Contraloría pone bajo presión la Paz Total

La revelación de la Contraloría sobre la ejecución de la política de Paz Total deja una señal incómoda para el debate público: cuando una estrategia de paz administra recursos por decenas de billones de pesos y la ejecución efectiva queda muy por debajo de lo previsto, el problema deja de ser solo contable y pasa a ser político, institucional y territorial. El informe, según lo divulgado, sugiere que el Estado no solo enfrentó dificultades para convertir presupuesto en resultados, sino que además podría haber dejado expuestos recursos a riesgos de ineficiencia y posible detrimento patrimonial. En un país donde la legitimidad de los procesos de paz depende tanto de los avances concretos como de la confianza ciudadana, esa brecha pesa más que una cifra aislada.

El primer efecto probable es reputacional. La Paz Total fue presentada como una apuesta de alcance nacional para combinar negociación, presencia estatal y transformación territorial. Si el órgano de control encuentra que, en varios frentes, el dinero comprometido no se tradujo en obras, intervenciones o niveles de ejecución acordes con lo prometido, la discusión ya no se limita a si la política fue ambiciosa, sino a si tuvo capacidad real de implementación. Ese cuestionamiento puede debilitar el relato político que rodeó a la iniciativa y abrir espacio a una lectura más severa sobre la gestión del Gobierno de Gustavo Petro en materia de seguridad y paz.

Pero el impacto no se agota en la imagen del gobierno saliente. Para los territorios que esperaban obras asociadas a la política, el hallazgo de baja ejecución también revela un riesgo más concreto: el de profundizar la desconfianza local en los compromisos estatales. Programas como Caminos Comunitarios tienen un valor estratégico porque buscan conectar zonas históricamente aisladas, facilitar movilidad, corregir rezagos y hacer visible la presencia institucional. Si la ejecución se estanca, el mensaje que reciben comunidades y autoridades locales es que las promesas de intervención pueden quedar atrapadas en trámites, fallas de planeación o debilidad contractual. Eso erosiona la disposición social a respaldar nuevas rondas de inversión pública en áreas vulnerables.

En el plano fiscal, el hallazgo de 344 observaciones y un posible detrimento por más de un billón de pesos introduce un frente de riesgo todavía más sensible: la disputa por la calidad del gasto. No toda observación de auditoría implica corrupción probada, pero sí exige aclarar si hubo problemas de diseño, sobrecostos, contratación deficiente o seguimiento insuficiente. En escenarios de presión presupuestal, cada peso mal ejecutado reduce la capacidad de financiar seguridad, infraestructura y programas sociales alternativos. El riesgo macro no es menor: si el control fiscal concluye que buena parte de la política se movió con baja trazabilidad, el efecto puede ser una mayor aversión del Estado a asumir apuestas territoriales de gran escala, incluso cuando sean necesarias.

También hay un posible efecto positivo, aunque incómodo para el Gobierno: el informe puede forzar una depuración de prioridades y estándares de ejecución. Cuando una política pública queda bajo revisión técnica severa, se activan incentivos para corregir metodologías, ajustar cronogramas y endurecer los mecanismos de seguimiento. En ese sentido, la auditoría puede servir como punto de inflexión para exigir metas verificables, hitos de cumplimiento y mayor transparencia en contratos, especialmente en programas que combinan alto presupuesto con baja capacidad de ejecución territorial. El control fiscal, bien utilizado, no solo sanciona; también ordena.

El problema es que esa corrección llega en un contexto político alterado. Con la salida de Petro y la postura del presidente Abelardo de la Espriella de cerrar cualquier negociación con estructuras criminales, la continuidad de la Paz Total queda sometida a una definición de fondo: qué se conserva, qué se revisa y qué se cancela. Si el nuevo rumbo opta por desmontar componentes clave sin una ruta de transición, el país podría enfrentar un vacío institucional en regiones donde la presencia estatal ya es frágil. Si, por el contrario, se intenta mantener los compromisos vigentes mientras se reconfigura la estrategia, la presión por demostrar resultados inmediatos será mucho mayor.

La incertidumbre más seria está en la etapa intermedia: recursos ya suscritos, contratos en curso y responsabilidades dispersas entre entidades. Ahí el riesgo no es solo financiero, sino jurídico y administrativo. Cada proyecto pendiente puede convertirse en una disputa sobre continuidad, liquidación o reasignación, con potenciales impactos en comunidades que ya esperan obras o servicios. En paralelo, una investigación fiscal extensa puede ralentizar decisiones legítimas por temor a nuevas observaciones. Ese efecto defensivo suele ser costoso: los funcionarios aprenden a no mover expedientes, pero el país tampoco avanza.

La discusión de fondo, entonces, no es si la política de Paz Total fue grande en tamaño presupuestario, sino si logró traducir esa magnitud en capacidad estatal medible. Si la respuesta es no, el episodio dejará una lección severa sobre la diferencia entre anunciar paz y construirla. Si la respuesta termina matizándose con hallazgos corregibles y parte de los recursos aún recuperables, aún habrá margen para reordenar la política pública. Lo que está en juego es que el control no se limite a exhibir fallas, sino que permita cerrar la brecha entre la promesa de inversión y la realidad de los territorios.

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