México superó el 1 de julio sin la extensión automática del T-MEC y sin ruptura inmediata. Conserva acceso preferencial para cerca del 80% de sus exportaciones, una ventaja relativa frente a aranceles generales de 10 o 12.5% que enfrentan otros socios. El acero, el aluminio y los automóviles ya pagan el costo de las excepciones. Esa posición privilegiada es también su mayor vulnerabilidad: Washington sabe que perderla tendría un precio altísimo para la economía mexicana.

La última ronda dejó claras las prioridades estadounidenses: reducir el déficit comercial, elevar el contenido estadounidense en las cadenas, endurecer las reglas de origen automotrices y limitar insumos e inversiones chinas. Estados Unidos puede mantener formalmente el tratado y vaciarlo con aranceles sectoriales bajo la sección 301. El gobierno presenta la continuidad como victoria defensiva, pero falta definir qué está dispuesto a ceder México.
El examen ahora es anual
La comunicación oficial tranquiliza, pero llega dispersa. No existe un “cuarto de junto” visible que canalice información con empresarios y especialistas, como ocurrió en el TLCAN y el propio T-MEC. Tampoco se percibe un uso sistemático de la memoria institucional de negociadores experimentados. La factura del tratado se cobrará por partes. Solo el tiempo dirá cuánto de la ventaja preferencial sobrevive a cada ronda.
