El empleo mejora, pero no alcanza a todos

La foto general del mercado laboral en Córdoba ofrece una paradoja reconocible en muchas economías locales: bajan los hogares con todos sus miembros en paro, sube la ocupación y, aun así, una parte relevante de la población queda fuera del avance. UGT y CCOO leen los últimos datos con prudencia. Celebran que hoy haya 16.000 hogares en los que nadie trabaja, un 7% menos que hace un año, pero advierten de que la mejoría no se distribuye de manera homogénea. La recuperación, sostienen, se concentra en perfiles y sectores concretos mientras otros colectivos siguen atrapados en la precariedad, la estacionalidad o directamente en la exclusión.

Ese contraste ayuda a entender por qué los indicadores agregados pueden resultar engañosos. La Encuesta de Población Activa y el paro registrado apuntan a una evolución positiva, pero el calendario laboral de la provincia está muy condicionado por campañas agrícolas, temporadas turísticas y contratos de corta duración. Cuando el empleo depende tanto del ciclo, el dato global mejora con rapidez, aunque la calidad de ese empleo no siempre cambie al mismo ritmo. En la práctica, eso significa que puede haber más personas trabajando sin que aumente de forma equivalente la estabilidad, el salario o la capacidad de salir de la pobreza.

La mejora estadística y su reverso social

El mensaje sindical apunta a un punto sensible: reducir el número de hogares sin ningún ingreso laboral no equivale automáticamente a resolver la fragilidad económica. Aurelio Martín subraya que hay familias que, pese a tener empleo, no pueden abandonar la pobreza porque los sueldos no compensan el coste de la vida. La inflación acumulada, la subida del alquiler y la pérdida de poder adquisitivo han estrechado el margen de maniobra de quienes encadenan contratos temporales o jornadas parciales. El resultado es una recuperación que existe en la estadística, pero que en muchos hogares apenas se percibe como alivio duradero.

La estacionalidad agrava ese fenómeno. En provincias como Córdoba, el peso de la campaña agraria puede impulsar el empleo en determinados meses y desdibujar después esa mejora. No es una cuestión menor: cuando una economía local depende de picos de contratación, la inserción laboral se vuelve intermitente y las trayectorias profesionales se fragmentan. Quien entra y sale del mercado con frecuencia acumula menos experiencia, cotiza menos y queda más expuesto a la siguiente crisis. De ahí que los sindicatos insistan en mirar más allá del número bruto de ocupados y examinar qué tipo de empleo se está creando.

Edad, género y territorio como fronteras de acceso

La exclusión laboral no se reparte al azar. UGT menciona la persistencia de dificultades para los mayores de 45 años, un grupo que suele encontrar más barreras de reinserción cuando pierde el empleo. En muchos casos, la edad actúa como filtro informal: las empresas priorizan perfiles más jóvenes por costes, flexibilidad o adaptación tecnológica, y quienes se reincorporan después de una larga pausa afrontan procesos más largos y precarios. Esa penalización se intensifica cuando la formación previa no encaja con los nichos de empleo que crecen en la economía actual.

También sigue abierta la brecha entre hombres y mujeres. Aunque la creación de empleo sea positiva en términos agregados, la distribución por sexo conserva inercias conocidas: mayor presencia femenina en sectores peor pagados, más tiempo parcial involuntario y más interrupciones por cuidados. En un mercado así, la mejoría estadística puede esconder una desigualdad estructural que no se corrige sola. La brecha no es solo salarial; afecta a la carrera laboral completa, desde la entrada hasta la promoción y la estabilidad.

El componente territorial añade otra capa. Los sindicatos aluden a barrios desfavorecidos donde pesan la precariedad, el abandono escolar temprano y la ausencia de redes de contacto. El código postal, dicen, sigue influyendo en la probabilidad de encontrar trabajo. No es una metáfora: en entornos con menos formación, menor movilidad y escaso capital social, las oportunidades se reducen y la reproducción de la desventaja se vuelve casi automática. La economía local puede crear empleo, pero si ese empleo no llega a los mismos barrios, la desigualdad se cronifica.

Formación cara, movilidad baja

Uno de los puntos más sensibles del diagnóstico de CCOO es el coste de la Formación Profesional privada, que puede oscilar entre 3.000 y 9.000 euros al año. Esa cifra actúa como barrera de entrada para familias con bajos ingresos y explica por qué la formación, lejos de ser un ascensor social neutral, puede convertirse en un mecanismo de selección. Si los ciclos públicos son insuficientes y los privados crecen, la capacidad de acceder a empleos cualificados depende cada vez más de la renta familiar previa.

El problema no se limita a la educación. Tiene una traducción directa en el mercado laboral del futuro. Cuando un joven abandona pronto la escuela o no puede costear una cualificación útil, queda más expuesto a empleos de baja productividad y corta duración. A medio plazo, eso reduce la base fiscal, limita la recaudación por cotizaciones y dificulta la consolidación de un tejido productivo más avanzado. La exclusión formativa termina siendo también exclusión económica y, con frecuencia, exclusión territorial.

Las declaraciones sindicales remiten así a una cuestión de fondo: el mercado laboral andaluz y cordobés puede estar creando puestos, pero no está resolviendo la distancia entre quienes tienen acceso a trayectorias estables y quienes solo encadenan oportunidades parciales. Esa diferencia importa porque condiciona el consumo, la natalidad, la salud y la cohesión social. Un hogar que sale del paro no necesariamente sale de la vulnerabilidad; un barrio con más contratos no necesariamente mejora sus expectativas; una provincia con mejores cifras de empleo no necesariamente reduce su desigualdad interna.

El reto que dejan las cifras

El debate que abren UGT y CCOO va más allá de la coyuntura de verano. Si la mejora depende en exceso de campañas concretas y de sectores estacionales, la economía seguirá mostrando avances rápidos y correcciones frágiles. Si la formación continúa marcada por el precio y por la desigualdad territorial, la movilidad social seguirá bloqueada. Y si la brecha salarial y de género no se corrige con políticas activas y empleo de mayor calidad, la recuperación seguirá dejando fuera a quienes más la necesitan.

La lectura más útil de estos datos no es celebrar o negar la mejoría, sino entender su alcance real. Córdoba está creando empleo, pero todavía arrastra un problema de distribución: entre sectores, entre edades, entre géneros y entre barrios. Ahí se juega el verdadero balance de la recuperación. No en la cifra aislada de hogares con todos sus miembros en paro, sino en la capacidad de convertir una mejoría estadística en una oportunidad sostenida para quienes hoy siguen al margen.

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