La inflación cambia la forma de consumir en México

El mercado mexicano de productos básicos enfrenta una segunda mitad de 2026 más compleja de lo que sugería el repunte asociado con el Mundial de Futbol. El diagnóstico de NielsenIQ (NIQ) apunta a una presión simultánea sobre precios y volúmenes: las familias están pagando más, pero comprando menos unidades. La diferencia es relevante porque un aumento nominal de las ventas puede ocultar un deterioro real del consumo, especialmente en categorías de alta frecuencia como refrescos, botanas, alimentos procesados y productos de la canasta cotidiana.

Benjamín Calderón, líder de Customer Success de NIQ, explicó que los datos más recientes muestran un regreso a las tendencias observadas a comienzos del año. El incremento de precios está castigando el volumen, mientras el bajo crecimiento económico, la desaceleración del empleo formal y la reducción de las remesas limitan la capacidad de los hogares para absorber nuevos aumentos. El Mundial generó un impulso temporal en bebidas y alimentos relacionados con los partidos, pero no modificó las condiciones estructurales que determinan el gasto de las familias.

El dato que cambia la lectura: vender más dinero no significa vender más producto

La categoría de refrescos resume con claridad la tensión. Sus precios acumulan aumentos superiores a 10%, casi tres veces la inflación general anual de 3.10% registrada en la primera quincena de julio. Sin embargo, el encarecimiento no ha compensado la pérdida de volumen frente al año anterior. Durante el periodo comprendido entre el 24 de mayo y el 12 de julio, las ventas de refrescos crecieron 8.3% en valor, pero disminuyeron 4.5% en volumen.

La conclusión económica es directa: el crecimiento monetario procede principalmente del precio, no de una expansión saludable de la demanda. Para fabricantes y comerciantes, esto puede mejorar temporalmente la facturación, pero reduce la rotación física de mercancía y vuelve más frágil el negocio. Cuando el consumidor compra menos unidades, la cadena completa enfrenta ajustes: los fabricantes deben revisar sus proyecciones, los distribuidores pueden perder eficiencia logística y las tiendas pequeñas reciben menos ingresos por operación, aunque el precio de cada producto sea mayor.

El incremento del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) es una de las causas identificables. Desde enero, la cuota para bebidas azucaradas pasó de 1.64 a 3.08 pesos por litro, mientras que las bebidas con edulcorantes no calóricos comenzaron a pagar por primera vez un impuesto de 1.50 pesos por litro. La medida persigue objetivos recaudatorios y de salud pública, pero su traslado al consumidor ocurre en un mercado donde los ingresos familiares no crecen al mismo ritmo.

El caso de Coca-Cola FEMSA ofrece una señal concreta de cómo se está transmitiendo esa presión. A partir del 4 de agosto, la empresa aplicó aumentos de entre uno y cinco pesos en diversas presentaciones, con incrementos de hasta 25% en algunos productos, como la botella de 355 mililitros de Coca-Cola sin azúcar. No todos los aumentos pueden atribuirse exclusivamente al IEPS: también intervienen costos de insumos, transporte, distribución, energía, empaques y decisiones comerciales. Pero el impuesto funciona como un factor adicional que acelera la revisión de precios.

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El Mundial fue un estímulo, no una recuperación

El torneo produjo un repunte acotado en el canal tradicional y en los supermercados. Refrescos, cervezas y botanas se beneficiaron de las reuniones para ver los partidos, un patrón de consumo concentrado en fechas y horarios específicos. NIQ observó un aumento de 8.3% en el valor de las ventas de refrescos durante una parte del periodo mundialista, aunque el volumen ya mostraba una contracción de 4.5%. Al 12 de julio, el crecimiento de la categoría se había desacelerado a 6.1%.

La secuencia contiene una primera lección: los eventos masivos pueden adelantar compras, pero no crean de manera permanente una mayor capacidad de consumo. Parte del gasto realizado durante el torneo sustituyó compras futuras o se concentró en ocasiones excepcionales. Terminados los partidos, regresaron los límites presupuestarios que habían quedado temporalmente ocultos por la convivencia, las promociones y la expectativa de una temporada deportiva favorable.

Una segunda lectura es más importante para la industria. Si el volumen cayó incluso durante un evento capaz de elevar el consumo de ciertas categorías, la sensibilidad al precio probablemente es mayor fuera de ese contexto. La demanda no desaparece, pero se vuelve selectiva: se compran menos unidades, se eligen empaques pequeños o se sustituyen marcas. En términos comerciales, el Mundial pudo funcionar como una prueba de resistencia; el resultado muestra que el mercado sigue respondiendo al precio incluso cuando existe un incentivo extraordinario para consumir.

Las tienditas reflejan el ajuste antes que las estadísticas agregadas

La presión no se distribuye de manera uniforme. La Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC), que representa a las tiendas de barrio, reportó que 91.3% de los comerciantes consultados recibió recientemente aumentos de sus proveedores. A su vez, 89.1% tuvo que trasladar esos incrementos a sus precios durante los últimos seis meses. El dato muestra que las pequeñas tiendas no están actuando necesariamente como origen de la inflación: en muchos casos son el último eslabón obligado de una cadena de costos ascendente.

Para un comercio de baja escala, absorber el aumento puede significar perder margen; trasladarlo puede reducir la frecuencia de compra o empujar al cliente hacia otro establecimiento. A diferencia de una gran cadena, la tienda de esquina tiene menor capacidad para negociar con proveedores, almacenar inventario o financiar promociones. Su ventaja es la cercanía y la posibilidad de vender unidades pequeñas, pero esa misma operación la expone a una clientela con liquidez limitada y compras de emergencia.

La ANPEC identifica entre los productos con mayores aumentos a bebidas, cigarros, botanas y frituras, embutidos, frutas y verduras. No se trata únicamente de mercancías prescindibles. El alza en productos frescos añade presión a hogares que ya enfrentan el encarecimiento de alimentos esenciales, mientras el aumento de bebidas y productos procesados afecta categorías con alta presencia en el gasto diario y en los ingresos de los pequeños comercios.

El comportamiento de los consumidores confirma esa transformación. El 55.6% de los clientes realiza compras diarias de entre 50 y 100 pesos en las llamadas “tienditas de la esquina”. Además, 70.9% decide principalmente con base en el precio y no en la marca. También crece la compra a granel, sobre todo de azúcar, arroz y frijol. Estas cifras describen una economía doméstica que administra efectivo día a día: la prioridad no es abastecerse al menor costo por unidad, sino evitar que una compra individual rebase el dinero disponible.

El consumidor está cambiando de marca, tamaño y canal

NIQ observa tres respuestas principales ante el encarecimiento: migración hacia productos económicos, mayor uso de marcas propias y preferencia por presentaciones pequeñas. A esto se suma la búsqueda de tiendas de descuento. El fenómeno puede parecer favorable para ciertos consumidores porque permite mantener una compra dentro del presupuesto, pero tiene un costo oculto: los empaques pequeños suelen ser más caros por litro o por kilogramo que las presentaciones familiares.

La primera tesis que se desprende de estos datos es que México está transitando de una inflación de precios a una inflación de decisiones. El problema no consiste únicamente en cuánto cuesta cada producto, sino en cómo obliga a reorganizar la canasta completa. Una familia que cambia una presentación grande por varias pequeñas puede gastar menos en cada visita, pero pagar más por unidad. Otra que sustituye una marca por una opción económica puede preservar el volumen de consumo, aunque reduzca la calidad percibida o modifique sus preferencias. La inflación, por tanto, redistribuye el gasto y altera la estructura de la demanda.

La segunda tesis es que las marcas líderes enfrentan un riesgo mayor que la simple pérdida de participación. Si los consumidores prueban alternativas más baratas durante varios meses, algunos cambios pueden volverse permanentes. La lealtad de marca suele ser más resistente cuando la diferencia de precio es pequeña; se debilita cuando el hogar debe elegir entre mantener una preferencia y completar otras necesidades. Las marcas propias, los productos a granel y las presentaciones de entrada podrían ganar espacio incluso si la inflación general se mantiene moderada.

Para los fabricantes, la respuesta no puede limitarse a subir precios. Pueden recurrir a promociones, reformular tamaños, desarrollar presentaciones de menor desembolso o reforzar canales de bajo costo. Sin embargo, cada alternativa implica tensiones. Las promociones reducen margen, los empaques pequeños pueden generar críticas por su precio unitario y las reformulaciones pueden afectar la percepción del producto. En categorías gravadas, además, el espacio para absorber costos depende de la estructura financiera de cada empresa y de la intensidad de la competencia.

Una disputa entre recaudación, salud pública y poder de compra

El aumento del IEPS sobre bebidas azucaradas y la incorporación de bebidas con edulcorantes no calóricos responden a una lógica de política pública: encarecer productos asociados con problemas de salud y obtener mayores ingresos fiscales. La recaudación de IEPS a refrescos creció 58% anual durante el primer semestre de 2026, de acuerdo con el dato citado en la información. Desde la perspectiva hacendaria, el impuesto está cumpliendo su función inmediata de generar recursos.

La controversia aparece en el efecto distributivo. Los hogares de menores ingresos destinan una proporción más elevada de su presupuesto a compras frecuentes y tienen menos capacidad para sustituir rápidamente productos o absorber aumentos. Un impuesto diseñado para modificar hábitos puede terminar presionando el gasto cotidiano sin garantizar por sí mismo un cambio nutricional sostenido. La sustitución hacia versiones más baratas, bebidas no gravadas o productos de menor precio no necesariamente equivale a una mejora integral de la dieta.

Para las empresas, el argumento es distinto. Señalan que el aumento de impuestos se suma a costos operativos y puede reducir volumen, empleo indirecto y ventas de pequeños comercios. Para las autoridades y organizaciones de salud, la caída del volumen de refrescos puede interpretarse como una señal positiva si refleja menor consumo, aunque los datos disponibles no permiten afirmar que todo el descenso corresponda a una sustitución saludable. La discusión exige distinguir entre reducción efectiva del consumo y desplazamiento hacia otras opciones de menor precio.

Los pequeños comerciantes ocupan una posición intermedia en este conflicto. No diseñan el impuesto ni fijan las condiciones macroeconómicas, pero deben explicarle el aumento al cliente y asumir el riesgo de perder ventas. La presión puede incentivar prácticas defensivas, como reducir inventarios, limitar la variedad o privilegiar mercancías de rotación rápida. Eso podría deteriorar la oferta local en zonas donde la tienda de barrio es el principal punto de abastecimiento.

Lo que puede ocurrir en el cierre de 2026

El escenario más probable es una desaceleración del consumo en volumen durante el resto del año, con comportamientos divergentes entre categorías. Los productos esenciales mantendrán una demanda relativamente resistente, pero las familias buscarán formatos más pequeños, marcas económicas y compras fragmentadas. Las categorías asociadas con reuniones o entretenimiento podrían registrar repuntes ocasionales, aunque difícilmente compensarán una debilidad general del poder adquisitivo.

La evolución dependerá de tres variables. La primera es la trayectoria de los precios de alimentos y bebidas: nuevos incrementos podrían acelerar la sustitución de marcas y la compra a granel. La segunda es el empleo formal; si pierde dinamismo, se reducirá el ingreso estable disponible para gastos no esenciales. La tercera son las remesas, cuya disminución afectaría especialmente a hogares que utilizan esos recursos para completar la compra semanal o financiar consumo corriente.

Existe también un riesgo de medición y de interpretación. Las ventas en valor pueden continuar creciendo mientras el volumen se contrae, creando una impresión de fortaleza en los reportes empresariales y fiscales. Una lectura centrada únicamente en pesos vendidos subestimaría el deterioro de la demanda real. Para evaluar la salud del mercado será necesario observar unidades, litros, kilogramos, frecuencia de compra, tamaño de las presentaciones y diferencias entre canales.

El riesgo más profundo es que el ajuste se vuelva acumulativo. Menores volúmenes pueden llevar a fabricantes a aumentar precios para proteger ingresos; precios más altos pueden provocar nuevas reducciones de volumen; los comercios pequeños pueden perder margen y variedad, y los hogares pueden recortar calidad o cantidad. Ese círculo no implica necesariamente una crisis inmediata, pero sí una erosión gradual del consumo y de la rentabilidad en toda la cadena.

La señal de NIQ no anuncia el colapso del mercado mexicano, sino un cambio en sus reglas. El consumidor sigue comprando, pero lo hace con mayor cálculo; las empresas siguen vendiendo, pero dependen más del precio que del crecimiento físico; y las tiendas continúan operando, aunque con menos margen para absorber shocks. El Mundial ofreció una pausa estadística en esa tendencia. Una vez terminada la celebración, la realidad presupuestaria de los hogares volvió a ocupar el centro del mercado.

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