La disputa por el llamado terrorismo fiscal

La advertencia del senador Ricardo Anaya sobre un posible “terrorismo fiscal” coloca en el centro del debate una tensión que acompañará la discusión del Presupuesto de Egresos de la Federación 2027: el Gobierno necesita elevar los ingresos públicos, pero las empresas exigen que el aumento de la recaudación no se convierta en una política de presión indiscriminada. El señalamiento del coordinador parlamentario del Partido Acción Nacional no se limita a cuestionar una estrategia administrativa del Servicio de Administración Tributaria (SAT). También plantea una disputa sobre la forma en que el Estado pretende corregir sus desequilibrios financieros y sobre quién terminará absorbiendo el costo de esa corrección.

La controversia surgió después de que se reportara que las empresas anticipan un “apretón fiscal” para el próximo año. La expectativa incluye una vigilancia más intensa contra la evasión, el contrabando, la facturación falsa y el lavado de dinero, además de acciones para recuperar adeudos fiscales de ejercicios anteriores. En términos presupuestarios, la lógica es directa: si el gasto público mantiene presiones crecientes y el margen para contratar deuda se reduce, Hacienda debe buscar recursos adicionales mediante una administración tributaria más eficaz y una base de contribuyentes más amplia.

Una presión acumulada durante años

El contexto no comenzó con las declaraciones de Anaya. México arrastra desde hace décadas una recaudación tributaria baja en comparación con otras economías de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. La dependencia de los ingresos petroleros, la informalidad, la evasión y los tratamientos fiscales diferenciados han limitado la capacidad del Estado para financiar servicios públicos sin recurrir al endeudamiento. Cada administración ha enfrentado el mismo dilema: elevar impuestos, reducir beneficios, ampliar la fiscalización o contener el gasto, todas medidas con costos políticos y económicos.

En los últimos años, el SAT ha optado por fortalecer herramientas digitales, cruces automatizados de información y mecanismos para identificar operaciones simuladas. La cancelación o restricción temporal de sellos digitales, por ejemplo, puede detener la emisión de facturas de una empresa y paralizar sus ventas en cuestión de horas. Esa capacidad ha hecho más eficiente la detección de irregularidades, pero también ha aumentado la preocupación de los contribuyentes por la posibilidad de que una medida cautelar produzca daños mayores antes de que exista una resolución definitiva.

El punto de Anaya se apoya precisamente en esa asimetría. Una gran corporación puede contar con abogados fiscalistas, equipos de cumplimiento y liquidez para enfrentar una auditoría prolongada. Una farmacia independiente, una ferretería regional o una empresa mediana con márgenes estrechos puede quedar al borde del cierre si pierde temporalmente la posibilidad de facturar o si debe cubrir un crédito fiscal inesperado. La misma herramienta administrativa, aplicada sin criterios proporcionales, no tiene el mismo efecto sobre contribuyentes con capacidades muy distintas.

Fiscalizar no equivale a castigar

La referencia al artículo 31 constitucional introduce una dimensión jurídica relevante. La fracción IV establece la obligación de contribuir al gasto público de manera proporcional y equitativa. Esto implica que la autoridad tiene facultades para combatir la evasión, pero debe ejercerlas con reglas generales, debido proceso y una relación razonable entre la infracción y la medida adoptada. El debate no consiste en determinar si el Estado puede auditar, sino en precisar hasta dónde puede intervenir antes de que la fiscalización se convierta en una sanción anticipada.

La facturación falsa ofrece un ejemplo claro de la complejidad. Las empresas que venden comprobantes apócrifos dañan la recaudación y generan competencia desleal frente a quienes cumplen. Sin embargo, una compañía legítima también puede verse involucrada en una operación cuestionada por un proveedor, por errores contables o por información que el sistema considera inconsistente. Si la autoridad bloquea sus operaciones sin una vía rápida para aclarar el caso, el combate a las redes de simulación puede terminar castigando a eslabones que no participaron deliberadamente en el fraude.

La exigencia de certeza jurídica no elimina la responsabilidad de los contribuyentes. Significa que la autoridad debe explicar con precisión qué conducta se investiga, qué pruebas la sustentan y cuánto tiempo puede durar una restricción. También demanda tribunales y procedimientos capaces de resolver controversias con rapidez. Una empresa que obtiene una sentencia favorable después de varios años puede tener razón en el expediente, pero haber perdido clientes, empleos y capacidad de inversión durante el proceso.

El huachicol fiscal y la credibilidad institucional

La crítica política adquiere mayor fuerza cuando se vincula con el llamado huachicol fiscal, término utilizado para describir esquemas de contrabando y evasión relacionados con combustibles. Anaya sostiene que no sería coherente exigir mayor rigor a pequeños y medianos negocios mientras redes de gran escala habrían operado durante años con protección o tolerancia desde dentro de las instituciones. La afirmación requiere investigaciones y pruebas específicas en cada caso, pero plantea una pregunta que trasciende la disputa partidista: ¿la intensidad de la fiscalización será proporcional al tamaño del daño y a la capacidad económica de los responsables?

En el comercio de combustibles, una subfacturación o una importación irregular puede representar pérdidas fiscales mucho mayores que las derivadas de múltiples errores de pequeños contribuyentes. Si el Estado concentra sus recursos en revisiones sencillas, visibles y de bajo costo, mientras deja intactos los circuitos financieros y logísticos de operaciones complejas, la recaudación puede mejorar estadísticamente sin corregir las fugas principales. La percepción de selectividad también reduce la disposición voluntaria a cumplir, porque transmite la idea de que las reglas recaen con más fuerza sobre quienes tienen menos capacidad de defensa.

La legitimidad de una estrategia recaudatoria depende, por ello, tanto de sus resultados como de la distribución de sus cargas. Una ofensiva contra el contrabando será más creíble si incluye controles aduaneros, trazabilidad de combustibles, supervisión de funcionarios y persecución de beneficiarios finales, además de auditorías a empresas. La transparencia sobre los montos recuperados, las sanciones aplicadas y los casos archivados permitiría evaluar si la política está desmantelando redes relevantes o simplemente elevando la presión sobre el contribuyente formal.

Déficit, deuda y el costo para las empresas

El argumento económico de Anaya apunta a otro frente: el problema no sería únicamente cuánto recauda México, sino cómo gasta y cuánto se endeuda. El Gobierno enfrenta compromisos rígidos, entre ellos pensiones, transferencias sociales, inversión pública, costo financiero y apoyo a empresas estatales. Cuando esos componentes crecen más rápido que los ingresos, el déficit se vuelve persistente y la deuda absorbe una parte creciente del presupuesto. En ese escenario, Hacienda puede intentar obtener recursos mediante mayor fiscalización, pero la medida no sustituye una revisión del gasto.

Para las empresas, el impacto de un apretón fiscal no se limita al pago inmediato de impuestos. Una mayor carga efectiva puede reducir el capital disponible para contratar personal, renovar maquinaria o abrir sucursales. En sectores con baja rentabilidad, como el comercio minorista, la construcción pequeña y ciertos servicios, un crédito fiscal o una actualización de obligaciones puede provocar aumentos de precios, recortes de plantilla o el traslado de actividades a la informalidad. El resultado sería contraproducente si la presión sobre el sector formal reduce precisamente la base que se pretende fortalecer.

También existe un efecto sobre la inversión. Las empresas nacionales y extranjeras no evalúan solamente la tasa impositiva, sino la previsibilidad del sistema. Dos países pueden tener cargas fiscales similares y recibir flujos de inversión muy distintos si en uno las reglas se aplican de manera uniforme y en el otro las controversias administrativas son difíciles de resolver. La incertidumbre sobre auditorías, sellos digitales, deducciones o adeudos antiguos puede retrasar decisiones de expansión, especialmente en sectores que requieren varios años para recuperar el capital invertido.

La encrucijada del Presupuesto 2027

La discusión presupuestaria definirá si la política fiscal se percibe como una estrategia de fortalecimiento institucional o como una respuesta de emergencia a la falta de disciplina financiera. Para lograr lo primero, el Gobierno tendría que combinar una fiscalización de alto impacto con protección efectiva para el contribuyente cumplido. Eso implica priorizar investigaciones contra redes organizadas, acelerar las aclaraciones, diferenciar errores administrativos de conductas fraudulentas y publicar indicadores verificables sobre la recuperación de recursos.

La oposición, por su parte, enfrentará el desafío de demostrar que su defensa de las empresas no equivale a proteger evasores. Respaldar el combate a la facturación falsa y al contrabando, como afirma Anaya, exige presentar alternativas concretas para elevar los ingresos y reducir el déficit. La exigencia de menor deuda debe acompañarse de propuestas sobre gasto, empresas públicas, subsidios y eficiencia presupuestaria; de lo contrario, el debate corre el riesgo de reducirse a una disputa retórica entre recaudación y crecimiento.

El sector privado también tendrá que ajustar sus prácticas. La digitalización fiscal hace cada vez más difícil operar con controles débiles, proveedores opacos o documentación incompleta. Las compañías que dependan de cadenas de suministro extensas deberán verificar a sus socios, conservar evidencia de sus operaciones y establecer sistemas de cumplimiento capaces de responder a una revisión automatizada. Para las pequeñas empresas, el reto será mayor porque muchas carecen de personal especializado. Sin asistencia accesible y reglas comprensibles, la formalización puede convertirse en una carga que incentive el abandono del registro fiscal.

Entre la recaudación urgente y la confianza duradera

La disputa actual revela una contradicción de fondo. México necesita recaudar más para sostener sus obligaciones y preservar la estabilidad de sus finanzas, pero una política basada principalmente en aumentar la presión sobre quienes ya están identificados puede producir rendimientos decrecientes. La autoridad obtiene ingresos rápidos al cobrar adeudos o corregir declaraciones, aunque no necesariamente amplía la base tributaria ni mejora la productividad. A largo plazo, la recaudación sostenible depende de que cumplir sea menos costoso y más seguro que permanecer en la informalidad.

La frase “terrorismo fiscal” es políticamente severa y puede contribuir a polarizar el intercambio entre Gobierno y empresas. Sin embargo, el problema que intenta describir merece una discusión técnica: cómo equilibrar las facultades de fiscalización con el debido proceso, cómo evitar que las herramientas digitales se utilicen como mecanismos de presión y cómo garantizar que la austeridad exigida al sector privado tenga un equivalente en la administración pública. La respuesta al déficit no puede descansar únicamente en la amenaza de sanciones, del mismo modo que la defensa de la inversión no puede convertirse en una licencia para incumplir.

El desenlace del paquete económico de 2027 será observado por contribuyentes, calificadoras e inversionistas como una señal sobre la dirección financiera del país. Si el Gobierno acompaña la mayor recaudación con controles internos, transparencia en Pemex, reducción gradual del déficit y procedimientos ágiles para impugnar decisiones del SAT, podría fortalecer la confianza y mejorar la calidad de los ingresos públicos. Si, en cambio, la estrategia se percibe como una campaña de cobro selectivo sin corrección del gasto ni rendición de cuentas, el conflicto fiscal puede extenderse más allá del Congreso y traducirse en menor inversión, más informalidad y una relación todavía más frágil entre el Estado y quienes sostienen buena parte de la economía formal.

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