La deuda pública de Estados Unidos rebasó por primera vez la marca de los 40 billones de dólares, según datos publicados este miércoles por el Departamento del Tesoro, en un momento en que el alza de los rendimientos soberanos encarece el financiamiento del gobierno federal. Tras la última emisión del martes, el saldo de la deuda del Tesoro ascendió a 40,047 billones de dólares, impulsado por el crecimiento simultáneo de las obligaciones vinculadas a programas de salud y seguridad social y por el aumento de los intereses que Washington paga para sostener su financiamiento.
El cruce de ese umbral marca un hito contable, pero también refleja una dinámica fiscal que se ha ido deteriorando durante años. El gobierno estadounidense opera con déficit y cubre la diferencia emitiendo deuda, una fórmula que resulta cada vez más costosa cuando las tasas de interés suben. En este caso, la presión se intensifica porque la nueva deuda debe colocarse a rendimientos más altos que los vigentes antes de la crisis financiera global de 2008, lo que amplía el peso futuro del servicio de la deuda sobre el presupuesto federal.

Rendimientos en máximos y mercado bajo tensión
La señal más visible de ese encarecimiento llegó desde el mercado de bonos. El martes, los rendimientos de los títulos del Tesoro a largo plazo subieron hasta su nivel más alto desde 2007, reflejando tanto la inquietud por el déficit fiscal como la presión inflacionaria asociada a la guerra en Oriente Medio. Ese movimiento elevó de inmediato el costo de refinanciar obligaciones ya existentes y agravó la sensibilidad del mercado a cualquier dato que sugiera una oferta adicional de deuda en los próximos meses.
Ante ese aumento, el Departamento del Tesoro intervino la mañana del miércoles para estabilizar el tramo largo de la curva, una maniobra que contribuyó a moderar los rendimientos. La reacción oficial muestra que el problema ya no se limita al tamaño absoluto de la deuda, sino a la velocidad con la que sube su costo de financiación. Cuando los pagos por intereses crecen al mismo tiempo que se amplían los déficits, el margen fiscal para nuevas prioridades se reduce y la dependencia de la emisión se vuelve más difícil de administrar.
Una trayectoria fiscal que no sorprende a Washington
La cifra de 40 billones también supera el pronóstico previo de la Oficina de Presupuesto del Congreso, que estimaba que el endeudamiento total alcanzaría 39,4 billones de dólares al cierre del año fiscal 2026, a finales de septiembre. Esa diferencia sugiere que la combinación de mayores tasas, mayores pagos de intereses y gasto estructural en programas sociales está empujando las cuentas federales por encima de las proyecciones más recientes. No se trata de un cambio súbito, sino de una aceleración de tendencias ya conocidas.
Jessica Riedl, especialista en presupuesto e impuestos de la Brookings Institution, resumió el diagnóstico con dureza: sostuvo que desde hace tiempo se sabe que el gobierno de Estados Unidos sigue una trayectoria “bastante insostenible” en materia de déficits. Añadió que, en los últimos años, el país ha pasado a registrar déficits de aproximadamente 2 billones de dólares incluso en periodos de paz y prosperidad. Su comentario apunta al problema de fondo: no sólo importa el volumen de la deuda, sino la incapacidad política de alinear ingresos, gasto y crecimiento económico en una senda creíble de estabilización.
Por ahora, el hito de los 40 billones funciona como una advertencia más que como una ruptura inmediata. Los mercados han absorbido durante años niveles crecientes de endeudamiento estadounidense, apoyados en la profundidad del mercado del Tesoro y en el papel del dólar como activo de referencia. Sin embargo, el avance de los intereses y la persistencia de déficits elevados estrechan ese margen de tolerancia. Si la tendencia continúa, la discusión en Washington dejará de centrarse en el tamaño de la deuda y pasará a enfocarse en cuánto cuesta sostenerla.
