Dólar en República Dominicana: impacto y riesgos

La apertura del dólar en 58,1 pesos dominicanos, con un alza diaria de 1,03%, sugiere que el mercado cambiario dominicano atraviesa una fase de ajuste más sensible de lo habitual. Aunque la moneda estadounidense todavía muestra una caída acumulada en la última semana y en la comparación interanual, la lectura más relevante no es la fotografía aislada del día, sino la combinación entre una volatilidad de 14,03% y un escenario macroeconómico que podría sostener presiones cambiarias durante los próximos trimestres. Para empresas, hogares y autoridades, el dato no solo anticipa movimientos de precio; también reabre el debate sobre cuánto margen existe para sostener una depreciación ordenada sin trasladarla con fuerza a inflación, costos de importación y expectativas financieras.

El punto de partida es favorable para la economía dominicana en términos relativos. UBS proyecta un crecimiento real del PIB cercano al 4% en 2026, apoyado en menores tasas de interés, mayor actividad interna y una recuperación del turismo. Ese cuadro, si se materializa, puede fortalecer los ingresos en divisas y mejorar la capacidad de absorber shocks externos. Además, el flujo combinado de remesas, exportaciones de servicios e inversión extranjera directa sigue funcionando como un amortiguador estructural frente al déficit comercial. En un país donde el turismo, el comercio, la energía y el sector inmobiliario dependen de la confianza externa, la persistencia de esos flujos aporta previsibilidad y puede sostener empleo, inversión y recaudación.

El problema es que ese respaldo no elimina la fragilidad de corto plazo. La propia proyección oficial de un tipo de cambio de 66,35 pesos por dólar en septiembre de 2026 y de 69,15 un año después confirma que la depreciación sería gradual, pero persistente. Esa trayectoria no es necesariamente desordenada, aunque sí tiene implicaciones concretas: encarece la factura de importaciones, presiona los márgenes de empresas que compran insumos en dólares y obliga a los agentes económicos a recalibrar contratos, inventarios y coberturas. En sectores con alta dependencia de bienes importados, incluso un movimiento moderado puede alterar precios finales con cierto retraso, sobre todo si la volatilidad se mantiene por encima de su referencia histórica.

La política monetaria será decisiva. Una reducción de tasas por parte del Banco Central dominicano podría estimular crédito y consumo, pero también reducir el atractivo relativo de los activos en moneda local si la Reserva Federal mantiene una postura más restrictiva o si el dólar global recupera fuerza hacia fin de año. Esa divergencia suele amplificar movimientos en economías abiertas y dolarizadas parcialmente, donde la demanda preventiva de divisas aparece antes de que el desajuste sea visible en las estadísticas. El riesgo no está solo en una depreciación más rápida, sino en la formación de expectativas autoprofetizadas: si empresas y familias anticipan un tipo de cambio más alto, adelantan compras de dólares y refuerzan la presión sobre el mercado.

La disciplina fiscal ayuda, pero no resuelve por sí sola el frente externo. El gobierno dominicano apunta a un déficit global de 3,2% del PIB y un superávit primario de 0,5% en 2026, una combinación que en principio preserva credibilidad y evita un deterioro brusco de las cuentas públicas. Sin embargo, el presupuesto suplementario de 2025 elevó el gasto de capital y amplió el déficit al 3,5% del PIB, una señal de que la política fiscal seguirá cumpliendo un papel activo para sostener la actividad. Esa estrategia puede resultar útil si acelera obras con impacto productivo, pero también eleva el costo de cualquier desaceleración en recaudación o en financiamiento externo. En un entorno de tasas internacionales sensibles y mayor aversión al riesgo, la deuda pública bruta en torno al 58% del PIB exige una administración cuidadosa, porque deja menos espacio para absorber shocks climáticos o financieros sin revisar prioridades.

La estabilidad proyectada de la cuenta corriente entre 2% y 2,5% del PIB, apoyada en exportaciones de servicios y remesas, es una buena noticia, pero también una advertencia sobre la dependencia de fuentes específicas de divisas. Si el turismo se enfría por una desaceleración global, si las remesas se moderan por cambios en el mercado laboral de Estados Unidos o si la inversión extranjera directa no alcanza el rango previsto de 3,5% a 4,0% del PIB, el equilibrio externo se vuelve más estrecho. En ese escenario, la depreciación podría acelerarse más por escasez relativa de dólares que por fortaleza estructural de la economía. Los riesgos climáticos agregan otra capa de vulnerabilidad: un evento adverso puede afectar cosechas, infraestructura, turismo y gasto público al mismo tiempo, una combinación que suele tensionar el mercado cambiario con rapidez.

La lectura más prudente es que República Dominicana entra en 2026 con fundamentos razonables, pero con un tipo de cambio que seguirá siendo un termómetro de confianza más que una simple variable financiera. Si el crecimiento se consolida, la inflación permanece contenida y el flujo de divisas no se interrumpe, la depreciación podría mantenerse dentro de un rango manejable. Si, en cambio, coinciden una mayor fortaleza global del dólar, menores entradas por turismo o una sorpresa fiscal o climática, el ajuste cambiario puede volverse más costoso para empresas y consumidores. En ese contexto, la prioridad no pasa por frenar toda depreciación, sino por evitar que la volatilidad se convierta en una señal de desorden macroeconómico.

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