El 6, el 10 y el 14 de julio de 2026 Cuba registró tres desconexiones totales del Sistema Electroenergético Nacional. Estos eventos, sumados a los dos ocurridos en marzo, elevan a cinco el número de apagones generales en lo que va del año y confirman que la isla atraviesa la fase más aguda de una crisis que comenzó a mediados de 2024. La causa estructural es clara: un parque termoeléctrico con más de cuatro décadas de operación promedio y sin mantenimiento mayor desde hace años. La causa coyuntural es el corte de suministros de crudo venezolano tras la detención de Nicolás Maduro y las amenazas de aranceles de Estados Unidos a cualquier país que envíe combustible a La Habana.
Las tres fechas que marcan el colapso
El 6 de julio, a las 12:17 hora local, el SEN se desconectó por completo. La Unión Eléctrica no ha publicado aún las causas técnicas definitivas. Veinticuatro horas después, la capacidad disponible seguía siendo insuficiente y el restablecimiento completo solo se logró el 8 de julio. El 10 de julio, a las 16:30, una falla en la línea de 220 kV entre Santa Clara y Sancti Spíritus dividió el sistema, provocó la salida de varias unidades térmicas y generó oscilaciones de frecuencia. El 14 de julio, a las 11:05, la salida de la unidad Felton 1 en Holguín desencadenó otra oscilación que dejó sin servicio a todo el país. En los tres casos el tiempo de recuperación superó las 24 horas y los cortes locales posteriores alcanzaron entre 66 % y 100 % de la demanda en horario pico.

Estos tres episodios no son eventos aislados. Desde marzo de 2026 ya se habían producido dos desconexiones totales en una sola semana. En total, Cuba acumula diez apagones nacionales en menos de 24 meses. La frecuencia ha pasado de ser un problema eventual a convertirse en un patrón predecible cada vez que la demanda supera los 2 800 MW disponibles.
El efecto sobre la vida cotidiana y la economía
En La Habana los cortes superan las 30 horas consecutivas; en el interior del país llegan a 72 horas. La falta de refrigeración destruye alimentos, el agua deja de bombearse y los hospitales operan con generadores diésel cuyo combustible también escasea. Pequeños negocios que dependen de neveras o de conexión a internet cierran temporalmente o reducen personal. El costo diario estimado en pérdidas de producción industrial y comercio informal supera los 12 millones de dólares, según cálculos internos del Ministerio de Economía y Planificación que circularon en mayo pasado.
Perspectivas oficiales y ciudadanas
El gobierno atribuye la situación a la obsolescencia heredada y al “bloqueo petrolero” estadounidense. El presidente Miguel Díaz-Canel ha señalado que “no hay combustible para energizar las plantas”. Desde la ciudadanía, sin embargo, el descontento se expresa en protestas pacíficas diarias, cacerolazos y bloqueos de calles en barrios de La Habana, Matanzas y Santiago. Los manifestantes exigen corriente, agua potable y alimentos básicos, no soluciones geopolíticas. Esta brecha entre el discurso oficial y la demanda inmediata revela que la crisis energética ha dejado de ser solo un problema técnico para convertirse en un factor de erosión de la legitimidad estatal.
El riesgo de una dependencia crónica
La isla carece de reservas estratégicas de combustible y de capacidad de generación distribuida suficiente. Cada nuevo fallo en una unidad grande, como Felton 1 o la termoeléctrica de Mariel, produce un efecto dominó porque el sistema no tiene margen de reserva. Sin inversiones de al menos 1 500 millones de dólares anuales durante cinco años, el parque actual seguirá deteriorándose a un ritmo superior al de las reparaciones parciales que se realizan. La opción de importar diésel a precios de mercado resulta inviable por la escasez de divisas y por las restricciones financieras derivadas de las sanciones.
Escenarios hacia 2027
Si el suministro venezolano no se restablece y no aparecen nuevos proveedores, la capacidad disponible podría caer por debajo de 2 200 MW en los meses de mayor demanda. Eso significaría apagones programados de hasta 20 horas diarias en la mayor parte del territorio. Un escenario intermedio contempla la llegada limitada de combustible desde otros países, pero con precios elevados que obligarían a reducir importaciones de alimentos y medicamentos. El escenario más optimista, que requeriría un acuerdo político con Estados Unidos, parece improbable en el corto plazo dada la retórica actual de la Casa Blanca.
La combinación de infraestructura obsoleta y aislamiento energético ha convertido cada tormenta eléctrica o cada avería programada en un riesgo sistémico. Mientras no se aborde simultáneamente la renovación del parque generador y la diversificación de proveedores, los tres apagones de julio de 2026 seguirán siendo el nuevo estándar de normalidad en Cuba.
