El yen vuelve al centro de Asia

La intervención conjunta de Estados Unidos y Japón para respaldar al yen marca un giro relevante en la gestión de los mercados cambiarios. La operación, realizada la semana pasada y considerada la primera de este tipo desde 1998, llegó después de que la moneda japonesa se depreciara hasta casi 164 yenes por dólar, su nivel más débil en cuatro décadas. El movimiento no responde únicamente a la preocupación por el poder adquisitivo japonés: Washington sostiene que una caída desordenada del yen podría provocar nuevas presiones sobre otras monedas asiáticas y reabrir desequilibrios financieros similares a los que precedieron a la crisis regional de finales de los años noventa.

El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, vinculó directamente la operación con aquel episodio histórico. A su juicio, parte de la crisis financiera asiática fue desencadenada por un yen “extremadamente débil”. Su advertencia contiene una lectura geopolítica y financiera: cuando la moneda de la tercera economía mundial pierde valor con rapidez, los países vecinos pueden verse obligados a responder para no perder competitividad exportadora. Esa reacción puede transformarse en una cadena de devaluaciones, salidas de capital y encarecimiento de la deuda denominada en dólares.

La memoria de una crisis que aún condiciona las decisiones

Durante la crisis asiática de 1997 y 1998, varias economías de la región enfrentaron ataques especulativos, fuga de capitales y fuertes depreciaciones cambiarias. Tailandia, Indonesia y Corea del Sur fueron algunos de los países más afectados, mientras empresas y bancos que habían tomado préstamos en dólares vieron crecer abruptamente el valor de sus obligaciones. La debilidad del yen no fue la única causa del colapso, pero contribuyó a modificar los incentivos comerciales y financieros en un momento de gran fragilidad.

La comparación con aquel periodo debe manejarse con cautela. Hoy muchos gobiernos asiáticos cuentan con mayores reservas internacionales, sistemas bancarios más regulados y una experiencia acumulada en la administración de crisis externas. Sin embargo, también existen nuevas vulnerabilidades. Las cadenas de suministro están más integradas, los flujos de capital son más rápidos y una porción importante del financiamiento empresarial continúa expuesta a las condiciones monetarias de Estados Unidos. Una variación cambiaria de gran magnitud puede transmitirse en días desde el mercado de divisas hacia los precios de materias primas, los bonos y las bolsas.

El episodio actual se explica, en buena medida, por la divergencia entre las políticas monetarias de Japón y Estados Unidos. Mientras las tasas estadounidenses se han mantenido en niveles que hacen atractivo invertir en activos denominados en dólares, Japón ha conservado durante años una política mucho más expansiva. Esa diferencia favorece operaciones de “carry trade”: los inversionistas se financian en yenes baratos y colocan el dinero en instrumentos con mayores rendimientos en otros países. Cuando el yen se deprecia, la estrategia parece rentable; cuando se espera una intervención o un cambio de política, la reversión puede ser brusca.

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Un alivio inmediato con efectos limitados

Al inicio de la sesión del miércoles, el yen se cotizaba 4% por encima de su mínimo del mes anterior. Esa recuperación muestra que una intervención coordinada puede alterar las expectativas, especialmente cuando el mercado percibe que las autoridades están dispuestas a utilizar reservas y cooperación diplomática para defender determinados niveles de volatilidad. No obstante, el aumento de la moneda no prueba que la tendencia de fondo haya cambiado.

Los investigadores de Goldman Sachs advirtieron que la operación podría ser un respiro temporal si no se producen modificaciones en la política monetaria interna. La razón es sencilla: una intervención puede comprar yenes y vender dólares, pero no elimina por sí sola la diferencia de rendimientos entre ambos países. Si esa brecha continúa incentivando el traslado de capital hacia Estados Unidos, los inversionistas pueden volver a vender yenes una vez que disminuya el impacto inicial de la operación.

La eficacia también depende de la credibilidad. En los mercados cambiarios, las autoridades no solo enfrentan órdenes de compra y venta, sino expectativas sobre futuras decisiones. Si los operadores interpretan la intervención como una acción aislada, pueden utilizar la recuperación para reconstruir posiciones contra la moneda japonesa. En cambio, si perciben que existe coordinación sostenida entre el Tesoro estadounidense, el Banco de Japón y el Gobierno japonés, el costo de apostar por una depreciación acelerada aumenta.

El riesgo de una carrera cambiaria regional

La preocupación de Washington se extiende más allá de Japón. Bessent mencionó la volatilidad del won surcoreano y la percepción de que el renminbi está subvalorado. En un escenario de yen persistentemente débil, los exportadores de Corea del Sur podrían perder competitividad frente a sus rivales japoneses en sectores como automóviles, electrónica y maquinaria. La presión política para permitir una depreciación del won crecería, aunque una moneda más débil también encarecería las importaciones de energía y alimentos.

China enfrenta un dilema diferente. Una depreciación del yuan podría aliviar a sus exportadores, pero elevaría el riesgo de salidas de capital y aumentaría la tensión comercial con Estados Unidos y Europa. Si Japón, Corea del Sur y China intentaran responder simultáneamente a la pérdida de valor del yen, el mercado podría interpretar sus decisiones como una guerra cambiaria, aun cuando cada gobierno las justificara por razones internas. La consecuencia sería una mayor incertidumbre para las empresas que fijan precios, contratos y presupuestos en varias monedas.

El peligro no consiste necesariamente en una repetición exacta de 1997. El mecanismo de contagio podría ser más selectivo: un fondo reduce su exposición a activos asiáticos, una empresa posterga inversiones por la volatilidad, los bancos endurecen el crédito a compañías con deuda externa y las monedas de economías emergentes reciben presión. En conjunto, esas decisiones pueden desacelerar el crecimiento regional sin que exista un colapso financiero generalizado.

Empresas y hogares ante una moneda más débil

Para Japón, la depreciación del yen tiene efectos contradictorios. Los grandes exportadores obtienen más ingresos al convertir sus ventas internacionales a moneda local, y sectores como el turismo reciben un impulso porque el país resulta más barato para los visitantes extranjeros. Pero las empresas importadoras pagan más por petróleo, gas, alimentos, componentes industriales y productos tecnológicos. Ese aumento puede trasladarse a los consumidores mediante precios más altos, reduciendo el ingreso disponible de los hogares.

El problema se vuelve especialmente sensible cuando los salarios no crecen al mismo ritmo que la inflación importada. Una moneda débil puede mejorar los resultados de las multinacionales y, al mismo tiempo, deteriorar la percepción económica de las familias. Esa diferencia explica por qué las autoridades japonesas no pueden evaluar el tipo de cambio únicamente desde la perspectiva de los exportadores. La estabilidad cambiaria también se relaciona con el consumo interno, la confianza empresarial y la capacidad del Banco de Japón para normalizar su política sin provocar una recesión.

En otros países asiáticos, el impacto dependerá de la estructura comercial. Las economías que compiten directamente con Japón pueden enfrentar presión sobre sus exportaciones, mientras aquellas que venden insumos a empresas japonesas podrían beneficiarse de una mayor actividad industrial. Sin embargo, la volatilidad dificulta la planificación: una compañía puede ganar competitividad durante un trimestre y perderla al siguiente si las autoridades intervienen o cambian las tasas de interés.

La coordinación internacional como nuevo examen

La participación estadounidense otorga a la intervención un significado mayor que el de una operación técnica. Sugiere que Washington considera el tipo de cambio japonés un asunto con implicaciones para la estabilidad regional y no solo una preocupación de Tokio. También establece un precedente: otros gobiernos podrían solicitar apoyo internacional cuando sus monedas sufran presiones severas, aunque no todos contarían con el mismo peso económico o estratégico para obtenerlo.

La cooperación, sin embargo, debe distinguir entre frenar movimientos desordenados y fijar artificialmente un nivel cambiario. Una intervención puede ser defendible cuando busca impedir una espiral especulativa, pero resulta más difícil de sostener si pretende ocultar desequilibrios estructurales, como una diferencia persistente de productividad, tasas de interés o demanda interna. El mercado terminará poniendo a prueba cualquier nivel que no sea compatible con esas variables.

El episodio también puede influir en las futuras discusiones sobre reservas internacionales y mecanismos regionales de protección. Los países asiáticos tienen incentivos para fortalecer acuerdos de liquidez, mejorar la comunicación entre bancos centrales y reducir su dependencia de financiamiento en dólares. Tales medidas no eliminarían la volatilidad, pero podrían limitar el daño cuando una depreciación cambiaria amenace con transformarse en una crisis de solvencia.

Entre la pausa y el cambio de régimen

La recuperación del yen ofrece tiempo, pero no resuelve el dilema central. Japón necesita equilibrar la lucha contra la inflación importada con la posibilidad de que tasas más altas frenen el consumo y la inversión. Estados Unidos, por su parte, debe valorar hasta dónde puede respaldar a Japón sin transmitir la señal de que está dispuesto a administrar de forma permanente el valor de las principales monedas. La respuesta de los mercados dependerá de esa combinación de política monetaria, comunicación y acciones concretas.

Si la intervención queda aislada, su efecto más probable será moderar temporalmente la especulación y reducir la volatilidad extrema. Si viene acompañada de ajustes monetarios creíbles y coordinación sostenida, podría marcar el inicio de una estabilización más duradera. La diferencia entre ambos escenarios no se decidirá en una sola jornada cambiaria, sino en la capacidad de las autoridades para modificar los incentivos que llevaron al yen hasta mínimos de cuatro décadas. En Asia, la moneda japonesa vuelve a ser una señal de alerta sobre la fragilidad de los equilibrios regionales.

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