En medio de la emergencia que dejó el terremoto de magnitud 7.4 en el oeste de Colombia, Julio César Pineda volvió a entrar entre concreto, hierro y polvo para buscar sobrevivientes. En Pereira, una de las ciudades más afectadas, este voluntario de 67 años es conocido como “Rescate”, un apodo que resume una trayectoria marcada por dos grandes sismos y por una decisión que repite cada vez que la tierra se abre: ayudar a sacar con vida a quienes puedan seguir atrapados.
Las autoridades han reportado hasta ahora 273 muertos, 377 desaparecidos y más de 3.800 heridos, según el balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres. La cifra coloca al país ante una de sus peores emergencias recientes y explica por qué Pereira concentra buena parte de las labores. La ciudad, ubicada en el eje cafetero, registra 96 fallecidos, de acuerdo con datos citados por Reuters.

Un voluntario que volvió a los escombros
Pineda no es un rescatista profesional de cuerpo oficial, pero sí un socorrista con experiencia acumulada en desastres. Ya había trabajado en el terremoto de Armenia en 1999, que dejó más de 1.000 muertos. Entonces, contó, el derrumbe también golpeó de cerca su vida: una pared de su propia casa cayó tras el sismo. A partir de ese momento, tomó guantes, casco y decidió incorporarse a las búsquedas.
Su presencia en esta nueva emergencia responde a una lógica práctica y también a una convicción personal. Mide 1,63 metros y pesa cerca de 60 kilos, características que, según él, le permiten entrar por huecos estrechos entre los restos de los edificios. En operaciones de este tipo, donde cada centímetro cuenta, ese perfil puede marcar la diferencia para acceder a cavidades donde otros no alcanzan o corren más riesgo de quedar atrapados.
En entrevista con Reuters, dijo que no recuerda cuántas personas ha ayudado a sacar con vida, ni en 1999 ni ahora. Sí recuerda, en cambio, que ha liberado a dos mujeres, a varios hombres y a tres perros durante esta emergencia en Pereira. Su relato mezcla memoria personal y urgencia operativa: mientras la maquinaria pesada retira materiales y los equipos especializados aseguran perímetros, él insiste en entrar donde cree que todavía puede haber alguien vivo.
La ventana crítica y el margen que queda
La búsqueda ocurre cuando el desastre ya superó la llamada ventana crítica de las primeras 72 horas, el periodo en el que suele concentrarse la mayor probabilidad de hallar personas con vida. Eso no elimina por completo las posibilidades de rescate, pero sí reduce el margen y obliga a priorizar con más precisión la entrada a zonas inestables, la revisión de huecos y el apoyo logístico a brigadas, bomberos, policías y militares.
El Servicio Geológico Colombiano ha registrado 160 réplicas desde el temblor principal, según la información difundida por Reuters. Ese dato complica el trabajo de rescatistas y vecinos porque cada movimiento, por mínimo que parezca, puede alterar estructuras ya dañadas. En ese contexto, la coordinación es tan importante como la voluntad: la participación civil es útil para retirar escombros, llevar agua, preparar alimentos o acompañar a familiares, pero también necesita orden para evitar nuevos colapsos.
Pineda se mueve en ese límite entre la experiencia y el riesgo. Dice que entra porque, cuando otros creen que ya no queda posibilidad, él sigue oyendo una alerta interior. “Que allá se quedó alguien metido, allá voy yo”, resumió. También se define, con una franqueza poco común en medio del drama, como alguien acostumbrado a buscar “como topo” entre ruinas y espacios estrechos.
Trabajo voluntario y ausencia de salario
Su sustento no proviene del rescate. Trabaja tallando y esculpiendo artesanías, y afirma que su labor en emergencias es una forma de servicio, no un oficio remunerado. “Esto no lo pagan”, dijo. “El único que le paga a uno es Dios dándole salud y que mi familia está viva también”.
También rehúye el lenguaje heroico. Para él, lo suyo no es una condición excepcional sino una tarea que asume dentro de un problema mucho mayor. “Dios me pone a mí a disposición para bregar a hacer un poquitico porque son miles, millones de personas”, sostuvo. Su frase, más que un gesto de modestia, refleja la escala real de la tragedia: la labor individual tiene valor, pero no sustituye la respuesta institucional ni el trabajo prolongado que vendrá después.
La fase de rescate está dando paso a otra más larga y compleja: retirar toneladas de escombros, identificar víctimas, revisar viviendas, atender heridos y comenzar la reconstrucción. Pineda asegura que seguirá mientras tenga fuerzas. “Hasta donde Dios me lo permita”, dijo. Y dejó una última frase que explica por qué, a los 67 años, volvió a meterse entre restos de edificios destruidos: “El corazón me lo ha dicho toda la vida a mí, voy a morir salvando vidas”.
