El peso fuerte reduce el alcance de las remesas, aunque los envíos en dólares aún resisten

Las remesas que llegan a México mantienen una trayectoria de recuperación en dólares, pero pierden capacidad de compra cuando se convierten a pesos. Esa aparente contradicción resume el dato de julio: los hogares recibieron más divisas, pero el fortalecimiento de la moneda mexicana redujo el valor efectivo del dinero disponible para las familias.

De acuerdo con Banco de México, el ingreso por remesas alcanzó 5 mil 571 millones de dólares durante el séptimo mes de 2026, un incremento anual de 3 por ciento. El monto promedio fue de 426 dólares por operación. Sin embargo, al transformarse en moneda nacional representó alrededor de 7 mil 438 pesos, cifra inferior a los aproximadamente 8 mil pesos del mismo mes de 2025. La diferencia equivale a una caída de 7.5 por ciento en pesos, aunque el flujo medido en dólares avanzó.

El factor decisivo fue el tipo de cambio. Durante julio, el peso se apreció 1.29 por ciento frente al dólar y cerró el mes en 17.32 unidades por billete verde. En términos sencillos, cada dólar enviado por un trabajador mexicano en Estados Unidos compró menos pesos que un año atrás. Para quien recibe el dinero, la evolución del tipo de cambio puede ser tan importante como el número de dólares enviados.

El dato que cambia la lectura: más dólares no significan más bienestar

La lectura superficial del reporte podría concentrarse en el crecimiento de 3 por ciento de los ingresos mensuales. Pero esa medición deja fuera el principal punto de contacto entre las remesas y la economía familiar: los gastos se realizan en pesos. Renta, alimentos, transporte, servicios y medicamentos no se pagan en dólares, de modo que el indicador relevante para los hogares no es únicamente cuánto dinero sale de Estados Unidos, sino cuánto puede comprar al llegar a México.

Janneth Quiroz Zamora, directora de análisis económico de Grupo Financiero Monex, señaló que julio muestra con claridad la diferencia entre el comportamiento de las remesas en dólares y su valor en pesos. Aun si un migrante envía una cantidad ligeramente mayor de divisas, la familia puede recibir menos moneda nacional si el peso se fortalece con rapidez.

La consecuencia es desigual. Los hogares con ingresos complementarios, ahorros o acceso a crédito pueden absorber temporalmente la reducción. En cambio, las familias que dependen casi por completo de las remesas enfrentan un ajuste inmediato: compran menos alimentos, postergan reparaciones, reducen gastos médicos o utilizan una mayor proporción del envío para cubrir necesidades básicas. El impacto no se distribuye de manera uniforme porque la remesa suele representar una parte mucho mayor del presupuesto en comunidades rurales y municipios con escasas oportunidades laborales.

Hay además un efecto estadístico que puede inducir a error. El crecimiento nominal de las remesas en dólares puede coexistir con una contracción en términos reales. BBVA Research estimó que en julio los flujos se redujeron 6.5 por ciento en términos reales, al considerar la inflación y, especialmente, la depreciación del dólar. Es decir, la recuperación observada en la cifra bruta no necesariamente representa una mejora equivalente en el poder adquisitivo de las familias.

La resistencia no proviene de un boom, sino de menos operaciones y envíos mayores

El segundo elemento relevante está en el número de transacciones. En julio se registraron alrededor de 13 millones de operaciones, prácticamente el mismo nivel que un año antes. Entre enero y julio, sin embargo, las operaciones acumularon una disminución de 1.6 por ciento, mientras el monto promedio aumentó.

La combinación permite formular una conclusión distinta a la de un repunte generalizado: el flujo se sostiene porque quienes continúan enviando dinero conservan su capacidad de hacerlo y, en ciertos casos, mandan cantidades mayores. No hay evidencia, al menos en estos datos, de que una base más amplia de migrantes esté enviando remesas. El crecimiento depende más de la intensidad de los envíos que de la expansión del número de remitentes.

Este comportamiento puede obedecer a varias razones. Algunos trabajadores pueden estar priorizando a sus familias ante la incertidumbre migratoria en Estados Unidos; otros podrían adelantar transferencias por temor a cambios regulatorios, pérdida de empleo o mayores dificultades para permanecer en el país. También es posible que parte de los hogares receptores esté recibiendo apoyo extraordinario para compensar el encarecimiento de bienes y la menor conversión del dólar.

La diferencia es importante para bancos, empresas de transferencias y comercios especializados. Un aumento del monto promedio puede elevar los ingresos por operación, pero una reducción del número de transacciones afecta la escala del negocio y modifica las estrategias de captación. Las instituciones no pueden asumir que el mercado crecerá automáticamente por el simple aumento de los dólares enviados. Necesitan retener a una base de usuarios más pequeña, ofrecer menores costos y competir con canales digitales y transferencias directas.

El mercado laboral estadounidense sostiene el flujo, pero su margen de seguridad se estrecha

El principal soporte de las remesas sigue estando en el empleo de los trabajadores mexicanos y latinos en Estados Unidos. Entre julio de 2022 y julio de 2026, prácticamente todo el crecimiento de la población ocupada estadounidense se explicó por el aumento de los trabajadores latinos o hispanos: pasaron de 29.2 a 33.5 millones, un incremento de 4.3 millones de personas.

Mientras ese mercado laboral conserve dinamismo, México contará con una fuente relativamente resistente de ingresos externos. El acumulado de enero a julio llegó a 36 mil 349 millones de dólares, por encima de los 35 mil 250 millones del mismo periodo de 2025, lo que implica un crecimiento anual de 3.1 por ciento. Además, los flujos sumaron seis meses consecutivos al alza y entre febrero y julio crecieron 3.7 por ciento.

Pero la fortaleza del empleo latino no debe confundirse con inmunidad. Una desaceleración en Estados Unidos, la reducción de horas trabajadas, la pérdida de puestos en sectores como construcción, servicios, agricultura o cuidado de personas y un endurecimiento de las políticas migratorias podrían afectar simultáneamente el número de remitentes y el monto enviado.

El entorno político también introduce un incentivo contradictorio. Las restricciones migratorias pueden llevar a ciertos trabajadores a transferir más dinero para proteger a sus familias o prepararse ante una eventual deportación. A corto plazo, esa conducta puede sostener o incluso elevar el promedio por operación. A mediano plazo, sin embargo, una menor estabilidad laboral, la separación familiar o la salida forzada del mercado de trabajo estadounidense reducirían la fuente de esos recursos.

Por ello, el crecimiento de julio parece más una recuperación moderada y resistente después de la contracción de 2025 que el inicio de una nueva fase de expansión acelerada. El año anterior, México recibió 61 mil 791 millones de dólares por remesas, una caída anual de 4.6 por ciento y el primer retroceso en 11 años. La comparación con esa base débil favorece las tasas positivas actuales, pero no garantiza que el ritmo pueda mantenerse.

Quién gana y quién pierde con el peso apreciado

El peso fuerte tiene beneficios macroeconómicos que no deben ignorarse. Reduce el costo de bienes importados, modera parte de las presiones inflacionarias y mejora la posición financiera de empresas y consumidores que tienen obligaciones en dólares. Para el gobierno y para los importadores, una moneda apreciada puede contribuir a abaratar insumos, combustibles, maquinaria y ciertos alimentos.

Sin embargo, los hogares receptores de remesas se encuentran en el lado contrario de esa operación. Sus ingresos están denominados en dólares, pero sus necesidades se expresan en pesos. Una apreciación cambiaria funciona para ellos como una reducción de salario, aunque el trabajador en el extranjero haya enviado exactamente la misma cantidad de divisas.

También existen diferencias dentro del propio sector financiero. Los bancos y operadores de remesas pueden beneficiarse de un mercado estable y de mayores montos por transacción, pero los usuarios tienen razones para cuestionar el tipo de cambio aplicado y las comisiones. El valor final que recibe una familia depende no sólo de la cotización internacional, sino del margen de conversión, la tarifa fija y el canal utilizado. Cuando el peso se fortalece, cualquier comisión adicional representa una proporción mayor del dinero recibido.

La discusión plantea una obligación de transparencia. Las empresas deberían mostrar de forma clara cuánto paga el remitente, qué tipo de cambio se utiliza y cuánto llegará finalmente al beneficiario. Comparar sólo la comisión anunciada puede ser engañoso si el costo real está oculto en una conversión menos favorable. Para las familias de bajos ingresos, esa diferencia acumulada durante meses puede equivaler a una parte relevante de una despensa o de un recibo de servicios.

El riesgo de confundir recuperación nominal con mejora estructural

El acumulado de remesas apunta a que 2026 podría cerrar con crecimiento, después del tropiezo del año pasado. No obstante, el escenario regional muestra señales mixtas. BBVA Research reportó avances en Honduras, República Dominicana, Guatemala, México y Brasil durante julio, mientras Colombia y El Salvador acumularon retrocesos. En América Latina y el Caribe, el crecimiento fue fuerte al inicio del año, pero perdió velocidad entre junio y julio.

La desaceleración regional sugiere que el flujo enfrenta límites comunes: menor dinamismo económico en Estados Unidos, presión sobre los ingresos de los migrantes, cambios en las rutas de envío y un dólar más débil. México puede conservar una ventaja por el tamaño de su comunidad migrante y por la profundidad de los vínculos familiares, pero no está aislado de esos factores.

El primer riesgo para los hogares es presupuestario. Si el peso continúa apreciándose, una familia podría recibir menos moneda nacional incluso con envíos estables en dólares. El segundo es laboral: un deterioro del empleo latino en Estados Unidos afectaría al mismo tiempo el promedio enviado y el número de operaciones. El tercero es financiero: las familias que compensen la pérdida cambiaria mediante crédito podrían aumentar su endeudamiento y quedar expuestas a tasas elevadas.

Hay un cuarto riesgo menos visible: la dependencia territorial. Las remesas sostienen consumo, vivienda, educación y pequeños negocios en municipios donde la economía local no genera suficientes empleos. Cuando el flujo pierde poder adquisitivo, no sólo se afecta el hogar receptor; también disminuyen las ventas de comercios, la contratación de servicios y la inversión comunitaria. El tipo de cambio termina transmitiéndose desde los mercados financieros hasta la actividad económica local.

La variable decisiva será el poder de compra, no el récord en dólares

En los próximos meses, el análisis deberá observar simultáneamente cuatro indicadores: ingresos en dólares, número de operaciones, monto promedio y valor convertido a pesos después de inflación y comisiones. Cualquiera de ellos, tomado por separado, puede ofrecer una imagen incompleta.

Si las operaciones continúan cayendo y el monto promedio sigue aumentando, el mercado podría estar mostrando una concentración de los envíos en trabajadores con mayor estabilidad o en familias que reciben apoyos extraordinarios. Si, además, el peso permanece fuerte, el crecimiento nominal tendría un impacto cada vez menor sobre el consumo interno. En cambio, una recuperación del número de operaciones sería una señal más sólida de ampliación del flujo y de mejora de la base laboral migrante.

La trayectoria más probable es de crecimiento moderado en dólares, pero con resultados mucho más débiles para los hogares cuando se mide en pesos reales. Esa diferencia obliga a cambiar la pregunta central: no basta con saber cuánto dinero entra al país, sino cuánto bienestar puede financiar ese dinero. Para las familias receptoras, julio dejó una advertencia concreta: el récord de remesas puede coexistir con un bolsillo más estrecho.

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