La inversión mexicana vuelve a crecer, pero con bases frágiles

La inversión fija bruta de México registró en mayo un aumento interanual del 1.1%, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). El dato confirma que la inversión dejó atrás, al menos provisionalmente, la racha de casi año y medio de descensos consecutivos. Sin embargo, la cifra también revela una recuperación desigual: el avance anual dependió de la construcción y de un fuerte impulso del gasto público, mientras la inversión privada continuó debilitándose y la adquisición de maquinaria y equipo retrocedió.

La lectura exige separar dos movimientos distintos. En términos anuales, la inversión creció 1.1% frente a mayo de 2025; en la comparación mensual, con cifras desestacionalizadas, cayó 2.4%. Esa divergencia no es un detalle estadístico menor. Sugiere que la economía conserva una base de recuperación respecto del año anterior, pero atraviesa una fase de pérdida de velocidad en el corto plazo. La construcción avanzó 2.7% anual, mientras maquinaria y equipo disminuyó 0.7%. En la comparación mensual, la construcción se contrajo 2.4% y el componente de maquinaria y equipo creció 1.5%.

El primer dato que cambia la narrativa

El repunte de mayo interrumpe una secuencia especialmente negativa para la formación de capital. La inversión fija bruta se contrajo 6.7% en 2025, después de crecer 3.4% en 2024 y de dispararse 19.7% en 2023, cuando el fenómeno de relocalización de cadenas productivas, conocido como nearshoring, elevó las expectativas sobre México. Antes, el indicador había aumentado 6% en 2022 y 10% en 2021, luego del desplome de 18.2% sufrido en 2020 por la pandemia.

El contraste con 2023 es relevante porque muestra que el país no enfrenta simplemente un ciclo normal de expansión y pausa. La inversión había respondido con fuerza a la expectativa de que México capturaría una proporción creciente de las cadenas de suministro que buscaban acercarse al mercado estadounidense. Pero esa expectativa no se convirtió automáticamente en fábricas, infraestructura logística y proyectos privados sostenidos. El crecimiento de mayo es, por tanto, una señal de estabilización, no una prueba concluyente de que el ciclo de nearshoring haya recuperado su impulso inicial.

Hay una segunda razón para interpretar el resultado con cautela. La inversión pública aumentó 19.7% interanual, mientras la privada cayó 1.3%. En otras palabras, el componente que evitó un resultado más débil fue el gasto gubernamental. Esa composición modifica el significado del crecimiento: no se trata todavía de una recuperación generalizada del apetito inversor, sino de una expansión en la que el Estado está ocupando un espacio mayor ante la prudencia de las empresas.

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Construcción fuerte, equipo rezagado

La composición sectorial ofrece una de las claves más importantes del informe. La construcción puede avanzar por proyectos de infraestructura, vivienda, mantenimiento urbano o ampliación de instalaciones, pero la compra de maquinaria y equipo suele reflejar decisiones empresariales más directamente vinculadas con la capacidad productiva futura. Que la construcción haya crecido 2.7% anual y el equipo haya caído 0.7% indica que el aumento observado todavía no se traduce plenamente en una modernización de plantas, una ampliación significativa de líneas productivas o una incorporación más intensa de tecnología.

Esta diferencia tiene consecuencias para la productividad. Una obra puede generar empleo y demanda durante su ejecución, pero una inversión sostenida en maquinaria, automatización y bienes de capital es la que permite elevar la producción potencial, reducir costos y mejorar la competitividad exportadora. El primer planteamiento que surge de los datos es que México puede estar construyendo más sin estar todavía produciendo mucho más. Si la inversión en equipo no se recupera, el crecimiento dependerá en mayor medida de la utilización de capacidades existentes, de la demanda externa y del gasto público, en lugar de una ampliación genuina de la oferta.

La caída mensual de 2.4% en la construcción refuerza esa advertencia. Aunque el componente de maquinaria y equipo avanzó 1.5% frente a abril, su mejora no compensó el retroceso de las obras. Esto podría reflejar pausas administrativas, problemas de ejecución presupuestaria, ciclos propios de grandes proyectos o una menor actividad inmobiliaria. Un solo mes no permite identificar una tendencia definitiva, pero sí confirma que el rebote anual no está distribuido de manera uniforme.

El Estado sostiene el pulso mientras las empresas esperan

Para el Gobierno, el aumento de la inversión pública constituye una señal de capacidad para sostener la actividad en una etapa de crecimiento moderado. El gasto en infraestructura puede activar proveedores nacionales, generar empleos y mejorar conectividad, energía y transporte. También puede contribuir a reducir algunas de las restricciones que han impedido que el nearshoring se materialice con mayor rapidez, particularmente en regiones donde faltan carreteras, parques industriales o redes de suministro eléctrico.

La perspectiva empresarial es más compleja. Las compañías no deciden sus proyectos únicamente a partir del crecimiento del PIB. Evalúan el costo del financiamiento, la seguridad jurídica, la disponibilidad de energía, la infraestructura hídrica, la seguridad pública, la previsibilidad regulatoria y la demanda esperada. Una expansión de la inversión pública puede mejorar parte del entorno, pero no sustituye la confianza necesaria para comprometer capital privado durante una década o más. La contracción anual de 1.3% en este componente sugiere que esas condiciones todavía no están plenamente resueltas.

Para los trabajadores de la construcción, el avance anual puede traducirse en más contratos y oportunidades, aunque no necesariamente en empleos estables si la actividad depende de proyectos concentrados o temporales. Para los proveedores de cemento, acero, transporte y servicios de ingeniería, el gasto público ofrece una demanda inmediata. En cambio, fabricantes de maquinaria, empresas de automatización y proveedores de tecnología necesitan una inversión privada más vigorosa y continua. La recuperación, por ello, distribuye sus beneficios de forma desigual entre sectores y regiones.

El nearshoring aún no desaparece, pero ya no basta

El auge de 2023 creó una expectativa según la cual México se convertiría en uno de los grandes receptores de inversión manufacturera vinculada a la rivalidad comercial entre Estados Unidos y China. La posición geográfica, el tratado comercial de América del Norte y la integración industrial existente siguen siendo ventajas importantes. No obstante, la relocalización no es un flujo automático. Las empresas pueden anunciar planes, adquirir terrenos o ampliar instalaciones de manera gradual, sin que todo ello se refleje inmediatamente en la inversión fija bruta.

El segundo planteamiento central es que México necesita pasar de la ventaja geográfica a una propuesta productiva completa. Mientras la inversión privada permanezca negativa, el país corre el riesgo de atraer operaciones de ensamblaje con limitado contenido tecnológico, pero no los segmentos de mayor valor añadido. La diferencia entre construir naves industriales y equiparlas con procesos avanzados es decisiva. La primera fase puede elevar las cifras de obra; la segunda determina la productividad, el salario especializado y la profundidad de las cadenas nacionales de proveedores.

Las empresas exportadoras observan además la evolución de la política comercial estadounidense, las reglas de origen regionales y la posible imposición de aranceles. Una mayor incertidumbre puede retrasar decisiones incluso cuando la lógica industrial de producir en México siga siendo sólida. En ese contexto, el crecimiento de 1.1% es compatible con una inversión selectiva: proyectos puntuales que avanzan, mientras otros permanecen en espera hasta que exista mayor claridad sobre costos, regulación y acceso al mercado estadounidense.

PIB al alza, inversión todavía sin tracción completa

Los datos de inversión deben leerse junto con el desempeño reciente de la economía. Las cifras oficiales divulgadas en julio señalaron un crecimiento del PIB de 1.5% en el segundo trimestre de 2026 y un aumento anual de 1.2%. Esa recuperación ayuda a explicar por qué la inversión dejó de caer, pero también muestra sus límites. Si el producto crece alrededor de 1.2% anual y la inversión fija apenas avanza 1.1%, no aparece todavía una aceleración capaz de transformar de manera decisiva la capacidad productiva del país.

El tercer planteamiento es que la inversión podría estar siguiendo al crecimiento, en lugar de anticiparlo. En una expansión robusta, las empresas suelen ampliar capacidad porque esperan una demanda futura mayor; en una recuperación frágil, primero utilizan instalaciones existentes y solo después consideran nuevos desembolsos. La caída de la inversión privada encaja más con el segundo escenario. Si esta conducta continúa, el crecimiento puede mantenerse durante algunos trimestres, pero será vulnerable a cualquier choque externo que reduzca exportaciones, consumo o gasto público.

También importa la calidad del crecimiento. Un PIB ligeramente mayor puede apoyarse en servicios, consumo o actividades de baja intensidad de capital, mientras la inversión productiva permanece débil. Para elevar los salarios reales y sostener una expansión más rápida, México necesita que el capital privado se dirija hacia sectores con mayor productividad: semiconductores, equipo médico, automóviles eléctricos, tecnologías de información, energía y manufacturas avanzadas. El indicador de mayo todavía no permite afirmar que ese cambio esté ocurriendo a escala suficiente.

Las cuentas públicas enfrentarán una prueba decisiva

El aumento de 19.7% en la inversión pública puede ser beneficioso si se concentra en proyectos con retorno económico verificable, como transmisión eléctrica, agua, ferrocarriles, puertos, carreteras y conectividad digital. Pero el gasto público no es neutral. Un crecimiento acelerado de la obra sin mecanismos rigurosos de evaluación puede elevar costos, desplazar recursos privados o concentrarse en proyectos con baja utilización futura. El impacto sobre la economía dependerá tanto del monto desembolsado como de su calidad, calendario y transparencia.

Existe además un riesgo fiscal. Si la inversión pública se convierte en el principal soporte de la formación de capital mientras los ingresos públicos crecen lentamente, el Gobierno puede enfrentar presiones para mantener el gasto mediante mayor endeudamiento o recortes en otras áreas. La recuperación de corto plazo perdería fuerza si posteriormente se impone un ajuste presupuestario. El resultado de mayo no demuestra que ese escenario vaya a producirse, pero sí deja claro que la política fiscal está adquiriendo un peso creciente en la dinámica inversora.

La banca y los mercados financieros también observan la composición del repunte. Un mayor gasto gubernamental puede mejorar las perspectivas de ciertos contratistas, pero los inversionistas privados requieren señales adicionales: estabilidad normativa, proyectos energéticos viables, solución de cuellos de botella logísticos y condiciones de crédito compatibles con la rentabilidad industrial. Sin esa combinación, el impulso público podría generar actividad localizada sin desencadenar un ciclo privado más amplio.

Qué puede ocurrir en los próximos meses

El escenario más favorable contempla una recuperación gradual: la obra pública mantiene el crecimiento, la construcción privada se estabiliza y la maquinaria y el equipo encadenan varios meses de aumentos. En ese caso, la inversión fija bruta podría consolidar tasas positivas durante la segunda mitad de 2026. La mejora del PIB y una eventual reducción de los costos financieros ayudarían a que las empresas conviertan proyectos aplazados en compras efectivas de capital.

Un escenario intermedio es más probable si persiste la divergencia actual. La inversión anual seguiría mostrando avances modestos por efecto de una base de comparación baja, mientras los datos mensuales alternarían aumentos y caídas. El Gobierno continuaría sosteniendo la construcción, pero la inversión privada permanecería selectiva, limitada a sectores exportadores, proyectos energéticos específicos y empresas con acceso privilegiado a financiamiento.

El escenario adverso combinaría una desaceleración de Estados Unidos, incertidumbre comercial, restricciones energéticas y presión sobre las finanzas públicas. En ese caso, los anuncios de nearshoring podrían retrasarse, la compra de equipo volvería a disminuir y la construcción pública perdería capacidad para compensar el repliegue empresarial. La caída de 6.7% registrada en 2025 demuestra que la inversión puede deteriorarse con rapidez cuando cambian las expectativas.

La cifra de mayo ofrece una noticia positiva, pero su verdadero valor dependerá de la composición de los próximos registros. México habrá superado la fase de estabilización cuando la inversión privada crezca de forma sostenida, la maquinaria y el equipo recuperen terreno y la infraestructura pública consiga atraer nuevas plantas, proveedores y empleos de mayor productividad. Mientras esos tres elementos no aparezcan juntos, el avance de 1.1% debe entenderse como una pausa en la contracción y una oportunidad para corregir desequilibrios, no como la confirmación de un nuevo ciclo expansivo.

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