El ataque al autobús del Necaxa en Ciudad Universitaria

El 21 de mayo de 2000, la rivalidad entre Pumas y Necaxa quedó marcada por uno de los episodios más graves de violencia registrados alrededor del futbol mexicano. Antes del partido de vuelta de los cuartos de final del Torneo Verano 2000, un grupo numeroso de aficionados universitarios rodeó el autobús del equipo visitante en las inmediaciones de Ciudad Universitaria, impidió su avance y causó daños al vehículo. El incidente ocurrió antes del inicio del encuentro y convirtió una jornada decisiva por lo deportivo en una escena de tensión, encierro y riesgo para jugadores y cuerpo técnico.

Una eliminatoria definida por la tensión

El contexto competitivo ya había elevado la presión. Pumas y Necaxa disputaban el pase a las semifinales, y el primer capítulo de la serie había terminado con una victoria universitaria por 4-3. El marcador reflejaba un enfrentamiento abierto y parejo, con siete goles, pero también dejaba a Pumas en una posición favorable para resolver la eliminatoria ante su público en el Estadio Olímpico Universitario.

La expectativa por el partido de vuelta se transformó en un ambiente de hostilidad desde antes de que los equipos llegaran al estadio. La afición local se concentró en los accesos de Ciudad Universitaria y, cuando el autobús del Necaxa se aproximaba a las instalaciones, la situación dejó de ser una manifestación de apoyo para convertirse en una agresión colectiva contra el plantel visitante.

El autobús quedó bloqueado durante casi una hora

De acuerdo con los recuerdos difundidos posteriormente sobre el episodio, el convoy del Necaxa contaba con la escolta de una patrulla pequeña, un Volkswagen conocido popularmente como “vochito”. Los aficionados cerraron el paso al vehículo de seguridad, lo detuvieron y rodearon el autobús en el que viajaban los futbolistas y los integrantes del cuerpo técnico de los Rayos.

La multitud comenzó a golpear la estructura del transporte y lanzó piedras contra sus ventanas. Varios cristales fueron rotos y el sistema de aire acondicionado quedó destruido. El daño no fue únicamente material: al quedar el autobús inmovilizado y sin ventilación, el interior se volvió sofocante bajo el calor del mediodía en la Ciudad de México.

Los ocupantes permanecieron atrapados durante cerca de una hora. La concentración de personas alrededor del vehículo impedía el acceso de la policía y reducía las posibilidades de que el plantel pudiera salir por sus propios medios. En esas condiciones, el equipo visitante enfrentó una situación de indefensión antes de cumplir con la obligación de presentarse a jugar.

El testimonio de Álex Aguinaga

Álex Aguinaga, uno de los principales referentes del Necaxa de aquella época, recordó años después el episodio con indignación y tristeza. El exfutbolista describió lo ocurrido como una falta de respeto y una agresión injustificable, y explicó que el calor dentro del autobús hizo que la espera resultara especialmente angustiante.

Según su relato, los jugadores no tenían una vía clara para abandonar el vehículo ni medios para protegerse de quienes lo rodeaban. La imposibilidad de moverse, la falta de aire y la incertidumbre sobre cuánto duraría el ataque produjeron una sensación de encierro extremo. Aguinaga llegó a comparar aquella experiencia con sentirse secuestrado dentro del propio transporte.

El testimonio también puso el foco en una dimensión que suele quedar relegada cuando la violencia se analiza únicamente a través de los daños visibles. El problema no consistió solo en los cristales rotos o en la avería del aire acondicionado, sino en haber expuesto deliberadamente a un grupo de personas a una situación de peligro antes de una competencia deportiva. La rivalidad, en ese momento, dejó de funcionar como parte del espectáculo y pasó a comprometer la integridad de los protagonistas.

El partido quedó relegado por los hechos

Pese al desgaste físico provocado por el calor y al impacto emocional de la agresión, el Necaxa tuvo que salir a la cancha para disputar el encuentro. La obligación de jugar después de permanecer retenido mostró las limitaciones de los protocolos de seguridad de aquella época y la dificultad para separar el desarrollo deportivo de las condiciones en que los equipos llegaban al estadio.

Pumas aprovechó el respaldo de su afición y marcó dos goles en el partido de vuelta. Con ese resultado, el conjunto universitario aseguró su clasificación a la siguiente ronda, luego de imponerse en una serie que había comenzado con una diferencia mínima y que terminó definida también por la actuación ofensiva del equipo local.

Sin embargo, el desenlace deportivo quedó en segundo plano. La jornada no pasó a la memoria por el marcador ni por las jugadas de la eliminatoria, sino por el ataque contra el autobús del Necaxa. El episodio evidenció cómo la falta de control en los accesos, una escolta insuficiente y la conducta violenta de un sector de aficionados podían convertir un partido de alta expectativa en un riesgo para jugadores, trabajadores y público.

Más de dos décadas después, el caso continúa siendo citado como una advertencia sobre los límites que no deben cruzarse en una rivalidad futbolística. La pasión puede explicar la intensidad de un encuentro, pero no justifica el bloqueo de un transporte, la destrucción de sus ventanas ni la exposición de un equipo entero a condiciones de peligro. En Ciudad Universitaria, aquel 21 de mayo de 2000, la violencia de un grupo terminó imponiéndose al sentido deportivo de la competencia.

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