El dólar cerró el 4 de agosto en 3.193,73 pesos colombianos, con un avance diario de 1,92% frente a los 3.133,53 pesos de la jornada anterior, según datos citados de Dow Jones. El salto resulta llamativo porque convive con una trayectoria más favorable para el peso en plazos largos: durante la última semana la divisa estadounidense acumuló una caída de 0,22% y, en comparación anual, perdió 15,11% de su valor frente a la moneda colombiana. La cifra del cierre, por tanto, no describe por sí sola un cambio definitivo de tendencia, sino una sesión de fuerte corrección dentro de un mercado que continúa sometido a presiones contrapuestas.
La volatilidad ofrece una señal adicional. El indicador se ubicó en 27,56%, muy por encima del nivel de referencia de 13,5%. Esa diferencia significa que los movimientos recientes superan ampliamente el comportamiento considerado normal para el mercado, y obliga a leer el precio con cautela. Para importadores, empresas endeudadas en dólares, inversionistas y hogares que reciben remesas, la dirección de la tasa importa, pero también importa la velocidad con la que puede cambiar. Un peso que se aprecia durante meses puede perder parte de ese avance en pocos días si coinciden un deterioro fiscal, un giro de los bancos centrales o un episodio de aversión global al riesgo.
Un cierre diario que no borra la tendencia anual
La primera clave para interpretar el dato es separar el movimiento de una jornada de la estructura del mercado. El aumento del 4 de agosto puede responder a recomposiciones de portafolio, toma de ganancias después de la valorización del peso, mayor demanda de dólares por parte de empresas o renovadas dudas sobre la economía colombiana. Ninguna de esas hipótesis, por sí sola, demuestra que haya comenzado una depreciación prolongada.
La caída anual de 15,11% del dólar refleja que, pese a episodios de tensión, el peso colombiano ha encontrado respaldo. Ese respaldo ha estado asociado a la debilidad internacional de la moneda estadounidense, al flujo de remesas y a la búsqueda de rendimiento en activos denominados en pesos. Sin embargo, una moneda que se fortalece con rapidez también puede quedar expuesta a una reversión brusca: cuanto más dependan los inversionistas de diferenciales de tasas y de expectativas favorables, más sensible será el mercado a cualquier sorpresa.
El comportamiento de 2025 ayuda a entender esa dinámica. El peso se apreció 14% frente al dólar, en parte por la pérdida global de valor de la divisa estadounidense y por una caída de 9% en el índice DXY, que mide su desempeño frente a un grupo de monedas principales. La política comercial de Estados Unidos añadió incertidumbre a los mercados y redujo la visibilidad sobre el crecimiento global. En ese contexto, el dólar dejó de ser un activo claramente dominante y varias monedas emergentes recuperaron terreno.

El diferencial de tasas y el atractivo del carry trade
La política monetaria es uno de los mecanismos centrales detrás de la cotización. La Reserva Federal redujo su tasa al rango de 3,50%-3,75%, mientras el Banco de la República mantuvo la suya en 9,25%. La brecha ofrece un incentivo para que algunos inversionistas internacionales se financien en monedas con tasas relativamente bajas y coloquen recursos en instrumentos colombianos de mayor rendimiento. Esta estrategia, conocida como carry trade, puede fortalecer el peso mientras permanezcan estables las expectativas cambiarias y el riesgo percibido.
Pero el mismo mecanismo puede operar en sentido contrario. Si los mercados concluyen que Colombia enfrenta mayores riesgos fiscales o políticos, el rendimiento adicional puede dejar de compensar la posibilidad de una pérdida cambiaria. En ese escenario, los capitales salen, aumenta la demanda de dólares y el peso se debilita. La jornada del 4 de agosto ilustra precisamente por qué una tasa de interés elevada no garantiza una apreciación continua: el tipo de cambio incorpora no solo el retorno, sino también la confianza en la capacidad del país para sostener sus cuentas públicas y su estabilidad institucional.
La expectativa de posibles aumentos de la tasa local, vinculados entre otros factores al incremento del salario mínimo, refuerza el atractivo de los activos en pesos. No obstante, tasas más altas también encarecen el crédito para empresas y familias. Si el Banco de la República prioriza contener presiones inflacionarias, podría frenar el consumo y la inversión. Si, por el contrario, reduce prematuramente el costo del dinero, el peso podría perder parte del apoyo que recibe del diferencial frente a Estados Unidos. La autoridad monetaria enfrenta así un equilibrio delicado entre estabilidad de precios, crecimiento y defensa indirecta de la moneda.
Por qué la proyección de 3.878 pesos merece cautela
El Grupo Cibest de Bancolombia proyecta un promedio de 3.878 pesos por dólar para 2026. La previsión no debe confundirse con una cotización fija ni con el precio que necesariamente prevalecerá al cierre del año. Un promedio anual puede incorporar meses de dólar bajo y otros de fuerte recuperación. De hecho, el nivel registrado el 4 de agosto, de 3.193,73 pesos, se encuentra muy por debajo de esa referencia, lo que implica que el escenario del banco contempla una depreciación posterior del peso o una permanencia del dólar en niveles considerablemente más altos durante una parte relevante del periodo.
La distancia entre ambos valores revela la incertidumbre, no necesariamente un error de cálculo. Las proyecciones cambiarias dependen de variables que pueden moverse simultáneamente: decisiones de la Reserva Federal, precios del petróleo, crecimiento de Estados Unidos y China, flujos de inversión, déficit fiscal y resultado electoral. Una modificación de apenas unas décimas en las expectativas de tasas puede alterar la asignación de capital hacia mercados emergentes. Del mismo modo, una caída sostenida del petróleo reduciría los ingresos externos de Colombia y podría aumentar la presión sobre el peso.
El escenario favorable para la moneda colombiana se apoya en tres pilares: debilidad global del dólar, remesas sostenidas y tasas locales altas. Las remesas son especialmente relevantes para el ingreso de divisas de los hogares y para el consumo interno. Cuando las familias receptoras convierten esos recursos en pesos, elevan la oferta de dólares en el mercado. Sin embargo, ese flujo no reemplaza la inversión productiva ni resuelve los desequilibrios fiscales. Si su crecimiento se desacelera por un deterioro del empleo en los países de origen, el efecto de soporte puede reducirse.
El frente fiscal y el calendario electoral
El mayor riesgo doméstico señalado por el informe de Bancolombia está relacionado con las cuentas públicas y el proceso electoral. El recorte de la calificación soberana por parte de una agencia internacional incrementa el costo reputacional y financiero del país. Cuando una economía pierde calidad crediticia, algunos fondos con mandatos restrictivos reducen su exposición, mientras otros exigen una prima mayor para mantenerla. El resultado puede ser un aumento del rendimiento de los bonos colombianos y una demanda adicional de dólares.
La incertidumbre electoral puede intensificar ese efecto si las propuestas de los candidatos modifican las expectativas sobre gasto público, impuestos, reglas para la inversión o relación con los mercados. La experiencia regional muestra que los periodos electorales suelen elevar la volatilidad porque los inversionistas intentan anticipar políticas todavía no definidas. No obstante, atribuir cada movimiento del dólar a la política sería simplificar en exceso: los factores internacionales pueden dominar incluso durante una campaña y producir variaciones opuestas a las esperadas por el debate local.
Para el Gobierno, contener una depreciación excesiva no significa fijar un precio determinado. La intervención cambiaria tiene costos y límites, especialmente si contradice la política monetaria o consume recursos que podrían destinarse a otros objetivos. La defensa más duradera del peso depende de mejorar la credibilidad fiscal, preservar la autonomía del banco central y ofrecer señales claras sobre la trayectoria de la deuda. Sin esos elementos, una intervención puntual puede retrasar la presión, pero difícilmente eliminarla.
Quiénes ganan y quiénes pierden con la volatilidad
Una subida del dólar beneficia a exportadores que reciben ingresos en moneda estadounidense, pues al convertirlos obtienen más pesos. También puede favorecer a sectores con costos principalmente locales y ventas externas. Pero el efecto no es uniforme. Importadores de maquinaria, medicamentos, tecnología y bienes intermedios enfrentan mayores costos, que pueden trasladarse a los consumidores. Una empresa que deba pagar en dólares una obligación o renovar inventarios queda expuesta incluso si sus ventas se realizan en pesos.
El impacto social se percibe con especial rapidez en los hogares de menores ingresos cuando la depreciación encarece alimentos importados, combustibles, transporte o productos con componentes externos. Aunque Colombia produzca buena parte de sus bienes básicos, muchas cadenas dependen de fertilizantes, insumos industriales y equipos adquiridos en el extranjero. Por eso el tipo de cambio puede alimentar la inflación con cierto rezago. En sentido inverso, un peso demasiado fuerte abarata las importaciones, pero reduce los ingresos en pesos de exportadores y puede restar competitividad a productores nacionales.
El mercado laboral también recibe señales contradictorias. Las empresas exportadoras pueden ampliar márgenes y contratar más si la demanda externa es firme; las compañías importadoras, en cambio, podrían aplazar inversiones ante el encarecimiento de sus insumos. La respuesta dependerá de si el movimiento del dólar es temporal o persistente. Una oscilación de un día tiene efectos limitados sobre los precios finales, mientras una tendencia de varios meses obliga a renegociar contratos, ajustar presupuestos y revisar decisiones de inversión.
La moneda ante una etapa de mayor sensibilidad
El dato del 4 de agosto deja una advertencia precisa: la fortaleza reciente del peso no elimina la vulnerabilidad estructural de Colombia frente a los mercados internacionales. El país sigue dependiendo de la confianza de los inversionistas, de los ingresos externos y de una política fiscal capaz de sostenerse sin sobresaltos. El nivel anual favorable del dólar puede coexistir con jornadas de fuertes pérdidas para la moneda local, como demuestra el salto de 1,92% registrado en el cierre.
La trayectoria de 2026 estará determinada por la interacción entre tasas, remesas, comercio internacional, petróleo y política interna. Si se mantiene el apetito por activos colombianos, el peso podría conservar buena parte de su valorización. Si aumentan las dudas fiscales o electorales, la proyección de 3.878 pesos podría adquirir mayor relevancia. La volatilidad, más que una anomalía pasajera, funciona como el precio de esa incertidumbre: obliga a empresas, autoridades y hogares a planificar con escenarios amplios, en lugar de asumir que la cotización de una sola jornada define el futuro de la economía.
