El fenómeno de El Niño redujo el ritmo de expansión de la economía peruana en junio, cuando la actividad productiva creció un 1,75 % interanual, según los datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) y reportados por Reuters. El resultado quedó ligeramente por debajo del aumento del 1,8 % registrado en mayo y reflejó el impacto desigual del calentamiento de las aguas del océano Pacífico sobre sectores clave del país.
La desaceleración se concentró especialmente en las actividades vinculadas a los recursos naturales. La agricultura cayó un 8 % interanual, mientras que la pesca registró un desplome del 52 %. Las restricciones temporales aplicadas a determinadas faenas pesqueras, junto con las alteraciones en la temperatura y disponibilidad de especies marinas provocadas por El Niño, afectaron tanto la captura como las cadenas industriales y comerciales relacionadas.
Un impacto concentrado en sectores estratégicos
La magnitud de la caída pesquera resulta particularmente relevante para Perú, uno de los principales productores mundiales de harina y aceite de pescado. La menor actividad extractiva no solo reduce los ingresos directos de las empresas del sector, sino que también repercute en el procesamiento, el transporte, los servicios portuarios y las exportaciones. La interrupción temporal de operaciones puede limitar parte del daño ambiental o proteger la sostenibilidad de los recursos, pero en el corto plazo implica una menor contribución al producto interno bruto.
La agricultura también sufrió las consecuencias de las condiciones climáticas adversas. Una contracción del 8 % puede afectar el abastecimiento de determinados productos, los ingresos de los productores y el empleo rural, aunque el efecto final depende de la duración del episodio climático y de la capacidad de recuperación de cada región. En un país con importantes diferencias geográficas, el impacto no se distribuye de manera uniforme: las zonas costeras, andinas y amazónicas enfrentan riesgos distintos ante cambios en las lluvias, las temperaturas y la disponibilidad de agua.
El retroceso de los sectores primarios se trasladó parcialmente a la industria. La manufactura disminuyó más de un 6 %, en parte por la menor disponibilidad de insumos procedentes de la pesca y la agricultura, mientras que la minería se contrajo más de un 2 %. Aunque la actividad minera suele estar determinada por factores propios, como la producción de los yacimientos, los conflictos operativos, los precios internacionales y las condiciones logísticas, su caída contribuyó a contener el crecimiento general de junio.

El primer semestre mantiene un balance positivo
El dato mensual no impidió que la economía peruana acumulara un crecimiento del 3,05 % durante el primer semestre del año. Esta cifra muestra que la debilidad de junio, aunque visible en los indicadores sectoriales, no anuló la expansión registrada en los meses anteriores. También sugiere que el desempeño económico del país depende en buena medida de la evolución de actividades sensibles al clima y de la regularidad de la producción minera, pesquera y agropecuaria.
La diferencia entre el resultado semestral y el crecimiento de junio obliga a interpretar con cautela cualquier señal aislada. Un solo mes puede estar condicionado por vedas, restricciones temporales, cambios en los calendarios de producción o acontecimientos climáticos específicos. Sin embargo, cuando la contracción afecta simultáneamente a la agricultura, la pesca, la manufactura y la minería, el dato adquiere una importancia mayor porque revela una presión amplia sobre la oferta interna y sobre sectores con fuerte peso en las exportaciones.
La previsión oficial afronta mayores riesgos
El ministro de Economía elevó recientemente la previsión de crecimiento para 2026 al 3,5 %. La revisión al alza refleja la expectativa de que la economía pueda sostener una recuperación durante el conjunto del año, apoyada en la mejora de la demanda, la inversión o el desempeño de algunos sectores. No obstante, los datos de junio introducen un factor de incertidumbre adicional: la capacidad de alcanzar esa meta dependerá de cuánto tiempo persistan las alteraciones climáticas y de la velocidad con que se normalicen las actividades afectadas.
La proyección también estará condicionada por la respuesta de los productores y de las autoridades. En la agricultura, la disponibilidad de agua, la infraestructura de riego y las medidas de apoyo pueden determinar la recuperación de las cosechas. En la pesca, la vigilancia científica de las temperaturas y de la distribución de las especies será fundamental para establecer restricciones que equilibren la protección del recurso con la continuidad de la actividad económica. La eficacia de estas decisiones tendrá efectos tanto sobre el crecimiento como sobre los precios y el empleo.
Clima y estructura económica, dos desafíos conectados
El episodio vuelve a poner de relieve la vulnerabilidad de la economía peruana frente a fenómenos climáticos que afectan de manera simultánea la producción y las cadenas de suministro. El Niño no es únicamente un problema ambiental: sus efectos alcanzan los ingresos de los hogares, la recaudación pública, las exportaciones y la estabilidad de las empresas que dependen de una producción regular. Las pérdidas en sectores primarios pueden reducir la actividad industrial y limitar el consumo en las regiones más expuestas.
Para los próximos meses, la evolución de los indicadores mensuales permitirá determinar si junio fue una pausa puntual o el inicio de una desaceleración más prolongada. El crecimiento acumulado del 3,05 % ofrece un punto de partida favorable, pero la meta oficial del 3,5 % exigirá que la minería, la manufactura y los sectores afectados por El Niño recuperen dinamismo. El resultado dependerá, en última instancia, de la combinación entre condiciones climáticas, decisiones regulatorias y capacidad de la economía para compensar las pérdidas en las actividades más expuestas.
