Ciudad Obregón.- En solo dos días, las autoridades municipales y pescadores locales retiraron más de 300 ejemplares de pez diablo de la Laguna del Náinari. La cifra representa un esfuerzo concentrado dentro de una estrategia que busca reducir una población que ya constituye cerca del 40 % de la biomasa total del embalse. Los trabajos, iniciados el martes y programados para continuar toda la semana, forman parte de jornadas que se repiten entre dos y tres veces al año desde hace varios ejercicios.
Además de los peces diablo, las redes capturaron 179 tilapias, 35 bagres, tres lobinas, dos mojarras orejonas, un charal y una tortuga. Estos datos permiten a los técnicos realizar un censo simultáneo de las especies nativas y exóticas que comparten el mismo cuerpo de agua. El biólogo José Alfredo Bahena explicó que la extracción se realiza de manera recurrente porque se conoce la capacidad de reproducción acelerada de la especie invasora.
El punto de inflexión de 2019
La presencia del pez diablo en la laguna se detectó alrededor de 2019. Todo indica que su introducción se debió a liberaciones intencionales de ejemplares que probablemente fueron adquiridos como mascotas. Esa decisión individual, repetida en varios puntos del país, convirtió un problema localizado en un desequilibrio que hoy afecta la cadena trófica completa del embalse. La resistencia de la especie y su alta tasa de reproducción han impedido su erradicación total, a pesar de que en la jornada anterior se retiraron cerca de mil quinientos ejemplares.
Repercusiones directas sobre la pesca local
Los pescadores que dependen de la laguna observan una reducción progresiva en las capturas de especies de mayor valor comercial. La competencia por alimento y espacio ha desplazado a tilapias y bagres hacia zonas menos productivas. Aunque las jornadas de extracción generan un ingreso temporal por el pago de jornales, esa compensación no resuelve la pérdida estructural de productividad que enfrentan las familias dedicadas a la pesca artesanal. El monitoreo simultáneo de poblaciones permite ajustar cuotas, pero también revela que el esfuerzo de extracción apenas alcanza a estabilizar la proporción del 40 % que ya ocupa el pez diablo.

Una de las tensiones más visibles se produce entre el objetivo ecológico de reducir la especie invasora y la necesidad económica de mantener volúmenes de captura para el mercado local. Los pescadores aceptan participar en las jornadas porque reciben pago por su trabajo, pero varios de ellos señalan que la biomasa extraída podría destinarse a usos productivos, como harina de pescado, en lugar de desecharse sin aprovechamiento.
La educación ciudadana como medida insuficiente
El llamado a no liberar mascotas exóticas en cuerpos de agua ha sido reiterado por las autoridades desde hace años. Sin embargo, la falta de sanciones concretas y de programas de recepción responsable de animales exóticos mantiene abierta la puerta a nuevas introducciones. La experiencia de otros embalses del norte del país muestra que, cuando no existe un mecanismo de control en los puntos de venta de peces ornamentales, las liberaciones accidentales o intencionales se repiten cada cierto tiempo. Este vacío normativo explica por qué las extracciones, aunque necesarias, no logran revertir la tendencia de crecimiento de la población invasora.
Tres variables que definirán los próximos años
La primera variable es la frecuencia de las jornadas de extracción. Si se mantienen en dos o tres intervenciones anuales sin aumentar el esfuerzo de muestreo, la proporción del pez diablo probablemente se estabilizará por encima del 35 %. La segunda variable es la posible aparición de depredadores naturales o competidores que limiten su expansión; hasta ahora no se ha registrado ningún control biológico efectivo. La tercera variable es la presión social: si los pescadores perciben que sus ingresos siguen disminuyendo, podrían reducir su participación en las jornadas y complicar el monitoreo conjunto.
El riesgo más inmediato no radica en la desaparición total de especies nativas, sino en la pérdida gradual de diversidad que reduce la resiliencia del ecosistema frente a sequías o cambios de temperatura. Un embalse con menor diversidad es más vulnerable a brotes de enfermedades o a la proliferación de algas que afectan la calidad del agua. Las autoridades locales ya han advertido que el costo de restaurar el equilibrio después de una invasión consolidada resulta varias veces superior al de las extracciones preventivas que se realizan actualmente.
Las decisiones que se tomen en los próximos doce meses determinarán si la Laguna del Náinari sigue siendo un cuerpo de agua productivo o se convierte en un ecosistema dominado por una sola especie. La combinación de extracción mecánica, educación sostenida y eventual regulación del comercio de especies exóticas representa la única ruta que hasta ahora ha demostrado capacidad de contener el avance del pez diablo.
