Economía colombiana crece 3,5 %

El dato de crecimiento del segundo trimestre de 2026 confirma que la economía colombiana sigue avanzando, pero también deja ver una recuperación desigual, apoyada más en el impulso del Estado y de servicios intensivos en empleo que en una expansión sólida del aparato productivo. El 3,5 % anual informado por el DANE se explica, ante todo, por el mayor gasto público, el dinamismo de la educación y la salud, y el buen desempeño de actividades artísticas y recreativas. La lectura de fondo es clara: Colombia vuelve a crecer, aunque todavía lo hace sobre bases que combinan reactivación del consumo, gasto gubernamental y ciertos servicios, mientras sectores tradicionales continúan sin recuperar plenamente su tracción.

El mercado de oficinas en México se recupera, pero privilegia espacios listos para operar

La comparación con el trimestre inmediatamente anterior, con un alza de 1,3 %, ayuda a entender que no se trata de un rebote aislado, sino de una tendencia que, por ahora, conserva inercia. Sin embargo, la composición del crecimiento importa tanto como la cifra misma. Cuando la administración pública, defensa, educación y salud explican la mayor parte del avance, el mensaje es menos sobre una expansión robusta de la inversión privada y más sobre la capacidad del Estado para sostener actividad y empleo. En economías con bajo dinamismo industrial y agrícola, esa diferencia no es menor: un crecimiento apoyado en servicios públicos puede estabilizar ingresos y consumo, pero no siempre genera suficiente productividad para sostener una aceleración prolongada.

El comportamiento del sector de comercio, transporte, alojamiento y servicios de comida, con un alza de 2,2 %, refuerza esa idea de recuperación parcial. Son actividades muy sensibles al ingreso de los hogares, al turismo interno y a la confianza empresarial. Su avance sugiere que parte del consumo doméstico sigue recuperándose, aunque a un ritmo moderado. En ciudades como Bogotá, Medellín, Cali o Cartagena, ese tipo de expansión suele reflejarse en mayor movimiento en restaurantes, transporte urbano y ocupación hotelera. Pero incluso allí el efecto es heterogéneo: la mejora en servicios urbanos convive con una economía rural menos favorecida y con márgenes todavía ajustados para pequeñas empresas, que siguen expuestas a costos financieros y tributarios elevados.

La contracara está en el campo y en la economía de la información. La caída de 2,1 % en agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca es especialmente significativa porque afecta una porción de la población que depende de ingresos más vulnerables y menos protegidos por mecanismos de formalización. En un país donde el sector rural sigue siendo clave para el empleo y la seguridad alimentaria, un trimestre negativo no es un simple dato sectorial: puede traducirse en menores ingresos para productores, presión sobre los precios de ciertos alimentos y mayores tensiones en regiones que ya enfrentan infraestructura deficiente, problemas de transporte y choques climáticos. Un retroceso de este tipo suele amplificar la brecha entre la Colombia urbana que consume y la Colombia rural que produce.

También resulta reveladora la leve caída de la información y las comunicaciones. Aunque el descenso de 0,1 % parezca marginal, el sector tiene un peso estratégico porque suele anticipar cambios en productividad, digitalización e innovación empresarial. Cuando un área asociada al conocimiento pierde impulso, incluso de forma leve, la señal para el mediano plazo no es positiva. La economía digital requiere inversión constante, talento especializado y un entorno regulatorio que premie la competencia. Si ese frente no despega, el país corre el riesgo de depender durante más tiempo de sectores de baja sofisticación relativa, con límites evidentes para elevar el ingreso per cápita de forma sostenida.

El componente del gasto ofrece otra pista sobre la naturaleza de esta expansión. El consumo final subió 4,4 %, la formación bruta de capital aumentó 7,1 % y las importaciones crecieron 7,5 %, mientras las exportaciones cayeron 1 %. Esta combinación sugiere una economía que demanda más bienes y equipos del exterior de los que logra vender fuera de sus fronteras. En términos prácticos, el país está consumiendo e invirtiendo algo más, pero todavía sin consolidar una oferta exportadora capaz de compensar ese mayor apetito interno. Esa asimetría importa porque una expansión basada en importaciones puede alimentar actividad en el corto plazo, aunque también deja mayor exposición a la tasa de cambio, al costo del financiamiento externo y a la volatilidad internacional.

En el plano fiscal, el papel del gasto público vuelve a estar en el centro del debate. Su aporte al crecimiento puede ser necesario en fases de desaceleración o de demanda débil, pero abre preguntas sobre sostenibilidad si el impulso depende demasiado del presupuesto y no de ganancias de productividad. Colombia enfrenta desde hace años la dificultad de crecer sin expandir con la misma rapidez su base tributaria ni su capacidad exportadora. Si el sector público sostiene la expansión mientras la inversión privada avanza con más cautela, el resultado puede ser una recuperación razonable en las cifras, pero frágil en su arquitectura.

La señal política también es relevante. Un crecimiento de 3,5 % da oxígeno al Gobierno y mejora el relato de recuperación económica, pero no resuelve los dilemas estructurales que pesan sobre el país: informalidad laboral, productividad baja, dependencia de materias primas y desigualdad territorial. Para los hogares, el dato macro solo se traduce en bienestar real si se convierte en empleo estable, menores presiones sobre precios y más capacidad de compra. Para las empresas, el desafío es distinto: necesitan crédito, reglas previsibles y una demanda que no dependa únicamente del ciclo fiscal. Lo que está en juego no es solo el ritmo del PIB, sino la calidad del crecimiento.

La economía colombiana muestra así una recuperación que, aunque positiva, sigue apoyada en pilares que no garantizan por sí solos un salto de largo plazo. El semestre deja una enseñanza conocida pero vigente: crecer no basta si el crecimiento no se diversifica. Mientras la industria, el agro y la economía del conocimiento no ganen peso, el país seguirá avanzando con un motor parcialmente encendido, capaz de sostener la marcha, pero todavía insuficiente para cambiar la velocidad de fondo.

Artículos relacionados

Últimos artículos