La cotización del dólar estadounidense que abrió el 2 de julio en 3.348,4 pesos colombianos, con una baja del 2,36% frente al cierre previo, no representa un hecho aislado. Forma parte de una tendencia que se consolidó durante 2025 y que, según las proyecciones de Bancolombia, podría mantener al peso en niveles relativamente fuertes durante 2026, con un promedio estimado de 3.878 pesos.
Antecedentes del fortalecimiento del peso
Durante 2025 el peso colombiano se apreció cerca del 14% frente al dólar. Este movimiento respondió principalmente a la debilidad global de la divisa estadounidense, reflejada en una caída del 9% del índice DXY. La volatilidad en la política comercial de Estados Unidos y la reducción de la tasa de la Reserva Federal al rango de 3,50%-3,75% generaron un entorno favorable para monedas emergentes como el peso. El Banco de la República mantuvo su tasa en 9,25%, creando un diferencial que incentivó estrategias de carry trade y atrajo flujos de capital de corto plazo.
El comportamiento observado en 2025 no surgió de manera espontánea. Ya desde 2024 se registraban señales de menor demanda global de dólares, impulsadas por la desaceleración en economías desarrolladas y por el aumento sostenido de las remesas hacia Colombia. Estos flujos, que superan los 10.000 millones de dólares anuales, actúan como un colchón permanente para la balanza de pagos y reducen la necesidad de vender dólares en el mercado local.

Mecanismos de transmisión a la economía real
Una tasa de cambio más baja encarece las importaciones y abarata las exportaciones no tradicionales. Sectores como el agroexportador y el turismo receptivo registran márgenes más estrechos cuando el dólar se mantiene por debajo de 3.500 pesos, mientras que las empresas con alta dependencia de insumos importados obtienen alivio en sus costos. Sin embargo, la apreciación también reduce los ingresos en pesos de las compañías exportadoras de commodities, lo que puede traducirse en menor inversión y empleo en regiones mineras y petroleras.
El carry trade, favorecido por el diferencial de tasas, ha canalizado capitales hacia títulos de deuda colombiana. Esta entrada de recursos mantiene bajos los rendimientos de los bonos locales y facilita el financiamiento del déficit fiscal. No obstante, cualquier reversión repentina de estos flujos, como ocurrió en episodios anteriores de estrés global, podría generar depreciaciones abruptas y presiones inflacionarias importadas.
Riesgos fiscales y políticos para 2026
El recorte en la calificación soberana de Colombia por parte de una agencia internacional introdujo un factor de incertidumbre adicional. Aunque el Gobierno ha adoptado medidas para contener la depreciación, el proceso electoral previsto para los próximos meses añade volatilidad. Históricamente, los periodos preelectorales en Colombia han coincidido con mayor demanda de dólares por parte de inversionistas que buscan cobertura frente a posibles cambios de política.
El mercado anticipa que el Banco de la República podría elevar su tasa si el salario mínimo registra incrementos significativos. Un alza adicional de tasas locales reforzaría el carry trade, pero también elevaría el costo del crédito interno y podría frenar el consumo y la inversión privada. La interacción entre estas variables define un escenario de alta sensibilidad a noticias fiscales y políticas.
Efectos de mediano y largo plazo
Si el promedio de 3.878 pesos proyectado por Bancolombia se materializa, Colombia mantendría una posición competitiva moderada en el comercio exterior. No obstante, una apreciación sostenida del peso podría erosionar la diversificación productiva al hacer menos rentables las exportaciones de bienes con valor agregado. Países que enfrentaron situaciones similares, como Chile entre 2009 y 2013, observaron una contracción en sectores manufactureros y un aumento de la dependencia de commodities.
En el ámbito social, un dólar más barato reduce el costo de los medicamentos y equipos importados, beneficiando al sistema de salud. Al mismo tiempo, las familias que dependen de remesas ven disminuido su poder adquisitivo en pesos, lo que afecta especialmente a hogares de menores ingresos en regiones receptoras de migración. Esta distribución desigual de beneficios y costos exige políticas compensatorias focalizadas.
La volatilidad actual del 14,19%, superior al promedio histórico, indica que el mercado cambiario sigue expuesto a choques externos. Una eventual normalización de la política monetaria estadounidense o un repunte del índice DXY podrían revertir parte de la apreciación observada. En ese contexto, la capacidad del Banco de la República para administrar reservas y comunicar señales claras resulta determinante para evitar sobresaltos que afecten la planeación de empresas y hogares.
El panorama para 2026 combina fundamentos favorables con riesgos institucionales. La fortaleza relativa del peso dependerá tanto de variables globales como de la credibilidad de las políticas fiscal y monetaria internas. Las decisiones que se tomen en los próximos trimestres definirán si Colombia logra consolidar un tipo de cambio estable y predecible o si enfrenta episodios de mayor inestabilidad que impacten el crecimiento y la distribución del ingreso.
