La advertencia de Dimon y el futuro del dólar

La declaración de Jamie Dimon no es una profecía aislada ni una provocación retórica. Responde a una tensión acumulada durante años entre el peso estructural de Estados Unidos en el sistema financiero global y las grietas que han empezado a abrirse en ese orden desde la crisis financiera de 2008, la pandemia, la guerra en Ucrania y la expansión del uso de sanciones como instrumento geopolítico. Cuando el director ejecutivo de JPMorgan Chase advierte que Washington podría perder su condición de emisor de la moneda de reserva mundial en un plazo de 25 años, está describiendo una posibilidad que hoy parece lejana, pero que ya se alimenta de decisiones concretas de bancos centrales, gobiernos y grandes empresas que buscan reducir su exposición al dólar.

El sistema monetario internacional que nació tras la Segunda Guerra Mundial descansó sobre una ventaja difícil de replicar: la combinación de tamaño económico, liquidez de los mercados estadounidenses, profundidad del Tesoro de EE.UU. y confianza en la estabilidad institucional del país. Durante décadas, esa arquitectura permitió que el dólar no solo sirviera para el comercio de materias primas y el ahorro de reservas, sino también para fijar precios, financiar deuda y proyectar poder político. Esa centralidad, sin embargo, empezó a convertirse en vulnerabilidad cuando Washington mostró que el acceso al dólar podía restringirse por razones estratégicas. Las sanciones contra Rusia tras 2022 aceleraron una conversación que ya venía gestándose en economías emergentes: si la moneda dominante puede ser usada como palanca de castigo, diversificar deja de ser una aspiración académica y pasa a ser una necesidad defensiva.

Los datos citados por Atlantic Council muestran que el dólar aún concentra alrededor del 58 % de las reservas internacionales, una cuota que sigue siendo dominante aunque ya no intocable. El descenso no ocurre de un día para otro: se expresa en carteras más diversificadas, en acuerdos de comercio bilateral liquidados en monedas locales, en compras de oro por parte de bancos centrales y en el desarrollo de sistemas de pago alternativos. China y Rusia han impulsado mecanismos para reducir su dependencia del dólar desde hace años; en paralelo, países del Golfo, India y miembros del BRICS exploran fórmulas para facturar parte de sus intercambios fuera del circuito tradicional. Ninguna de estas decisiones derriba por sí sola al sistema vigente, pero todas erosionan el monopolio práctico que sostenía la hegemonía del billete verde.

El conflicto en Oriente Medio introduce otro matiz relevante. No ha reemplazado al petrodólar, pero sí ha reforzado la sensación de que el comercio internacional opera bajo riesgos políticos crecientes. Cuando aumentan la fragmentación geopolítica y la posibilidad de interrupciones logísticas o financieras, los agentes buscan refugios menos expuestos a decisiones unilaterales. Eso explica que varios bancos centrales hayan reforzado sus reservas en oro y rebajado posiciones en activos denominados en dólares. La caída de las tenencias de la Reserva Federal de Nueva York hasta 2,7 billones de dólares refleja precisamente ese ajuste: no una huida masiva, sino una reasignación prudente en un entorno donde la neutralidad del sistema ya no se da por sentada.

La implicación más inmediata para Estados Unidos es financiera. Un dólar menos indispensable encarece la financiación del déficit público y reduce parte del privilegio que ha permitido al país endeudarse a costes relativamente bajos. Ese privilegio no es un detalle técnico: sostiene la capacidad de la economía estadounidense para absorber shocks, financiar gasto militar y mantener una influencia exterior desproporcionada respecto de su población. Si la demanda global de dólares se debilita de forma sostenida, el Tesoro tendría que competir con mayor intensidad por el capital, y la Reserva Federal perdería parte del colchón que le da la condición de emisora de la moneda de reserva. El ajuste sería gradual, pero sus efectos se sentirían en el costo del crédito, en la política fiscal y en la propia proyección internacional de Washington.

También habría consecuencias para el comercio mundial. Hoy muchas empresas aceptan el dólar no solo por costumbre, sino porque reduce fricciones: facilita coberturas cambiarias, simplifica contratos y minimiza costes de transacción. Una transición hacia un sistema más fragmentado puede elevar la complejidad operativa, multiplicar las coberturas y aumentar la volatilidad en los mercados de materias primas y bienes intermedios. Para países exportadores y economías importadoras vulnerables, eso implica más exposición a shocks cambiarios. El caso de los hidrocarburos es ilustrativo: si las ventas de petróleo, gas o minerales se parcelan entre varias monedas, la fijación de precios podría volverse más opaca y menos líquida, con efectos en cadenas de suministro que ya operan bajo presión.

En el plano geopolítico, una desdolarización parcial no equivale a un vacío neutral, sino a una competencia más dura entre bloques y plataformas financieras. Europa, China, India y los países del Golfo no comparten necesariamente un proyecto común, pero sí una motivación parecida: reducir dependencia de un centro único. Ese movimiento puede producir un orden más policéntrico, aunque no necesariamente más estable. La historia económica sugiere que las transiciones monetarias largas rara vez son limpias; suelen venir acompañadas de episodios de incertidumbre, disputas regulatorias y tensiones entre soberanía financiera y eficiencia del mercado. Si la advertencia de Dimon resulta prematura, el dólar conservará su primacía; si no lo es, el mundo podría entrar en una fase de fragmentación monetaria en la que la seguridad jurídica, la profundidad de mercado y la confianza política valgan tanto como la fuerza militar que respalda a una divisa.

El verdadero fondo de la advertencia no es la caída inmediata del dólar, sino la pérdida de la presunción de que su dominio es irreversible. En economía internacional, esa presunción ha sido durante décadas casi tan importante como la propia moneda. Que hoy un banquero del peso de Dimon sitúe el riesgo en el horizonte de una generación revela que el debate dejó de ser marginal. A partir de aquí, la pregunta relevante ya no es si el dólar sigue siendo la primera moneda del mundo, sino cuánto poder retiene Estados Unidos cuando el resto del sistema empieza, lenta pero claramente, a prepararse para vivir con menos dependencia de él.

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