La decisión de la central nuclear de Krško de reducir gradualmente la potencia de su reactor no responde a una avería ni a un incidente radiológico, sino a una combinación cada vez más frecuente en Europa: caudal insuficiente y temperaturas elevadas en el río que proporciona el agua necesaria para la refrigeración. La planta, situada en Eslovenia y explotada conjuntamente con Croacia, comenzará a operar inicialmente al 80 % durante la noche previa al jueves 6 de agosto de 2026. La medida ha sido presentada como temporal, controlada y preventiva, pero revela hasta qué punto una instalación nuclear puede quedar condicionada por la evolución del clima y de los recursos hídricos.
NEK, la sociedad que gestiona Krško, explicó que las condiciones hidrológicas y meteorológicas extremas y persistentes en el Sava obligan a contener la producción. El problema no consiste únicamente en que haya menos agua disponible. Cuando el río registra temperaturas más altas, disminuye el margen para devolver al cauce el calor absorbido durante el proceso de generación eléctrica. Si el agua de descarga elevara demasiado la temperatura del río o si el caudal no garantizara una adecuada disipación térmica, la central tendría que reducir aún más su producción para mantenerse dentro de los límites operativos y ambientales.

Una central decisiva desde la Yugoslavia industrial
Krško comenzó a funcionar en 1983, cuando Eslovenia y Croacia formaban parte de Yugoslavia. Su reactor de tecnología Westinghouse tiene una capacidad nominal de 1.882 megavatios y constituye uno de los pilares del sistema eléctrico esloveno. En condiciones normales, la planta genera casi el 60 % de la electricidad consumida en Eslovenia. La participación de la energía hidroeléctrica ronda otro 10 %, aunque las centrales de ese sector también están produciendo menos por la disminución de los niveles fluviales.
Esta estructura da a Krško una importancia que va más allá de la contabilidad de una sola instalación. La central suministra electricidad de base, es decir, una producción relativamente estable que no depende de que sople el viento o brille el sol. Cuando el reactor reduce su potencia, el sistema debe compensar la diferencia mediante importaciones, centrales térmicas, almacenamiento o una combinación de estas opciones. El Ministerio de Infraestructura y Energía aseguró el martes que existe electricidad suficiente y que el suministro está garantizado, una señal destinada a evitar temores de cortes y a tranquilizar a los consumidores y a la industria.
Sin embargo, que no exista una amenaza inmediata de interrupciones no significa que el episodio carezca de costes. Una menor producción nuclear puede obligar a comprar electricidad en mercados regionales precisamente durante una ola de calor, cuando aumenta el uso de aire acondicionado y la demanda de refrigeración. Si otros países vecinos afrontan al mismo tiempo restricciones en sus centrales hidroeléctricas o nucleares, el precio mayorista puede subir y reducirse la disponibilidad de energía para exportar. La seguridad física del suministro puede mantenerse, pero con una factura económica más elevada.
El precedente de 2003 anticipó el problema
La situación actual tiene un antecedente significativo. En 2003, Krško ya tuvo que reducir su potencia de forma drástica por una situación parecida en el Sava. Aquel episodio muestra que la vulnerabilidad no es completamente nueva, aunque su repetición adquiere otra dimensión cuando las olas de calor y los periodos de sequía se vuelven más prolongados. La previsión meteorológica disponible no anticipa cambios apreciables en el caudal ni en la temperatura del agua durante al menos catorce días, por lo que la reducción inicial al 80 % podría no ser el último ajuste.
La diferencia entre un episodio aislado y una tendencia persistente es crucial para la planificación energética. Una central puede absorber una interrupción breve mediante reservas y compras en el mercado. Pero si las restricciones se repiten durante varios veranos, los operadores deben reconsiderar la disponibilidad real de la capacidad instalada. Los 1.882 megavatios nominales de Krško no equivalen siempre a 1.882 megavatios utilizables: la capacidad efectiva depende también del río, de la temperatura ambiente, de las normas ambientales y de la posibilidad de contar con alternativas regionales.
El agua entra en el núcleo de la política energética
El caso esloveno confirma que la transición energética no puede evaluarse únicamente por el tipo de combustible que utiliza una central. La energía nuclear produce electricidad con bajas emisiones directas de carbono, pero sus instalaciones necesitan sistemas de refrigeración que las vinculan estrechamente con ríos, lagos o el mar. Cuando el cambio climático altera los ciclos de lluvia y eleva las temperaturas del agua, aparece una tensión entre tres objetivos: mantener la producción eléctrica, proteger los ecosistemas fluviales y garantizar la seguridad de la instalación.
El mismo patrón se observa en otros puntos de Europa central. En Rumanía y Hungría, varias centrales nucleares funcionan con menor rendimiento debido al bajo nivel del Danubio, afectado por la sequía y la ola de calor. La coincidencia geográfica no es casual: muchos sistemas eléctricos de la región se construyeron alrededor de grandes ríos que durante décadas parecían fuentes de refrigeración suficientemente estables. Hoy, esos supuestos históricos empiezan a ser revisados por los reguladores y los operadores.
La respuesta técnica no consiste necesariamente en cerrar las centrales, pero sí en ampliar el margen de seguridad. Algunas instalaciones pueden incorporar torres de refrigeración, depósitos suplementarios o sistemas que reduzcan la dependencia del caudal instantáneo. Esas obras, no obstante, exigen inversiones importantes, permisos ambientales y años de planificación. Además, una torre de refrigeración puede disminuir la presión sobre el río, pero no elimina el consumo de agua ni resuelve por sí sola los periodos extremos. La adaptación debe diseñarse para escenarios más severos que los registrados en el pasado.
Un desafío compartido entre Liubliana y Zagreb
La dimensión política de Krško también merece atención. Eslovenia alberga la planta, pero Croacia participa en su propiedad y recibe parte de la electricidad generada. Cualquier reducción de potencia afecta, por tanto, a dos mercados y exige coordinación entre gobiernos, operadores, reguladores y gestores de las redes de transmisión. Mientras Eslovenia depende especialmente de la central por el peso que tiene en su generación nacional, Croacia debe evaluar cómo sustituir temporalmente la energía que deja de recibir o cómo reorganizar sus intercambios regionales.
Esta interdependencia puede convertirse en una ventaja si facilita respuestas coordinadas. Las redes europeas permiten compensar parcialmente la pérdida de producción mediante importaciones y exportaciones, siempre que haya capacidad de interconexión y disponibilidad suficiente en los países vecinos. Pero también expone un límite: cuando una ola de calor afecta simultáneamente a Eslovenia, Croacia, Hungría y Rumanía, la solidaridad regional se vuelve más costosa y menos segura. La diversificación geográfica de los proveedores no sirve plenamente si todos afrontan el mismo fenómeno meteorológico.
Para los hogares, el efecto más visible podría llegar a través de los precios y de las medidas de ahorro, no necesariamente mediante apagones. Las autoridades pueden pedir una reducción voluntaria del consumo en las horas punta, incentivar el desplazamiento de ciertas actividades industriales o recurrir a reservas estratégicas. La industria electrointensiva, en cambio, puede sufrir un impacto más directo si se ve obligada a limitar operaciones o comprar electricidad a precios elevados. La continuidad del suministro anunciada por el ministerio evita una crisis inmediata, pero no elimina estas presiones económicas.
La planificación tendrá que mirar debajo del nivel del río
El episodio también plantea una cuestión de medición. Durante décadas, los estudios de seguridad energética se concentraron en la disponibilidad de combustible, la fiabilidad de los reactores y la estabilidad de las redes. En adelante deberán incorporar indicadores hidrológicos con el mismo nivel de detalle: caudales mínimos, temperaturas máximas del agua, duración de las sequías, competencia entre usos agrícolas y urbanos y capacidad de los ecosistemas para soportar descargas térmicas.
Para Krško, la decisión de reducir primero al 80 % permite observar el valor de una respuesta gradual. La central no espera a que se alcance un límite crítico para actuar, sino que disminuye la carga del reactor mientras evalúa la evolución del Sava. Esa cautela reduce riesgos operativos y ambientales, aunque traslada parte del problema al sistema eléctrico. La transparencia sobre los criterios de reducción será esencial para que consumidores, mercados y autoridades comprendan que una menor producción no equivale a una emergencia nuclear.
A medio plazo, Eslovenia tendrá que equilibrar varias opciones: acelerar nuevas fuentes renovables, reforzar las interconexiones, mejorar el almacenamiento y estudiar inversiones de adaptación en Krško. Más energía solar puede ayudar durante las horas de mayor radiación y demanda estival, pero su producción cae al anochecer y no reemplaza por sí sola la estabilidad de un reactor. La hidráulica enfrenta precisamente el estrés que ha provocado la reducción actual. El almacenamiento y la gestión flexible de la demanda serán, por ello, complementos indispensables, no soluciones accesorias.
La experiencia del Sava deja una conclusión incómoda para la política energética europea: una central nuclear puede ser técnicamente segura y, al mismo tiempo, no estar disponible a plena potencia por una alteración ambiental externa. El desafío no es elegir entre nuclear y renovables como si fueran opciones excluyentes, sino construir un sistema capaz de resistir sequías, calor extremo y fallos simultáneos. La reducción anunciada en Krško es temporal, pero la pregunta que plantea es de largo alcance: cuánta capacidad firme puede prometer una red cuando el agua que la sostiene deja de comportarse como antes.
