Rosarito, Baja California.— Una llamada telefónica provocó la movilización de corporaciones policiacas hacia una zona rural de Rosarito y llevó a un trabajador a depositar 40 mil pesos, luego de que un comerciante creyera que dos de sus empleados habían sido secuestrados durante un servicio de reparación. Los dos hombres fueron localizados ilesos y sin indicios de privación de la libertad, por lo que las autoridades determinaron de manera preliminar que se trataba de una extorsión telefónica.
El caso ocurrió la mañana del martes, cuando un comerciante de 24 años informó a la Policía que había recibido llamadas de un hombre que afirmó pertenecer a un grupo delictivo. El sujeto le exigió dinero a cambio de liberar con vida a dos trabajadores que, según la versión transmitida durante la llamada, habían sido interceptados mientras realizaban una reparación de línea blanca en el Rancho El Ánimo, ubicado en la colonia Morelos.
La amenaza pareció creíble para el denunciante porque los empleados habían salido alrededor de las 11:00 horas a bordo de una camioneta Nissan pickup modelo 1997, con placas de California, y posteriormente se perdió el contacto con ellos. La combinación de la ausencia de comunicación, la referencia precisa del lugar de trabajo y la exigencia inmediata de dinero generó la percepción de que se trataba de un secuestro real.

La búsqueda terminó en un camino de terracería
Después de recibir el reporte, agentes desplegaron un operativo de búsqueda en los alrededores del Rancho El Ánimo. Aproximadamente a las 13:00 horas localizaron la camioneta sobre un camino de terracería que conduce a la propiedad. En el sitio encontraron a los dos trabajadores, de 18 y 47 años, quienes se encontraban ilesos.
La localización de ambos permitió descartar, en ese momento, la versión de que habían sido privados de la libertad. Sin embargo, el hallazgo también reveló que uno de ellos estaba siendo sometido directamente a amenazas por teléfono. El empleado más joven relató a los oficiales que había recibido llamadas del mismo número utilizado para contactar a su patrón.
De acuerdo con su declaración, el interlocutor aseguró pertenecer al Cártel Jalisco Nueva Generación y afirmó que tenía ubicada a toda su familia. Bajo esas amenazas, le ordenó permanecer en el lugar, no responder otras llamadas y realizar depósitos bancarios. La instrucción de mantenerse aislado habría impedido que el trabajador verificara con sus familiares o compañeros si el peligro era auténtico.
El miedo llevó a un segundo intento de transferencia
El trabajador explicó que, por temor a que atentaran contra su vida o la de sus familiares, efectuó un depósito de 40 mil pesos. Cuando fue localizado por la patrulla, buscaba la forma de realizar una segunda transferencia, lo que muestra cómo la presión del supuesto grupo delictivo logró prolongar el engaño aun después de que el comerciante había solicitado ayuda.
La secuencia descrita por las autoridades corresponde a una modalidad de extorsión en la que los responsables utilizan información básica sobre las actividades de una persona para construir una emergencia aparentemente verosímil. En este caso, el conocimiento del servicio de reparación, la ubicación rural y la falta temporal de comunicación entre el negocio y sus empleados fueron suficientes para reforzar la amenaza, sin que existiera evidencia de un secuestro.
La utilización del nombre de una organización criminal también funcionó como un elemento de intimidación, aunque la declaración disponible no acredita que los responsables tengan alguna relación con ese grupo. La mención de una estructura delictiva conocida puede buscar que la víctima actúe con rapidez y evite consultar a terceros, pero no constituye por sí misma una prueba sobre la identidad de quien realiza la llamada.
Policía orienta a las víctimas a denunciar
Tras verificar que los trabajadores estaban a salvo, los agentes les indicaron cortar toda comunicación con los responsables y presentar la denuncia correspondiente ante la autoridad investigadora. La determinación policial fue preliminar; hasta el momento del reporte no se informó sobre personas detenidas, la identidad de los extorsionadores ni la posibilidad de recuperar el dinero depositado.
El episodio evidencia el impacto operativo que puede generar una amenaza telefónica incluso cuando no existe una agresión física. La llamada provocó la paralización temporal de un negocio, activó un despliegue policial en una zona rural y produjo una pérdida económica antes de que se confirmara la situación. También mostró que las instrucciones de aislamiento son centrales en este tipo de engaños, porque reducen las posibilidades de contrastar la información y favorecen decisiones impulsivas.
Para los negocios con personal que realiza servicios fuera de sus instalaciones, el caso subraya la necesidad de mantener protocolos de comunicación y verificación. Confirmar la ubicación de los trabajadores por canales independientes, establecer contactos de emergencia y evitar transferencias mientras no se compruebe la existencia de un riesgo real pueden limitar el efecto de estas amenazas. Si la llamada ya ocurrió, la orientación entregada por la Policía es interrumpir el contacto, conservar los datos de las comunicaciones y acudir ante la autoridad investigadora, en lugar de continuar negociando con los responsables.
