Crecimiento desigual: motores y grietas del semestre

La economía argentina vuelve a exhibir una de sus paradojas más persistentes: un semestre que cierra en terreno positivo según las mediciones privadas, pero sostenido por un puñado de sectores extractivos y primarios, mientras la industria manufacturera y las actividades vinculadas al Estado continúan rezagadas. Orlando J. Ferreres & Asociados y Equilibra anticiparon, con metodologías propias, un crecimiento interanual en junio y un acumulado favorable para la primera mitad de 2026. La coincidencia de signo no oculta, sin embargo, diferencias de magnitud ni la naturaleza dual del impulso. El dato oficial del EMAE todavía no se conoce, pero el diagnóstico preliminar ya alcanza para proyectar consecuencias que van mucho más allá del número de un trimestre.

Este patrón no surge de la nada. La estructura productiva argentina lleva décadas alternando ciclos de expansión primaria con contracciones industriales, en un vaivén alimentado por la volatilidad cambiaria, la dependencia de commodities y la dificultad de sostener inversión de largo plazo en manufacturas. La consolidación de Vaca Muerta como polo energético y las cosechas agrícolas de alto rendimiento han reforzado esa asimetría. Lo que hoy aparece como un semestre “en verde” es, en realidad, la continuación de un modelo de crecimiento de dos velocidades que condiciona el empleo, la recaudación fiscal y la cohesión territorial.

Las series de OJF muestran una suba interanual de 1,9% en junio y un magro 0,1% acumulado en el semestre, con un rebote mensual desestacionalizado de 0,4%. Equilibra, más cauto en la medición mensual, proyecta un estancamiento de 0,0% respecto de mayo y un avance interanual de 1,0%, aunque eleva el acumulado semestral a 1,6%. La divergencia no es un detalle técnico: revela que la recuperación descansa sobre sectores primarios que aportaron, según Equilibra, la totalidad del crecimiento mensual y 1,5 puntos del interanual. Minas y canteras lideraron con 9,8% interanual, impulsadas por récords de petróleo y gas en Vaca Muerta. Agricultura, ganadería, caza y silvicultura avanzó 7,4%, arrastrada por el maíz, mientras la ganadería sigue en rojo. Construcción e intermediación financiera exhiben mejoras parciales, pero la industria manufacturera arrastra una contracción de 2,2% en el semestre según OJF y caídas mensuales recientes en la lectura de Equilibra.

De la volatilidad crónica al desbalance estructural

Para comprender el alcance de estos números hace falta retroceder al menos una década. Después de la crisis de 2018-2020 y la posterior recuperación irregular, la economía argentina consolidó una dependencia creciente de los saldos exportables energéticos y agropecuarios. Vaca Muerta dejó de ser una promesa para convertirse en un ancla de divisas y de inversión extranjera directa en un contexto de escasez de dólares. Al mismo tiempo, la industria enfrentó costos energéticos elevados, restricciones de insumos importados y una demanda interna erosionada por la pérdida de poder adquisitivo. El resultado es un tejido productivo donde los eslabones de mayor valor agregado quedan rezagados cada vez que el tipo de cambio real o las condiciones financieras se tensionan.

El semestre de 2026 encaja en esa secuencia. La mejora agrícola de junio, explicada por la cosecha de maíz y un buen mes de pesca, contrasta con la caída de la actividad no primaria estimada por Equilibra en 0,6% interanual y 0,5% mensual. Tres bajas consecutivas en el segmento no primario dibujan un cuadro de debilidad que no se corrige solo con el aporte del campo. La administración pública y defensa, el único sector con caída interanual en el informe de OJF, refleja además el ajuste del gasto y la contención de la plantilla estatal, un proceso que reduce el consumo en localidades dependientes del empleo público y retrae la demanda de servicios asociados.

Esta configuración tiene antecedentes claros. En 2021 y 2022, cuando la soja y el maíz sostuvieron el crecimiento, la industria también mostró episodios de recuperación, pero se desaceleró apenas se endurecieron las restricciones de importación. Hoy el mecanismo se repite con matices: la energía no convencional aporta un colchón de exportaciones y de inversión en infraestructura de transporte, pero no genera el mismo volumen de empleo intensivo que la manufactura o la construcción masiva. El riesgo de un crecimiento sin derrame amplio se vuelve concreto cuando la industria de plásticos, maquinaria, equipo y textil aparecen entre los rubros más contractivos del mes.

Efectos en cascada sobre empleo, regiones y finanzas públicas

El impacto más inmediato se observa en el mercado laboral. Los sectores primarios y extractivos suelen crear menos puestos de trabajo por unidad de producto que la industria o la construcción. Un avance de 9,8% en minas y canteras puede mejorar el balance comercial y las cuentas de las provincias patagónicas, pero no compensa la contracción industrial de 2,2% acumulada en términos de ocupación. En el Gran Buenos Aires, Rosario o Córdoba, donde la densidad manufacturera es alta, la debilidad industrial se traduce en menor rotación de turnos, postergación de inversiones y presión sobre los salarios reales. Las consultoras coinciden en señalar a la industria como punto débil; esa coincidencia anticipa un deterioro relativo de la masa salarial en distritos urbanos, con efectos sobre el consumo de bienes durables y semidurables.

En el plano territorial, el contraste se agudiza. Neuquén y las áreas de influencia de Vaca Muerta capturan regalías, empleo calificado y derrames en servicios petroleros. Las provincias agrícolas del centro-norte consolidan ingresos por retenciones y actividad de acopio. Mientras tanto, regiones con tejido industrial diversificado pero sin ancla primaria enfrentan un semestre de estancamiento o retroceso. Esta geografía del crecimiento refuerza desigualdades históricas y complica la coordinación de políticas federales: lo que es superávit energético para una provincia puede ser déficit de demanda para otra. La construcción, que avanzó 3,5% interanual según OJF, ofrece un alivio parcial, pero su dinámica depende de la obra pública y del crédito hipotecario, ambos sensibles a la tasa de interés y al espacio fiscal.

Las finanzas públicas también absorben el desbalance. Un crecimiento liderado por sectores primarios eleva la recaudación de derechos de exportación y regalías, pero puede dejar rezagados los impuestos asociados al consumo interno y a la masa salarial industrial, como el IVA y las contribuciones patronales. Si la actividad no primaria sigue cayendo en términos desestacionalizados, el fisco podría enfrentar una composición de ingresos más volátil y expuesta a precios internacionales. Equilibra advierte que el nivel de actividad quedaría casi 2% por debajo del máximo de marzo de 2026; esa brecha, de consolidarse, reduce el margen para una recuperación autónoma del consumo y obliga a una mayor dependencia de los precios de commodities y de la demanda externa de energía.

El horizonte de una recuperación incompleta

Mirar más allá del semestre obliga a formular una pregunta incómoda: ¿puede este patrón sostener un crecimiento de 2% anual, como proyecta Equilibra si se confirma el anticipo de junio, sin generar nuevas vulnerabilidades? La respuesta depende de tres eslabones. El primero es la capacidad de convertir el superávit energético en inversión en infraestructura y en cadenas de valor aguas abajo: petroquímica, fertilizantes, industria metalmecánica asociada a la energía. Sin ese eslabonamiento, Vaca Muerta funciona como enclave. El segundo es la normalización de la industria manufacturera, hoy afectada por costos, demanda y, en algunos rubros, por competencia de importaciones. Un semestre con contracción industrial de 2,2% no se revierte solo con mejor clima de negocios; requiere previsibilidad de insumos y de financiamiento de capital de trabajo. El tercero es la reconstrucción de la demanda interna, todavía condicionada por la evolución de los ingresos reales y por la contención del gasto público.

Los antecedentes internacionales ofrecen advertencias útiles. Economías que apostaron de manera prolongada a commodities energéticos o agrícolas —casos de Australia en ciertos ciclos o de Canadá en provincias petroleras— lograron amortiguar la volatilidad cuando canalizaron rentas hacia diversificación y formación de capital humano. Cuando ese canal se debilita, el crecimiento se vuelve procíclico y socialmente desigual. Argentina enfrenta el mismo dilema con menor colchón de ahorro externo y con una historia de stop-and-go que castiga la inversión de maduración larga. Si el segundo trimestre cierra, como estima Equilibra, con una caída desestacionalizada cercana al 1% respecto del primero, el impulso de la cosecha de trigo del trimestre anterior queda atrás y la economía debe demostrar que puede crecer sin el viento de cola primario.

La lectura conjunta de ambos informes deja una lección de método. La coincidencia en el signo positivo del semestre no alcanza para declarar una recuperación sólida. Lo relevante es la composición: primarios que empujan, no primarios que se contraen, industria ambigua y administración pública en baja. Ese mapa sectorial anticipa tensiones distributivas, presión sobre el empleo urbano y una recaudación más expuesta a precios externos. El desafío de política no consiste solo en validar el 0,1% o el 1,6% acumulado, sino en impedir que el semestre positivo se convierta en un espejismo estadístico que oculte la fragilidad del núcleo industrial y de los ingresos de los hogares. Mientras el Indec no publique el EMAE, las consultoras privadas ya trazaron el contorno de un crecimiento real, pero incompleto, cuyas consecuencias se medirán en la capacidad de la economía para generar empleo de calidad y para equilibrar sus asimetrías regionales en los próximos trimestres.

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