Fracking y soberanía energética: la promesa bajo examen

La discusión sobre el fracking en México acaba de entrar en una fase distinta. Ya no se trata únicamente de una disputa entre quienes defienden la explotación de yacimientos no convencionales y quienes advierten sobre sus impactos ambientales. El gobierno federal ha colocado el debate dentro de una ecuación más amplia: reducir la dependencia del gas extranjero, recuperar capacidad de decisión sobre el sistema energético y definir si una parte de los recursos nacionales puede aprovecharse bajo condiciones estrictas. La meta expuesta en el portal soberaníaenergética.gob.mx es reducir la proporción de gas importado de 75% a 50.5% hacia 2030.

La cifra es políticamente significativa, pero todavía no equivale a una reserva disponible ni a una decisión de perforar. El mismo gobierno reconoce que México tendría un potencial estimado de 141.5 millones de millones de pies cúbicos de gas en yacimientos no convencionales, aunque aún debe confirmarse cuánto puede extraerse de manera técnica, económica, ambiental y socialmente viable. La diferencia entre potencial geológico y suministro comercial será el eje real de la controversia.

El dato decisivo no es cuánto gas existe

El primer punto que debe precisarse es la naturaleza de la estimación. Contar con gas atrapado en formaciones de baja permeabilidad no significa disponer automáticamente de producción. Para transformar un recurso geológico en oferta energética se necesitan estudios sísmicos, pozos exploratorios, infraestructura de recolección, plantas de procesamiento, ductos, agua disponible o alternativas técnicamente confiables, permisos y condiciones económicas que hagan rentable el proyecto.

El volumen de 141.5 millones de millones de pies cúbicos funciona, por ahora, como una señal de potencial y no como una garantía de abastecimiento. La pregunta que definirá el debate será qué proporción puede recuperarse, a qué costo y durante cuánto tiempo. También será necesario conocer la composición del gas, la presión de los yacimientos, la productividad de los pozos y la tasa de declinación de cada campo. En la industria de los hidrocarburos, un volumen amplio puede perder valor si la extracción exige perforar demasiados pozos o si el gas se encuentra lejos de los centros de consumo.

La meta de reducir las importaciones a 50.5% en 2030 tampoco depende exclusivamente del fracking. El gobierno ha vinculado ese objetivo con el aumento de la producción de gas convencional, la reducción de la quema de gas asociado al petróleo, el ahorro energético y la incorporación acelerada de fuentes renovables. Esto revela una conclusión relevante: incluso si se autorizaran proyectos no convencionales, sus resultados no resolverían por sí solos la vulnerabilidad gasífera del país.

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México consume grandes cantidades de gas natural para generar electricidad y abastecer a la industria, pero una parte dominante de ese suministro proviene del exterior, principalmente de Estados Unidos. Esa dependencia expone al país a interrupciones fronterizas, problemas en ductos, restricciones regulatorias estadounidenses y variaciones de precios en el mercado norteamericano. El episodio de frío extremo de febrero de 2021 mostró la dimensión del riesgo: las limitaciones de suministro y el aumento de precios provocaron cortes y costos extraordinarios para usuarios mexicanos.

Tampico-Misantla marca un límite político y ambiental

Las primeras conclusiones del comité de científicos introducen una distinción territorial que puede modificar el curso de la política energética. En la cuenca Tampico-Misantla se recomienda prohibir la extracción de gas no convencional debido a factores sociales, ambientales, de biodiversidad y densidad poblacional. En cambio, para las provincias Burgos y Sabinas-Burro-Picachos, localizadas en áreas de Coahuila, Nuevo León y el noreste de Tamaulipas, se propone continuar con los estudios de viabilidad.

La diferencia importa porque impide presentar el territorio nacional como una superficie homogénea disponible para la explotación. Las condiciones geológicas pueden variar de una cuenca a otra, pero también lo hacen la disponibilidad de agua, la concentración de habitantes, la presencia de actividades agropecuarias, la sensibilidad de los ecosistemas y la aceptación social. Una política que ignore esas diferencias podría convertir un proyecto de seguridad energética en un conflicto territorial de largo plazo.

El gobierno ha insistido en que estudiar una zona no significa autorizar su explotación ni ocupar la superficie completa de un estado. Esa precisión es necesaria, pero no suficiente. La experiencia internacional muestra que la fase exploratoria ya puede generar tensiones por el acceso a la tierra, el tránsito de maquinaria, la percepción de riesgo y la incertidumbre sobre los derechos de las comunidades. La consulta previa, libre e informada no puede limitarse a una formalidad posterior a las decisiones técnicas; debe influir desde la selección de los sitios de estudio.

La condición del agua puede decidir el proyecto

El núcleo ambiental de la propuesta está en el agua. El comité plantea no utilizar agua superficial ni subterránea destinada al consumo y emplear únicamente agua salada de formaciones profundas o agua residual. También recomienda reutilizar y reciclar al menos 75% del líquido empleado, operar con circuitos cerrados, transparentar los aditivos y excluir químicos tóxicos. Estas condiciones buscan responder a uno de los principales cuestionamientos al fracking: la posibilidad de afectar acuíferos, generar residuos difíciles de manejar y aumentar la presión sobre regiones con disponibilidad hídrica limitada.

Sin embargo, establecer una regla en el papel no demuestra que pueda cumplirse a escala industrial. Antes de cualquier decisión, deben perforarse pozos para verificar que el agua salada profunda exista y permanezca separada de los acuíferos someros. Esa separación debe comprobarse con información hidrogeológica, no suponerse a partir de modelos generales. También habría que determinar la composición química del agua de retorno, la capacidad de tratamiento, el destino de los lodos y la seguridad de los sistemas de almacenamiento.

El reciclaje de 75% representa un estándar exigente. Puede reducir la demanda de agua fresca, pero no elimina la necesidad de transportar, tratar y disponer el volumen restante. Además, el agua recuperada no necesariamente conserva las mismas características: puede contener sales, metales, hidrocarburos y sustancias utilizadas durante la estimulación del pozo. La gestión deficiente de esos residuos podría desplazar el problema desde el consumo de agua hacia la contaminación del suelo, los cuerpos receptores o las instalaciones de tratamiento.

La promesa de menor dependencia tiene una condición oculta

La primera conclusión analítica es que el fracking puede contribuir a la soberanía energética únicamente como una pieza de una estrategia de oferta y demanda. Si la electricidad, la industria y el transporte de gas continúan creciendo al mismo ritmo, una nueva producción nacional podría ser absorbida rápidamente por el consumo interno sin modificar sustancialmente la proporción importada. La reducción de 75% a 50.5% exige, por tanto, aumentar la extracción, pero también moderar el crecimiento de la demanda mediante eficiencia, electrificación y fuentes renovables.

La segunda conclusión es que la velocidad política de la meta puede ser incompatible con la lentitud necesaria de la evidencia. Confirmar reservas, caracterizar acuíferos, realizar consultas comunitarias y probar tecnologías de manejo requiere varios años. Un calendario que priorice alcanzar un porcentaje en 2030 podría presionar para acelerar exploraciones antes de contar con información suficiente. En ese escenario, la promesa de seguridad energética terminaría debilitando la confianza pública y elevando el costo regulatorio de cualquier proyecto posterior.

La tercera conclusión es distributiva: los beneficios y los riesgos no recaerían sobre los mismos actores. La reducción de importaciones beneficiaría a la hacienda pública, a la Comisión Federal de Electricidad y a las industrias intensivas en energía si se traduce en mayor estabilidad y precios previsibles. En cambio, las comunidades cercanas a los pozos enfrentarían el tránsito, el ruido, la transformación del territorio, el riesgo operativo y la incertidumbre sobre el agua. Por eso, el empleo local y la proveeduría regional no deben presentarse como compensaciones simbólicas, sino como mecanismos verificables de reparto de beneficios.

Industria, comunidades y científicos ante una decisión incompleta

Para la industria energética, el atractivo principal es evidente: contar con recursos nacionales podría reducir la exposición a proveedores externos y crear una cadena de servicios para perforación, transporte, tratamiento de agua y mantenimiento. Las empresas también pueden argumentar que las tecnologías actuales permiten mejorar la integridad de los pozos, controlar presiones y monitorear operaciones. Pero su interés económico introduce una tensión inevitable: quien invierte en exploración tiene incentivos para interpretar favorablemente la viabilidad comercial, mientras que la autoridad debe evaluar el interés público de largo plazo.

Las comunidades campesinas y organizaciones ambientales observan el proceso desde otra perspectiva. Sus objeciones no se limitan a la cantidad de agua utilizada. También cuestionan la posibilidad de fugas de metano, la contaminación asociada con el manejo de aguas residuales, la actividad sísmica inducida y la afectación de tierras productivas. Incluso cuando un proyecto cumple con normas técnicas, la aceptación social puede fracasar si los habitantes consideran que los estudios fueron opacos o que los beneficios se concentran fuera de la región.

El comité científico ocupa una posición crucial, aunque su credibilidad dependerá de la transparencia. Hasta ahora no se ha difundido un documento completo con sus conclusiones, lo que deja espacio para interpretaciones políticas y desconfianza. Publicar metodologías, bases de datos, mapas, criterios de exclusión y desacuerdos internos permitiría evaluar si las recomendaciones son reproducibles. Un comité que solo comunica conclusiones generales corre el riesgo de ser percibido como una instancia de validación y no como un mecanismo independiente de evaluación.

También existe una disputa sobre el papel del gas en la transición energética. Para algunos analistas, aumentar la producción nacional de gas puede servir como respaldo temporal mientras se expanden las energías solar y eólica. Para otros, invertir en infraestructura gasífera prolongaría la dependencia de los combustibles fósiles y desviaría capital de redes eléctricas, almacenamiento y generación limpia. La respuesta depende de la duración de los proyectos: un ducto o una planta diseñada para décadas puede convertirse en un activo subutilizado si la electrificación avanza con rapidez.

Un mapa de riesgos más amplio que el subsuelo

El riesgo financiero es uno de los menos discutidos. Los yacimientos no convencionales requieren perforación continua porque la producción de los pozos puede declinar con rapidez. Si el precio del gas baja o la demanda nacional cambia, los proyectos podrían dejar de ser rentables antes de recuperar la inversión. El Estado tendría que evitar que la búsqueda de soberanía energética se convierta en una obligación de subsidiar activos privados o infraestructura sobredimensionada.

El riesgo climático también es relevante. El gas emite menos dióxido de carbono que el carbón cuando se quema, pero las fugas de metano pueden reducir o incluso eliminar esa ventaja durante el ciclo de producción y transporte. Un programa de explotación necesitaría mediciones independientes y continuas, con información pública sobre emisiones, venteos y quema. La reducción de la quema de gas asociado al petróleo debe ser prioritaria porque ofrece una oportunidad de aumentar la oferta aprovechable sin abrir de inmediato nuevos frentes territoriales.

Hay además un riesgo institucional. La vigilancia de acuíferos, ecosistemas y actividad sísmica exige agencias con presupuesto, personal especializado y capacidad para sancionar. Si la supervisión depende de información proporcionada por los propios operadores, el sistema será vulnerable a conflictos de interés. El monitoreo independiente planteado por el comité solo tendrá valor si sus resultados pueden detener operaciones, imponer reparaciones y activar responsabilidades administrativas o penales.

De aquí a 2030, la prueba será la secuencia

El escenario más probable es una etapa de estudios focalizados en Burgos y Sabinas-Burro-Picachos, mientras Tampico-Misantla permanece como zona de exclusión. El gobierno intentará demostrar que la discusión se basa en evidencia y que no existe una autorización general. La presión aumentará conforme se acerque 2030 y se haga visible la distancia entre la meta de importaciones y la producción efectiva de gas convencional y renovable.

Un camino prudente requeriría publicar el dictamen completo del comité, establecer criterios nacionales de exclusión, realizar líneas base de agua y biodiversidad antes de perforar, y someter cada proyecto a consulta comunitaria vinculante. También debería exigirse un sistema de medición de metano, trazabilidad de químicos, garantías financieras para el cierre de pozos y planes de reparación por contaminación o sismicidad. Sin esas condiciones, la promesa de tecnología segura dependería más de declaraciones que de controles comprobables.

La decisión final no se medirá solo por el número de pozos perforados o por la reducción estadística de las importaciones. Se evaluará por la capacidad de México para disminuir su vulnerabilidad sin trasladar costos irreversibles a las regiones productoras, por la calidad de la información pública y por la coherencia entre la política gasífera y los objetivos de transición energética. El fracking puede ser considerado en algunas zonas, pero su legitimidad dependerá de demostrar que el interés nacional incluye tanto la seguridad del suministro como la protección efectiva del agua, las comunidades y los ecosistemas.

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