay un segundo punto que no debería pasar inadvertido: la inversión bruta de capital aumentó 7,1% interanual. Esa cifra, aislada, es la más prometedora del informe porque habla de capacidad futura y no solo de consumo presente. Sin embargo, conviene leerla con cautela. Parte del aumento puede responder a compras de maquinaria, ejecución de proyectos atrasados o reposición de inventarios, no necesariamente a una ola sostenida de nuevas apuestas privadas. Colombia necesita que esa inversión se convierta en ampliación de capacidad exportadora, logística y productividad. Si se queda en un repunte táctico, el país seguirá creciendo más por inercia fiscal que por un cambio de estructura.

La tensión entre crecimiento y calidad del crecimiento es hoy el verdadero debate. Un avance de 3,5% no es trivial en el contexto regional, y de hecho ubica a Colombia entre las economías latinoamericanas con mejor lectura reciente. Pero la calidad del impulso importa porque define cuánto del crecimiento se sostiene cuando el gasto público se modera o cuando las condiciones financieras se endurecen. El Banco Central ya elevó su previsión para 2026 a 2,5%, desde 2,4%, un ajuste pequeño que revela prudencia más que entusiasmo. Fitch, por su parte, proyecta 2,7% para este año y 2% para 2027, una senda que sugiere desaceleración gradual. Ambas señales coinciden en algo: el rebote de mitad de año no basta para dar por resuelto el problema de fondo.

En los próximos trimestres, el desempeño colombiano dependerá de tres variables concretas. La primera es la continuidad del gasto público sin deteriorar la credibilidad fiscal; si el impulso estatal se convierte en hábito sin respaldo tributario o sin contención del déficit, el alivio de corto plazo puede transformarse en presión sobre tasas, deuda y calificación. La segunda es la capacidad de la inversión privada para tomar la posta. Sin construcción más dinámica, sin manufactura más fuerte y sin una recuperación más visible del agro, el crecimiento seguirá concentrado en pocas ramas. La tercera es la estabilidad de los precios y del crédito: si el sistema financiero mantiene condiciones de financiamiento menos restrictivas, la expansión de actividades financieras y de inversión podría extenderse; si no, el segundo trimestre quedará como un pico aislado.

También hay un ángulo social que merece más atención. El peso de la administración pública, salud y educación en el crecimiento no solo refleja ejecución presupuestal; también indica que buena parte del dinamismo sigue concentrándose en actividades cuyo efecto multiplicador sobre empleo e innovación es limitado si no se acompaña de productividad. Un país puede crecer por más nómina estatal y más servicios, pero eso no equivale a ganar competitividad. La discusión de fondo, entonces, no es si Colombia crece o no, sino qué tipo de crecimiento está comprando y cuánto cuesta sostenerlo. Si el segundo trimestre fue una prueba de resistencia, la prueba decisiva será demostrar que la economía puede avanzar sin depender tanto del motor fiscal y con más aporte de sectores que exportan, innovan y generan empleo de calidad.

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