La contaminación visual también afecta a Tijuana

La saturación de anuncios, pantallas, lonas, carteles, cables y estructuras publicitarias en el espacio público de Tijuana vuelve a plantear una discusión que suele quedar relegada frente a problemas ambientales más visibles: el derecho de las personas a transitar por entornos visualmente despejados. El tema fue abordado en una columna de opinión publicada el 4 de agosto de 2026, cuyo autor propone considerar la contaminación visual como un factor relacionado con la calidad de vida urbana.

El planteamiento parte de una escena cotidiana. Al salir de casa, trasladarse al trabajo, llevar a los hijos a la escuela o detenerse en un café, los habitantes encuentran una sucesión casi ininterrumpida de estímulos: espectaculares, anuncios luminosos, pantallas electrónicas, pendones, bardas pintadas, promociones comerciales y letreros de distintos tamaños. A estos elementos se suman postes cubiertos de avisos, cableado aéreo y anuncios políticos que, de acuerdo con el texto, permanecen instalados después de concluir los procesos electorales.

Una ciudad que compite por la mirada

La columna sostiene que el problema no radica en la existencia individual de cada anuncio, sino en la acumulación de mensajes que compiten al mismo tiempo por la atención. Colores intensos, iluminación, tipografías de gran tamaño y ubicaciones estratégicas son recursos habituales de la publicidad para destacar en calles con alta circulación. Sin embargo, cuando se multiplican sin una coordinación visible, pueden transformar fachadas, banquetas, paraderos y vialidades en superficies saturadas.

El efecto también se prolonga más allá del trayecto. Volantes colocados en puertas, bolsas con promociones y anuncios distribuidos en comercios forman parte de una cadena de comunicación comercial que, con frecuencia, termina convertida en basura. La publicidad cumple una función económica para negocios y consumidores, pero su presencia constante plantea preguntas sobre quién define los límites del espacio común y cómo se distribuyen las responsabilidades de mantenimiento y retiro.

Desde la perspectiva de la psicología ambiental, citada de manera general en el artículo, los espacios visualmente cargados pueden incrementar la sensación de desorden y la demanda de atención, mientras que los paisajes abiertos, las áreas arboladas y las vistas despejadas suelen asociarse con descanso y bienestar. Estas referencias ayudan a explicar por qué un parque o una zona urbana con menor cantidad de estímulos puede producir una percepción de calma. No obstante, el texto no presenta mediciones específicas sobre estrés, salud mental o carga cognitiva entre los habitantes de Tijuana.

El desafío de regular sin frenar la actividad económica

La discusión requiere distinguir entre publicidad legal y contaminación visual. Un anuncio autorizado, colocado en una estructura segura y sometido a reglas de tamaño, iluminación y ubicación, no necesariamente genera el mismo impacto que una instalación abandonada, un cable en desuso o una fachada cubierta por mensajes superpuestos. La diferencia depende de factores como la densidad, la permanencia, el estado físico de las estructuras y la relación del anuncio con el paisaje urbano.

El comercio, la publicidad y la promoción de servicios forman parte de la actividad económica de cualquier ciudad. Una política orientada a reducir la saturación tendría que evitar soluciones indiscriminadas que perjudiquen especialmente a pequeños negocios, para los cuales un anuncio puede ser una herramienta esencial de visibilidad. Al mismo tiempo, las autoridades y los propietarios podrían enfrentar mayores exigencias respecto al mantenimiento, el retiro de estructuras vencidas y la recuperación de fachadas deterioradas.

En Tijuana, una estrategia de este tipo implicaría coordinar distintas tareas: revisar permisos y anuncios instalados, retirar soportes abandonados, regular pantallas y anuncios luminosos, ordenar el mobiliario urbano, eliminar cableado que ya no presta servicio y establecer mecanismos eficaces para retirar propaganda política fuera de plazo. También sería necesario definir con claridad qué dependencias intervienen y cómo pueden participar vecinos, comerciantes y empresas de publicidad.

Recuperar espacios para el paisaje urbano

La propuesta planteada por el autor no consiste en prohibir la publicidad, sino en reducir sus excesos y devolver presencia a elementos que suelen quedar ocultos: la arquitectura, los árboles, el cielo y las propias calles. Esa perspectiva desplaza el debate de la simple estética hacia la gestión del espacio público. Una ciudad ordenada visualmente puede facilitar la orientación, mejorar la percepción de seguridad y contribuir a que sus zonas históricas, comerciales o residenciales conserven una identidad reconocible.

También hay una dimensión de cumplimiento. La permanencia de anuncios políticos, lonas deterioradas o estructuras sin uso transmite la idea de que las normas son temporales o que nadie está obligado a corregir el deterioro. Por ello, la descontaminación visual no dependería únicamente de instalar menos anuncios, sino de mantener de forma permanente lo que ya existe y aplicar sanciones o procedimientos de retiro cuando corresponda.

La propuesta abre, sin embargo, preguntas que requieren información pública antes de convertirse en política urbana: cuántos anuncios están autorizados, qué zonas concentran mayor saturación, cuántas estructuras se encuentran abandonadas y cuál es el costo de retirarlas. También sería útil conocer la opinión de residentes, comerciantes, anunciantes, especialistas en urbanismo y autoridades municipales. Sin diagnósticos y criterios verificables, el concepto de contaminación visual puede quedar reducido a una percepción subjetiva, aunque esa percepción sea compartida por numerosos ciudadanos.

El mensaje central de la columna es que descansar la vista también forma parte del bienestar urbano. Para Tijuana, el reto consiste en equilibrar la necesidad de comunicar y promover actividades económicas con la obligación de conservar espacios públicos legibles, seguros y habitables. La calidad del entorno no se define sólo por la ausencia de humo o basura; también por aquello que ocupa permanentemente la mirada de quienes viven y se desplazan por la ciudad.

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