El dólar oficial en Cuba sube a 24 pesos mientras la economía enfrenta una brecha de divisas

El dólar estadounidense cerró el 2 de septiembre en 24 pesos cubanos en el mercado oficial, un alza diaria de 0,14% frente a los 23,97 pesos de la sesión anterior. La variación parece menor si se mira de forma aislada: el avance semanal fue de 0,11% y la variación interanual también se ubicó en 0,14%. Sin embargo, el dato adquiere otra dimensión al insertarse en una economía donde las divisas determinan el acceso a bienes básicos, la capacidad de importación, la estabilidad de los precios y el margen operativo de empresas estatales y privadas.

La señal más relevante no es el salto puntual de tres centavos, sino la combinación entre una trayectoria ascendente del tipo de cambio oficial y una volatilidad de 4,84%, superior al 3,64% de referencia. Esa diferencia sugiere que el mercado cambiario formal está atravesando un período de mayor incertidumbre. En Cuba, donde persisten segmentaciones monetarias, restricciones de acceso a moneda extranjera y una importante circulación de divisas fuera de los canales estatales, incluso una oscilación modesta puede influir sobre expectativas de precios y decisiones de ahorro.

Una cotización oficial que no resuelve toda la demanda

El tipo de cambio de 24 pesos por dólar es, ante todo, una referencia oficial utilizada en determinadas operaciones, especialmente en el ámbito empresarial y fiscal. No equivale necesariamente al precio al que hogares, pequeños negocios o viajeros pueden adquirir divisas con regularidad. La existencia de distintos circuitos de compra y venta, junto con la dolarización de segmentos del comercio minorista, ha reducido la capacidad del tipo oficial para representar por sí solo el costo real de la moneda extranjera en la vida cotidiana.

Esta distinción es decisiva. Una familia que recibe remesas, un trabajador por cuenta propia que necesita reponer insumos importados y una empresa pública que depende de piezas o combustibles pueden enfrentar precios de acceso a divisas muy distintos. Cuando el canal formal no satisface la demanda, el mercado informal funciona como mecanismo de ajuste, aunque sin transparencia, con mayores riesgos legales y con cotizaciones que pueden trasladarse rápidamente a los precios de alimentos, transporte, reparaciones y servicios.

El primer punto de fondo es que la estabilidad de una tasa administrada no garantiza estabilidad económica si la oferta efectiva de moneda dura sigue siendo insuficiente. El problema central no radica exclusivamente en cuántos pesos vale un dólar en una pizarra oficial, sino en la distancia entre la demanda de importaciones y la disponibilidad de ingresos externos. Mientras esa distancia persista, el mercado paralelo conservará un papel relevante en la formación de expectativas, aunque no tenga reconocimiento institucional.

La escasez de divisas conecta el dólar con la inflación

Las autoridades proyectan para 2026 un incremento de 10% en los precios del mercado formal, menor que la inflación interanual de 14,07% registrada al cierre de 2025. Una desaceleración de cinco puntos porcentuales sería relevante, pero no implicaría una recuperación automática del poder adquisitivo. Cuando los precios suben a tasas de dos dígitos durante varios años, los salarios y pensiones necesitan aumentos sostenidos para evitar que los hogares pierdan capacidad de compra, especialmente aquellos sin remesas ni ingresos vinculados al turismo o a actividades en divisas.

La relación entre el dólar y la inflación cubana es más estructural que financiera. La isla importa combustibles, alimentos, medicamentos, maquinaria, materias primas y bienes intermedios. Si las divisas son escasas, se dificultan tanto las compras externas como la continuidad de procesos productivos nacionales que dependen de insumos importados. La menor oferta de mercancías presiona los precios en pesos; al mismo tiempo, la búsqueda de dólares como reserva de valor puede debilitar la demanda de moneda nacional. Ambos procesos se refuerzan mutuamente.

El antecedente de 2022 ilustra la vulnerabilidad de este mecanismo. El entonces ministro de Economía, Alejandro Gil Fernández, reconoció que los ingresos previstos por exportaciones no se alcanzaron y que el turismo quedó por debajo de las expectativas. La inflación llegó entonces a niveles cercanos al 40%, encareciendo la canasta de bienes y servicios. Aunque las condiciones de 2026 no son idénticas, la lección permanece: una proyección de inflación depende menos de una meta declarada que de la capacidad real de generar y administrar divisas.

El crecimiento de 1% parte de una base deteriorada

El Gobierno cubano prevé un crecimiento del producto interno bruto de 1% en 2026. La cifra coincide con la meta planteada para el año anterior, que no se alcanzó debido a una contracción del PIB. Entre 2020 y 2024, la economía se redujo 11%, y solo en 2024 el producto cayó 1,1%, el segundo retroceso consecutivo. En ese contexto, un crecimiento de 1% no representa una expansión suficiente para recuperar el terreno perdido ni para aliviar de manera inmediata las restricciones que enfrentan los hogares.

El cálculo oficial descansa en una mejora del turismo y de los servicios de exportación, particularmente los servicios médicos. Son dos fuentes de divisas con importancia histórica, pero también expuestas a factores que Cuba no controla plenamente. El turismo depende de la conectividad aérea, la percepción de seguridad, el funcionamiento de la infraestructura hotelera, el suministro eléctrico, la competencia regional y el ingreso disponible de los visitantes. Los servicios médicos, por su parte, dependen de acuerdos con otros gobiernos y de condiciones políticas y fiscales externas.

La segunda conclusión es que la previsión de crecimiento contiene una asimetría relevante: sus motores potenciales son generadores de divisas, pero no necesariamente transmisores rápidos de bienestar al mercado interno. Más ingresos turísticos o por servicios exportados pueden fortalecer las cuentas externas, pero el efecto sobre el abastecimiento dependerá de qué proporción se destine a importaciones esenciales, inversión productiva, deuda, combustible y gasto corriente. Sin cambios en esa transmisión, el PIB puede crecer sin que la escasez cotidiana se reduzca al mismo ritmo.

El déficit limita la respuesta estatal

El déficit fiscal previsto para 2026 asciende a 74.500 millones de pesos cubanos, equivalentes a unos 3.100 millones de dólares al tipo oficial empresarial. Se trata de una cifra similar a la presupuestada el año anterior. El déficit plantea una tensión difícil para el Estado: necesita sostener subsidios, servicios públicos, salarios, infraestructura y empresas estratégicas en un escenario de ingresos limitados, pero una financiación monetaria excesiva puede alimentar nuevas presiones inflacionarias.

Desde la perspectiva gubernamental, la prioridad consiste en preservar la estabilidad social sin renunciar a la reactivación. El ministro de Economía y Planificación, Joaquín Alonso, ha descrito el entorno como una “economía de guerra”, marcada por amenazas, riesgos y tensiones. Esa definición refleja la percepción de que los factores externos, las restricciones financieras y la situación internacional reducen el margen de maniobra. También es un reconocimiento de que la política económica opera bajo escasez, no bajo condiciones normales de inversión y comercio.

Para los hogares, en cambio, la discusión fiscal se traduce en preguntas directas: cuánto cuesta alimentarse, si habrá electricidad, qué medicamentos estarán disponibles y en qué moneda se venderán determinados productos. Para el sector privado emergente, el déficit y la escasez de divisas implican costos inciertos, dificultades de abastecimiento y problemas para fijar precios. Para las empresas estatales, la limitación puede expresarse en menor acceso a equipos, repuestos y materias primas. Cada actor evalúa la misma política monetaria desde una exposición distinta.

Dolarización: alivio comercial y factor de desigualdad

La expansión de ventas en moneda extranjera ha sido una respuesta práctica a la necesidad de captar divisas. Desde la óptica estatal, permite financiar importaciones y concentrar recursos escasos en circuitos considerados prioritarios. Para quienes poseen dólares, euros, remesas o ingresos vinculados al turismo, estas tiendas pueden ampliar la oferta de productos que no se encuentran con facilidad en pesos cubanos. Para quienes cobran exclusivamente en moneda nacional, la dolarización puede profundizar la sensación de exclusión económica.

La controversia no es únicamente distributiva. La dolarización parcial altera los incentivos de empresas y consumidores. Si los bienes más demandados se comercializan en divisas, el peso pierde parte de su función como instrumento para acceder a productos de calidad o de abastecimiento estable. Eso incentiva la tenencia de moneda extranjera y puede aumentar la presión sobre los canales informales. El resultado es un círculo en el que la escasez de dólares impulsa la dolarización, y la dolarización, a su vez, refuerza la preferencia por los dólares.

El tercer argumento es que la unificación monetaria de enero de 2021 resolvió formalmente la coexistencia del peso cubano convertible y el peso cubano, pero no eliminó la fragmentación funcional del sistema. El CUC dejó de circular como medio de pago, pero la economía sigue separada entre operaciones oficiales, pagos en pesos, comercios en divisas y mercados informales. La unificación legal no equivale a una unificación de precios, acceso ni expectativas. Esa diferencia explica por qué la cotización oficial sigue siendo necesaria, aunque insuficiente para describir la economía real.

La inversión extranjera enfrenta una prueba de credibilidad

Las autoridades han prometido un entorno más dinámico y transparente para la inversión extranjera, con mayores facilidades y garantías. La necesidad es evidente: sin capital externo, financiamiento y acceso a tecnología, será difícil ampliar la producción, modernizar infraestructuras y reducir la dependencia de importaciones. Sectores como energía renovable, alimentos, logística, turismo, industria farmacéutica y telecomunicaciones aparecen como áreas donde la inversión podría tener efectos multiplicadores.

Pero los inversionistas no evalúan únicamente las garantías anunciadas. También observan la disponibilidad de divisas para repatriar utilidades, la estabilidad regulatoria, los plazos de pago, el funcionamiento eléctrico, la capacidad de los proveedores locales y el tamaño efectivo del mercado. La diferencia entre una promesa de apertura y la ejecución administrativa será determinante. En un entorno de contracción acumulada, las inversiones que reduzcan cuellos de botella energéticos o sustituyan importaciones pueden tener más impacto que proyectos que dependan exclusivamente del consumo interno.

Existe además una tensión entre urgencia y credibilidad. Cuba necesita atraer capital en un período de fragilidad financiera, pero precisamente esa fragilidad eleva la percepción de riesgo para posibles socios. Una mayor transparencia en los mecanismos cambiarios, reglas claras para las empresas mixtas y una programación realista de pagos podrían ser tan importantes como los incentivos fiscales. La inversión no llega solo por una tasa de retorno estimada; llega cuando el inversor puede calcular con cierta previsibilidad cómo convertirá, cobrará y utilizará esos retornos.

Apagones, migración y productividad forman parte del mismo cuadro

Los apagones, la emigración sostenida y la falta de productos básicos suelen presentarse como problemas separados, pero están conectados con el desempeño cambiario. Los cortes eléctricos reducen la producción industrial, elevan costos para restaurantes, pequeños negocios y servicios, deterioran la experiencia turística y afectan la conservación de alimentos. La emigración disminuye la fuerza laboral disponible y puede vaciar de personal calificado sectores esenciales, aunque las remesas enviadas por quienes emigran también aporten una fuente de divisas a numerosas familias.

Esta dualidad vuelve compleja cualquier lectura de las remesas. A escala familiar, pueden proteger el consumo y financiar actividades privadas. A escala macroeconómica, elevan la demanda de bienes importados y de moneda extranjera si la oferta doméstica no crece al mismo ritmo. No son, por sí mismas, un sustituto de exportaciones productivas, inversión o aumento de la productividad. Su efecto depende de la arquitectura de mercado que permita convertir esos recursos en oferta local, empleo formal y capacidad empresarial.

La volatilidad cambiaria superior a la referencia debe leerse, por tanto, como un indicador de tensiones más amplias. No anuncia necesariamente un episodio inmediato de desorden monetario, pero sí revela que las expectativas están sensibles a variables reales: disponibilidad de electricidad, turismo, importaciones, ingresos por exportaciones, política fiscal y acceso a divisas. En economías con mercados poco profundos y oferta restringida, los cambios de percepción pueden trasladarse con rapidez a precios y decisiones de compra.

Qué puede modificar el escenario en los próximos meses

El escenario más favorable para 2026 requeriría que el turismo mejore de forma visible, que los servicios exportables mantengan sus ingresos, que la oferta energética reduzca los apagones y que la inflación se desacelere cerca de la meta oficial del 10%. Bajo esas condiciones, el crecimiento de 1% sería alcanzable y la presión sobre el tipo de cambio podría moderarse. Aun así, el resultado sería una estabilización incipiente, no una recuperación plena frente a la contracción acumulada desde 2020.

Un escenario intermedio sería compatible con una expansión modesta, pero con persistencia de mercados segmentados y precios elevados. En esa hipótesis, el dólar oficial podría conservar movimientos contenidos mientras la economía cotidiana continuaría guiándose por referencias alternativas para productos escasos e insumos importados. La brecha entre indicadores oficiales y experiencia de consumo seguiría siendo una fuente de incertidumbre para hogares y negocios.

El principal riesgo es que coincidan una menor entrada de divisas, nuevos problemas energéticos, dificultades de financiamiento externo y una aceleración de la demanda de dólares como refugio. Esa combinación afectaría las importaciones, encarecería los costos internos y pondría bajo presión la meta inflacionaria. La cotización de 24 pesos por dólar es un dato de cierre; el desafío decisivo para Cuba es recuperar capacidad productiva y divisas suficientes para que esa cifra vuelva a ser una referencia útil para la economía, y no solo una señal administrativa dentro de un sistema monetario todavía fragmentado.

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