El anuncio de que el gobierno electo de Abelardo de la Espriella iniciará una ruta de asistencia técnica con el Fondo Monetario Internacional marca un punto de inflexión en la manera en que Colombia aborda sus cuentas públicas. Esta decisión surge en un momento en que las cifras fiscales heredadas generan dudas entre inversionistas y organismos multilaterales. El encuentro sostenido en Washington entre el vicepresidente entrante José Manuel Restrepo y el subdirector gerente del FMI, Niguel Clarke, estableció los primeros pasos de un proceso que busca depurar obligaciones, validar datos y reducir riesgos presupuestales antes de la toma de posesión.
Durante la administración de Gustavo Petro, varias decisiones en materia tributaria y de gasto generaron señales mixtas en los mercados. El incremento en la deuda pública, combinado con pronósticos optimistas sobre recaudación que no siempre se materializaron, erosionó la credibilidad de las proyecciones oficiales. Instituciones como la Contraloría y la misma banca central habían advertido sobre la necesidad de mayor transparencia en el registro de pasivos contingentes y en la estimación de ingresos por impuestos a la renta y al patrimonio.
Orígenes de la incertidumbre heredada
El deterioro de la confianza no ocurrió de la noche a la mañana. Desde 2022, la reforma tributaria aprobada bajo Petro introdujo cambios estructurales en la tributación de empresas y personas naturales, pero su implementación enfrentó problemas de recaudo efectivo. Al mismo tiempo, el aumento de subsidios energéticos y transferencias sociales amplió el déficit primario. Datos del Ministerio de Hacienda de finales de 2025 mostraban un hueco fiscal superior al 4,5 por ciento del PIB, cifra que contrastaba con las estimaciones iniciales del gobierno saliente. Esta brecha alimentó especulaciones sobre posibles ajustes abruptos una vez que el nuevo equipo tomara el control.
El contacto directo de la delegación colombiana con la directora gerente Kristalina Georgieva añade una capa de respaldo institucional que va más allá de la asistencia técnica rutinaria. Georgieva ha insistido en que los procesos de transición ordenada requieren diagnósticos compartidos entre autoridades salientes y entrantes. En ese sentido, la hoja de ruta acordada con el FMI no sustituye las decisiones soberanas, sino que provee metodologías probadas para ordenar la información presupuestal.
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Lecciones de experiencias regionales
El caso de Colombia presenta paralelos con procesos vividos en Chile tras el cambio de gobierno en 2010 y en Perú durante la transición de 2021. En ambos países, la intervención temprana de técnicos del FMI permitió identificar pasivos no registrados y establecer escenarios de estrés fiscal que orientaron la política económica de los primeros meses. En Chile, por ejemplo, la revisión conjunta reveló compromisos de pensiones no provisionados que obligaron a recalibrar el gasto social sin sacrificar la meta de superávit estructural. En Perú, la validación de cifras de deuda de gobiernos regionales evitó sorpresas que habrían afectado la calificación crediticia.
Estos antecedentes demuestran que la asistencia técnica no implica cesión de soberanía. Más bien, funciona como un mecanismo de verificación independiente que reduce la asimetría de información entre el nuevo gobierno y los tenedores de bonos soberanos. Cuando los mercados perciben que las cifras han sido sometidas a escrutinio externo, el costo de financiamiento tiende a bajar, como ocurrió en Uruguay tras su acuerdo de revisión con el Fondo en 2020.
Efectos sobre la inversión y el empleo
Una de las consecuencias más inmediatas de esta revisión será la posible recuperación de flujos de inversión extranjera directa. Sectores como infraestructura, energía renovable y agroindustria han postergado decisiones a la espera de mayor claridad sobre la trayectoria fiscal. Con un diagnóstico validado externamente, las empresas podrán modelar con mayor precisión sus retornos esperados y el riesgo de cambios regulatorios inesperados. En términos de empleo, la estabilización de las cuentas públicas reduce la probabilidad de recortes abruptos en inversión pública que suelen traducirse en menor demanda de mano de obra en la construcción y obra civil.
El impacto social también merece atención. Programas de transferencias condicionadas y subsidios a servicios públicos dependen de un marco presupuestal creíble. Si la revisión identifica obligaciones sobrestimadas o ingresos inflados, el nuevo gobierno podrá rediseñar estos programas con criterios de focalización más estrictos, evitando recortes lineales que afectan desproporcionadamente a los hogares de menores ingresos. La experiencia de Brasil entre 2016 y 2018 ilustra cómo una limpieza contable previa permitió preservar el gasto social más sensible mientras se contenía el déficit.
Riesgos y condiciones para el éxito
El proceso no está exento de riesgos. Una de las principales amenazas radica en la posible resistencia de sectores políticos que interpretan la participación del FMI como una señal de debilidad. Si el debate público se polariza en torno a esta narrativa, la legitimidad de las recomendaciones técnicas podría verse erosionada antes de su implementación. Otro riesgo consiste en que las recomendaciones del Fondo se apliquen de manera mecánica, sin considerar las particularidades del ciclo político colombiano. La historia muestra que los ajustes más duraderos son aquellos que combinan rigor técnico con viabilidad política, como demostró la consolidación fiscal mexicana posterior al acuerdo de 1995.
En el mediano plazo, el éxito de esta iniciativa dependerá de la capacidad del nuevo gobierno para traducir los hallazgos técnicos en reformas legislativas concretas. La depuración de cifras fiscales puede revelar, por ejemplo, la necesidad de modificar la regla fiscal o de crear un fondo de estabilización para ingresos volátiles del sector minero-energético. Estas reformas requerirán mayorías parlamentarias que el gobierno entrante deberá construir desde el primer día.
La decisión de involucrar al FMI desde la etapa de transición también envía una señal a otros organismos multilaterales y a las agencias calificadoras. Standard & Poor’s y Moody’s han señalado en comunicados recientes que la transparencia fiscal constituye uno de los criterios clave para mantener la calificación de grado de inversión. Una revisión positiva podría evitar revisiones a la baja que encarecerían el servicio de la deuda en cientos de millones de dólares anuales.
Finalmente, el proceso abre la puerta a una discusión más amplia sobre la institucionalidad fiscal colombiana. La creación de un consejo fiscal independiente, similar al existente en Chile o en la Unión Europea, podría emerger como recomendación natural una vez que se complete el diagnóstico inicial. Este tipo de instituciones ha demostrado en otros países su capacidad para anclar expectativas y reducir la discrecionalidad política en la elaboración de presupuestos.
La ruta trazada entre Bogotá y Washington representa, en esencia, un intento por anclar la política económica del nuevo gobierno en datos verificables antes de que las presiones del día a día erosionen la capacidad de planificación. El verdadero valor de esta asistencia técnica no radicará en los informes que se produzcan, sino en la medida en que el gobierno entrante utilice esa información para tomar decisiones que perduren más allá de un periodo presidencial.
