CIUDAD DE MÉXICO, 3 de agosto de 2026.— Los hogares mexicanos enfrentan menos un problema de falta de riqueza que una elevada concentración patrimonial en bienes raíces, concluye una nueva investigación publicada por Aureo. El estudio sostiene que esta estructura limita la liquidez de las familias, encarece el acceso de las nuevas generaciones a la vivienda y deja a una parte importante de la población fuera de instrumentos financieros formales.
El informe, titulado Riqueza en México 2026: por qué dominan los bienes raíces, constituye la segunda entrega de The Aureo Quarterly, una serie de investigación elaborada por Santiago Varela Belmont y Tristan Borges Solari. El documento fue construido con información del INEGI, el Banco de México, el Censo 2020, la Sociedad Hipotecaria Federal, la CONAVI y los estados financieros del Infonavit, entre otras fuentes primarias.
Una brecha marcada entre ladrillos y activos financieros
De acuerdo con el análisis, por cada peso que los hogares mexicanos poseen en activos financieros existen aproximadamente tres pesos en bienes raíces cuando se observa el conjunto de la economía. La diferencia aumenta al considerar las respuestas directas de las familias en la Encuesta Nacional sobre las Finanzas de los Hogares: en ese caso, la proporción reportada llega a 12 pesos invertidos en propiedades por cada peso en activos financieros.
La divergencia entre ambas mediciones no implica necesariamente una contradicción. Las cuentas nacionales y las encuestas familiares utilizan metodologías distintas, alcances diferentes y fuentes de información que pueden registrar de manera desigual la propiedad, la valuación y la tenencia de activos. Aureo incluye esa limitación en su metodología y advierte que los resultados deben leerse como una descripción de la estructura patrimonial, no como una recomendación de inversión.

La vivienda como reserva, pero con poca liquidez
Uno de los datos centrales del reporte es que cerca de una de cada cinco viviendas del país está vacía. La estimación asciende a 8.7 millones de inmuebles, que en muchos casos serían utilizados principalmente como reserva de valor. Para los autores, este fenómeno muestra que la vivienda cumple una función financiera para los hogares, aunque no opere como un activo fácilmente divisible o convertible en efectivo.
La concentración también tiene costos cuando una familia necesita disponer de su patrimonio. El estudio calcula que un departamento comprado en cinco millones de pesos y vendido en seis millones puede dejar cerca de 850,000 pesos en comisiones, impuestos y trámites antes de que el propietario reciba el resultado de la operación. Bajo ese escenario, la ganancia nominal se reduce de forma considerable y la venta deja de ser un mecanismo inmediato de protección frente a una emergencia.
La investigación plantea además que una propiedad no genera necesariamente un rendimiento mientras permanece inmovilizada. Aunque puede aumentar de valor, su utilidad financiera depende de la posibilidad de venderla, rentarla o utilizarla como garantía. Esa dependencia distingue a los bienes raíces de ciertos activos financieros, que pueden fraccionarse y negociarse con mayor rapidez, aunque también estén expuestos a pérdidas y volatilidad.
Informalidad y devaluaciones detrás de la concentración
El informe atribuye parte de la concentración a la exclusión financiera. Más de la mitad de los trabajadores mexicanos se encuentra en la informalidad y, según el estudio, nunca tuvo acceso pleno al sistema financiero formal. Sin historial crediticio, productos de inversión o mecanismos de ahorro institucional, las familias tienden a recurrir a activos tangibles y conocidos, especialmente la vivienda y el terreno.
Los autores rechazan interpretar esa conducta como una simple preferencia cultural o una decisión irracional. La presentan como una respuesta a décadas de devaluaciones y a la necesidad de preservar el poder adquisitivo mediante bienes que puedan conservar valor de manera visible. Esa explicación, sin embargo, no elimina los riesgos: la propiedad concentra el patrimonio en un solo activo, exige costos de mantenimiento y puede ser difícil de vender en el momento preciso.
El encarecimiento de la vivienda ha profundizado el problema. Desde 2010, los precios habitacionales aumentaron casi el doble que los salarios, mientras que actualmente una casa equivale a unas 13 veces el ingreso anual de un hogar. La relación sugiere que el mismo activo que funcionó como refugio para generaciones anteriores se vuelve menos accesible para quienes buscan comprar por primera vez.
Un desafío que pasa de una generación a otra
La consecuencia más amplia, según Aureo, es la transmisión desigual de oportunidades. Las familias que ya poseen una vivienda pueden conservar una reserva patrimonial, pero aquellas que dependen exclusivamente de sus ingresos enfrentan una barrera de entrada cada vez mayor. Si los precios avanzan más rápido que los salarios, la herencia inmobiliaria adquiere un peso determinante en el acceso a la riqueza.
El reporte no propone sustituir los bienes raíces por un activo específico ni recomienda comprar Bitcoin u otros instrumentos. Su argumento es más limitado: la economía familiar mexicana necesita una mayor diversificación y un acceso más amplio a herramientas financieras formales. Esa conclusión depende de que existan productos comprensibles, costos razonables, regulación efectiva y educación financiera suficiente; de lo contrario, ampliar la oferta no garantizaría una participación más segura.
Aureo presentará los resultados el 6 de agosto en un evento abierto al público en La Casa de Satoshi, en Ciudad de México. La primera entrega de la serie examinó cuatro marcos de valuación de Bitcoin; las siguientes abordarán Bitcoin como capital digital y su implementación práctica para empresas y oficinas familiares. El estudio sobre la riqueza mexicana puede descargarse gratuitamente en el sitio web de Aureo.
